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sábado 9 febrero, 2019

Vindicación de las bellas

Hace unos días, en la mesa de Mirtha Legrand, Graciela Alfano contó que fue abusada de niña. Su relato es terrorífico.

por Pola Oloixarac

default Foto: CEDOC
sábado 9 febrero, 2019

Hace unos días, en la mesa de Mirtha Legrand, Graciela Alfano contó que fue abusada de niña. Su relato es terrorífico. Un vecino tiene la llave de su casa y la confianza de su madre, la va a buscar al jardín y abusa de ella entre los 4 y los 7 años. En la escuela, la pequeña Graciela toca a otras niñas donde la tocaron a ella; le dicen que es una asquerosa, las maestras no notan que su conducta refleja el abuso que sufre. La madre no le cree, lo que arruina su relación de por vida; al fin, en el lecho de muerte, la madre le pide perdón por su ceguera.

Alfano llora y se contiene; dice “Tengo que ser profesional”. Sabe, como Thelma Fardin, que su actuación es escrutada y debe dominar el registro de la víctima para ser creíble: la lágrima fugitiva, la voz que se quiebra. Siempre me llamó la atención de Alfano que buscara sonar inteligente y culta, además de linda, soltando referencias al psicoanálisis, el hecho maldito de nuestro país burgués. Como si su presencia instigara la pregunta: ¿se puede pasar de ser un objeto sexual a tener subjetividad?

Esta cuestión fue abordada por la señora Pichot en una nota de Página/12 titulada “De culonas a luchonas”, donde pregunta: ¿por qué las vedettes abrazan la mística de derecha? Enumera: Susana Romero y Silvia Pérez escriben libros de mística, Gisela Barretto es evangelista, Nicole Neumann exhibe un catolicismo antiaborto. Elabora: sus cuerpos “hegemónicos” le hacían el juego al patriarcado y ahora el patriarcado, como las arrugas, se les nota. Este análisis le permite a la señora Pichot interpretar que la bella no tiene subjetividad: era un objeto antes y después, aunque de vieja se ve mejor su cualidad de cosa vacía.

De Alfano a Xuxa, de Oprah Winfrey a Madonna, las divas glamorosas conforman una familia atravesada por el abuso.

De Marilyn Monroe a Moria Casán, ambas abusadas de niñas, muchas son las mujeres que sobreviven el trauma montándose sobre su propio poder de seducción (Moria contó que, para curarse, decidió prostituirse con un viejo que le diera mucho asco). Pamela Anderson, la diosa de Baywatch (abusada por una niñera lesbiana a temprana edad) ahora opina sobre Brexit y es una militante de causas de izquierda en Twitter. Cada una cultiva la espiritualidad que puede.

¿Hay algo más allá del cuerpo para estas mujeres? La señora Pichot cita la teoría de la señora Mengolini: “Cuando el tiempo quita la belleza, el vacío se llena con eso que se usa para llenar vacíos: la mística”. Como si las mujeres no viviéramos de vacíos: según la ideología feminista, ser mujer es convivir con la falta y hacer de eso una potencia –a su vez, “deconstruirse” para los hombres implica saber que ellos también viven en la falta, inherente al ser humano. “Que lo vacío tiene que ser llenado” me recuerda la prepotencia de la educación a los varones jóvenes, instigados a que deben ir cogiendo minas porque “si ves un agujero, tapalo”.

¿Será que algunas se vuelven santas y abrazan la espiritualidad para que les dejen de decir asquerosas y putas? La mística es aquello que va más allá del cuerpo, para aquellas que se dedicaron intensamente a tener uno.

¿Se habrá perfeccionado tanto el patriarcado que ahora suena desde la voz chillona de ciertas señoras feministas? Porque según la teoría feminista el patriarcado es como ese vecino de Alfano. Vive al lado de tu casa, te va a buscar al colegio. Tiene la confianza de tu mamá y te dice vacía, te juzga sin comprenderte a la vez que te degrada: asquerosa, puta, hueca.

¿Puede el feminismo ofrecer algo más allá del cuerpo? Una respuesta es la lucha colectiva. ¿Pero cómo creer en esa lucha colectiva si en ella no hay manera de que todos los cuerpos femeninos sean aceptados? Cuando las feministas acusan a las bellas de ser “funcionales al patriarcado” les ofrecen un juego en el que nadie puede ganar, excepto las que desean marcar una superioridad moral de libertas, donde el resto de las mujeres está en falta. ¿Y marcar que estás en falta no es lo propio de esa versión de la autoconciencia correctiva y disciplinante que ahora llaman patriarcado?


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