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COLUMNISTAS / Cuerpo social
sábado 15 diciembre, 2018

Una democracia de tránsito lento

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por Carlos Ares

Nunca mas. El autor habla de “tremendos golpes militares en la boca del estómago”. Foto: cedoc perfil
sábado 15 diciembre, 2018

La democracia es el sistema digestivo del cuerpo social. Los conflictos se salivan y mastican en el congreso. Del bolo final se toma aquello que nutre y ayuda al crecimiento. El resto se evacua en tiempo y forma. Nuestro problema es el tránsito lento. Llegamos al debate con hambre atrasada, sedientos de justicia y nos llenamos la boca de cualquier  discurso vencido que encontramos por ahí. Picamos sobras de proyectos que van quedando, nos clavamos panelistas rancios de postre mirando la tele y eructamos instantáneas opiniones de café. Sacarse de encima tanto deshecho que se aglomera, obtura, fermenta, huele mal y pudre el humor, a veces cuesta sangre, sudor y lágrimas.

En el trámite intestino para asimilar y distribuir la energía que activa los músculos de la convivencia, hay demasiados peajes. Cuando no es el Opus Dei,  la Iglesia, los evangelistas, o algún lobby religioso que hace vomitar a los tibios, son los barras bravas de algún gremio pateando el hígado y parando el corazón productivo de los que resisten la presión o las corporaciones empresarias asfixiando a toda la sociedad con la mano invisible del Mercado ajustando al cuello la soga de la corrupción y la codicia sin límites.

La sucesión de tremendos golpes militares en la boca del estómago y el excesivo consumo de tanto discurso chatarra frito en aceite de coima, impiden deponer las heces de ideologías con pretensiones hegemónicas y otros residuos autoritarios. Todavía tenemos sapos sin condena de la época de Menem saltando en la garganta. El atasco es cancerígeno. La inmovilidad reproduce los Boudou, De Vido, Baratta, Jaime, Aníbales, tumores malignos que se deben prevenir con periódicos controles políticos.

De pronto estás por clavarte una saludable baguette de salame, queso y manteca y en la pantalla del bar reaparece Carlos Spadone, que reescribe su pasado y publica un libro. En 1991, Spadone y Miguel Angel Vicco, uno asesor y el otro secretario de Menem cuando era presidente, le vendieron al Estado leche contaminada para los planes de asistencia a recién nacidos y menores de un año. Spadone, - socio además de Menem en una empresa - , fue condenado "en suspenso" pero a la vez cobró una indemnización, - por orden de Menem- , porque no llegó a probarse que la leche hubiera intoxicado o matado a nadie. Una estafa millonaria en dólares hecha por  un par de criminales. Y ahí lo tenés, interrumpiendo el paso a otra historia, seco, duro, agravando el malestar. No diste bocado a la baguette y el salame ya te cae mal. Ni hablar de la disfagia, como llaman los médicos a la imposibilidad de tragar. De tragar personajes como ese.

El menú electoral ofrece ahora, de entrada, una sarta de chorizos curados de espanto y verguenza en La Matanza. Rodajas de Massa untadas en la cocina de Camaño/Barrionuevo con aceite de primera apretada en frío, variedad de papitas Bergoglio hervidas al estilo Grabois en caldo de "patria", "soberanía", "pueblo" y un toque de hierbas cosechadas en territorios feudales propios. Ideal para maridar con un blanco don Felipe de estancias Solá o un tinto Moyano añejado en curros de roble.

La demora en el tránsito a otro país posible hincha, afecta la voluntad, frunce el ceño, constipa las relaciones, estriñe las ganas. La desesperación lleva a considerar remedios extremos. Hay quienes han comenzado a beber litros de consignas laxantes producidas por los laboratorios partidarios de Bolsonaro, Cúneo, Guillermo Moreno, Olmedo o Scioli, sin pensar en las consecuencias que tendría semejante ultradiarrea de derechos esenciales.

Si logramos sentarnos y relajar la impaciencia, detonar sin más heridas, suturando acuerdos, la tensión acumulada al gas, tal vez podríamos desagotar cada día pequeños pompones de excrementos. De ser así veríamos aliviados como, lentamente, un caudal legal cada vez más transparente se lleva kilos de mierda atorada en los últimos treinta y cinco años. Ah, qué placer. Qué hermoso mañana. Eso sí, atenta la mirada, siempre con una sopapa en la mano por las dudas para que de verdad no vuelvan más.

*Periodista.


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