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COLUMNISTAS / opinion
domingo 25 agosto, 2019

Votos y abrazos

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por Beatriz Sarlo

Responsable. Después de casi cuatro años, Macri sigue culpando a los K de la grave crisis. Foto: Presidencia

En su entrevista durante el ciclo organizado por Clarín el jueves pasado, con el título de “Democracia y Desarrollo”, Macri dijo que la “gente” nunca había ofrecido indicios de su voto por Alberto Fernández, que da en llamarse el “voto bronca” (una categoría que también se les pasó por alto a los encuestadores). Y agregó que él había recorrido 270 mil kilómetros por la Argentina sin encontrar signos de esa enojada opción electoral, que favoreció a Alberto Fernández.

Si tomamos por bueno lo dicho por Macri, es posible llegar a dos conclusiones sobre el esforzado recorrido de tantos miles de kilómetros y los timbreos de la gobernadora María Eugenia Vidal, en circunscripciones por suerte más cercanas a su domicilio o a la Casa de Gobierno en La Plata.

La primera conclusión es que Macri está convenientemente desmemoriado. En varios de los pueblos y caminos por los que se lo vio pasar, hubo gente que manifestó en su contra. Basta revisar los diarios de estos años para ver cuántos fueron y cuánta bronca llevaban. Pero este olvido podría considerarse normal en una campaña política. Del candidato que tiene que remontar una derrota considerable en las PASO no se puede esperar que diga que, a lo largo del sacrificado kilometraje, se la vio venir y siguió como si tal. Admitamos la buena fe de la creencia macrista. Pero admitamos también que la buena fe tiende a ser imposible si se opone a los deseos.

Macri tiene la costumbre de embellecer sus deseos, como si provinieran de necesidades objetivas, externas a sus conveniencias. Y tiene también la costumbre de confundir sus deseos con impulsos generales: todos desearían lo que desea el Presidente. Se convierte así en intérprete de un “todos” que, como lo demostraron las PASO, no existe. Ese “todo” no lo desea a Macri. La universalidad que le asigna a sus propios deseos es un rasgo del Presidente. Por eso está tan convencido, incluso en la derrota. Golpeado, pero terco.

Los timbreos. La segunda conclusión toca la eficacia de los timbreos, considerados un buen método de conocimiento político. Por varias motivos, los timbreos no son confiables. No se timbrea al voleo. Se llega al barrio y se recibe la asistencia del dirigente o puntero del lugar, cuya tarea es señalar las casas “timbreables”. Ni Macri ni la gobernadora llegan solo acompañados por sus amigos; reciben el asesoramiento de los que trabajan en el terreno. Nunca fueron rechazados, nunca fueron tratados fríamente, nunca les negaron un vasito de agua. No es un misionero del siglo XVIII en tierra de infieles, sino un jefe tocando timbres donde sus asesores lo llevan. Y sus asesores son los que conocen a la gente timbreada.

Los videos que difunden los timbreos macristas son impecables puestas en escena (seguramente los vecinos aceptaron de buen grado la visita) dentro de un espacio que los responsables territoriales conocen perfectamente. En consecuencia, no fueron timbreos para hablar con la gente, sino para mostrar en las redes que eran recibidos por la gente con sonrisas. En esos timbreos solo se conoce lo que ya se sabe. Más hubieran aprendido si volvían a los lugares donde Macri fue rechazado.

Macri tiene la costumbre de embellecer sus deseos y confundirlos con impulsos generales.

No se trata solamente de batir un récord de kilómetros recorridos, porque no es una carrera de larga distancia. Es la política, boludo (reemplazo el stupid de la conocida frase, por nuestro adjetivo más usual, porque así suena verosímil). Marcos Peña, ojo o brazo de Macri, es refractario a la política y no podía ser quien le advirtiera al Presidente de que los timbreos son excelentes escenarios de videítos, pero no lugares de contacto real. Por otra parte, una pregunta que merece ser tomada en serio es: ¿qué es el contacto “real” con la gente?

Ese contacto en la calle y en todos los medios de transporte público puede ser motivo de insulto, de reconocimiento, de crítica, de ampliación o discusión de ideas. Pero hay que quedarse hablando más de tres minutos y no pensar que el abrazo es la más universal de todas las lenguas. Por supuesto, el Presidente no puede darse el lujo de andar por la calle y tomar el subte como cualquiera. Pero debe reconocer ese límite, en lugar de comprar un sucedáneo publicitario con timbreos que llevan hasta la puerta o la verja del timbreado no solo una comitiva, por pequeña que sea, sino indispensables fuerzas de seguridad y un equipo audiovisual que, como mínimo, debe incluir a dos personas para cámara y sonido (ni hablar de los otros trastos del más elemental equipo de video).

El timbreo no crea un vínculo duradero entre el timbreado y los timbreadores. La anécdota podrá circular en familia o por el barrio, pero no lleva a ninguna otra parte. Por haber tenido la suerte de ver su imagen en el video, el timbreado no se siente comprometido a aparecer en un acto político del timbreador, mucho menos si vive en el segundo cinturón del GBA. Y probablemente tampoco se sienta comprometido por la sonrisa o el abrazo que le dio un dirigente a quien, después, quizá no vote. Alguien, en Jefatura de Gabinete sabe estas cosas, porque me resulta difícil suponer que las ignoren.

Tres años y ocho meses. No se crea un lazo de esta manera. Tampoco se logra mayor participación en una época donde las lealtades basadas en la comunidad política han caído por tierra, con más estruendo que el que suponían quienes se dedicaron a estudiar su licuación. Por otra parte, el discurso de Macri sintoniza perfectamente con estas identificaciones débiles y de corta duración. Sus límites oratorios no le permitirían intervenciones más atrayentes. Pero esto no es todo. Quienes lo asesoran o lo asesoraron hicieron de esa pobreza una virtud.

Macri habla sin comunicar mucho, por lo tanto, tampoco exige mucho de quienes lo escuchan. Entrevistado en el ciclo organizado por Clarín ante un público de empresarios y asistentes con estudios terciarios completos, repitió su consigna: “Mi prioridad es cuidar a los argentinos”. El verbo cuidar (que tiene resonancias familiares y hogareñas) lo entiende cualquiera. Y cada empresario, cada exportador, cada industrial sabe cuáles son los cuidados que necesita, sabe si los recibe o no, tiene fuerza para presionar y poder para reclamarlos.  

Así es Macri. Después de gobernar tres años y ocho meses sigue culpando al kirchnerismo de la producción de pobres y el cierre de pymes. Tres años y ocho meses es bastante tiempo. Después de la crisis del 2001, Duhalde, Lavagna y Kirchner reflotaron la economía en menos de tres años. Y la del 2001 fue una crisis que todo el mundo evoca hoy como el fantasma que podría regresar. Si se lo evoca como fantasma es porque fue temible. Y, sin embargo, se la superó en menos tiempo que lo que llevamos hablando de los errores y los obstáculos que tuvo que deshacer el desdichado Macri.

Alberto Fernández dijo que “el default es un fantasma agitado por el Gobierno”. El miedo al pasado domina a Macri porque no supo imponerse sobre el presente.

Bolsonaro y Venezuela. Otro gol en contra de Macri es que Bolsonaro lo apoye. Junto a Trump, forma la dupla de políticos que no caen simpáticos a los votantes de capas medias que le sacó Alberto Fernández. Reaccionario y racista, Bolsonaro no es Brasil, país con el que todos estamos de acuerdo en mantener y acrecentar relaciones.

El miedo que desde siempre agita el Gobierno frente a su posible electorado es “Venezuela”. Una amenaza trucha, ya que es improbable que la Argentina con sus miles de pymes (pese a las que cerraron gracias a Macri), su diversificada producción agroindustrial de alimentos, su sacudida, pero real experiencia democrática, pase a ser Venezuela. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que eso es lo que tiene secretamente en sus planes Alberto Fernández?

Economistas entendidos pueden hacer todo tipo de críticas a esos planes, pero no me imagino a los expertos agitando como conclusión el destino venezolano. Sería necesario reemplazar ese país por algún otro, para que la amenaza suene más creíble. Repeticiones cómodas que subestiman al votante.

Las cosas, en este país, se repiten. Deuda, corrupción, jueces que abren o cierran procesos según les llegue el viento, FMI, dólar, desastre social.


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