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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 16 diciembre, 2018

Vida y obra

Uno diría que Aira es un escritor más bien pacato, pero tanto en Prins como en su novela anterior aparecen tórridas escenas sexuales.

por Quintín

default Foto: CEDOC

Sobre el final de Prins, su última novela, César Aira le hace decir al escritor de novelas góticas que la protagoniza que la casa que construyó es una especie de acertijo: “No fue el único toque personal que puse. A decir verdad, me dediqué a ponerlos; o quizás debería decir a sembrarlos, como pistas para que alguien atento y con tiempo reconstruyera mi personalidad. (...) Mi ingenio era inagotable en crear dispositivos jeroglíficos, podía atreverme a poner a la vista de todo el mundo mi secreto más comprometedor, travestido en bibelot. La morada se volvió una extensa novela en clave”.

Hace tiempo que me asalta la sospecha de que la extensa obra de Aira es ampliamente autobiográfica. Bueno, de hecho, algunos de sus libros contienen material explícito sobre su vida, o sobre la escritura de algunas de sus novelas (Cumpleaños o La vida nueva, por ejemplo). Pero cada vez me acerco más a la idea de que Aira solo habla de sus obsesiones privadas, sus secretos más íntimos, y que los disimula detrás de su imaginación. Como el personaje de Prins, que en su juventud dibuja una vagina al detalle y mantiene el papel oculto hasta que años más tarde le sirve como inspiración para construir esa mansión gótica y laberíntica en la que se termina refugiando. Uno diría que Aira es un escritor más bien pacato, que no es precisamente Ercole Lissardi, pero tanto en Prins como en su novela anterior, Un filósofo, aparecen inesperadas y tórridas escenas sexuales.

Lo mismo se puede decir de las drogas. Aira no es Fogwill y no va a andar contando lo que consume. Es más, uno diría que es abstemio, pero Prins es una novela sobre el opio, que en el libro se parece mucho a la cocaína. Su escritor sostiene que “el lenguaje, el gran lance de dados de veintiocho caras, me llevaba al efecto central del opio, que era la traducción al presente de todo lo que en el estado normal se encuentra disperso en los distintos estados de tiempo.” Claro que Aira no es De Quincey, en cuyas Confesiones de un comedor de opio inglés es imposible no pensar a partir de Prins: Aira niega enfáticamente la posibilidad de escribir entonado por alguna sustancia, como lo acabo de ver en YouTube, donde está almacenada una charla pública que tuvo en Madrid en abril pasado, cuando el libro se presentó en España. (De paso, Aira tiene una vida española, donde publica para los grandes grupos literarios, da entrevistas y se muestra en público. Pero nada de eso lo disculpa por escribir “fui a por él”, en el más brutal estilo ibérico).

En realidad miré la entrevista porque, intentando descubrir claves secretas en Prins, quería entender de dónde venía el título, ya que me parece la primera vez que en un libro de Aira este no es evidente. Por suerte, un espectador formuló la pregunta y, por desgracia, el misterio resultó poco profundo: Arturo Prins fue el arquitecto que diseñó y empezó a construir el edificio gótico que hoy es la Facultad de Ingeniería de la calle Las Heras. Allí transcurre una parte de la novela que está escrita al modo de un cuento de terror gótico. Por ahora no averigüé mucho más sobre la vida clandestina de Aira salvo que, cada vez más, aparece en su obra una relación conflictiva o acaso desgastada con la literatura. Es decir, consigo mismo, porque no hay un escritor que la tenga tan incorporada.


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