Perfil
CóRDOBA
CATARATAS DEL IGUAZU

El vasco de la carretilla

Un hombre nacido en Pamplona, País Vasco, recorrió a pie empujando una carretilla 22.000 km de la geografía argentina. En uno de sus viajes llegó a Iguazú, se afincó y allí murió. Un monumento lo recuerda.

Vasco
Monumento que recuerda al Vasco de la carretilla, en Iguazú. | CEDOC PERFIL

Esta es la historia de un hombre nacido en Pamplona, pueblos vascos si los hay. Con más precisión, en el barrio de Arotxapea. Guillermo Isidoro Larregui Ugarte, un tipo bonachón que imaginó su destino en tierras lejanas más allá de los mares.

En 1900, con 15 años de edad, llegó a Sudamérica, decidido a probar suerte en tierras prósperas. Se instaló en Uruguay y comenzó a criar cerdos. Pronto conoció el éxito con su empresa.

Pero la triste noticia de la muerte de su madre, fue un golpe duro e inesperado para él. Vendió todo y se conchabó como marinero en barcos mercantes. Con los años, terminó en el sur de Argentina, en Santa Cruz, como trabajador petrolero. Y ahí comienza lo interesante de esta historia. Esta es una página de turismo, de viajeros. Y este vasco sí que viajó.  

 

La apuesta

En Cerro Bagual, Santa Cruz, la vida social de la gente transcurría en rondas de mate y tragos junto al fuego, a refugio de las crueldades del clima. Una tarde, en reunión de amigos, alguien buscó cortar el silencio sacando un tema de conversación.

Hablaba de hazañas sorprendentes para esa época. Automovilistas que batían records, aviadores que realizaban largas travesías.

El vasco afirmó que todo eso dependía de las máquinas, no del esfuerzo físico, la paciencia y el valor del hombre. Y ahí fue que lanzó el desafío, y a la vez, selló el nuevo destino de su vida: “A cualquiera de esos señores aviadores y automovilistas yo los desafío. Yo me animaría a cruzar la Patagonia y llegar a Buenos Aires caminando y además empujando una carretilla con 100 kilos. Me tomaron en broma. Hasta uno se apareció con una carretilla para burlarse”, relató.

La apuesta no fue por algo material, sólo por amor propio, y al día siguiente ya estaba en el camino dispuesto a cumplirla. Con 50 años a cuestas, tardó 14 meses en llegar a Buenos Aires.

Conoció la solidaridad de muchos que lo esperaban a su paso por los pueblos: “Nunca pedí nada, pero recibí y agradecí lo que me ofrecieran”. En esos tiempos era de palabra fácil. Sabía comunicar y comunicarse.

Su carretilla sólo cargaba una cama plegable, con su colchón y cobija, un calentador y sus elementos de higiene. Era todo un símbolo: todo lo que uno necesita, cabe en una carretilla.

El viaje cumplido, envalentonó a Larregui y a lo largo de varios años, encaró otros desafíos: Viajó más de 22.000 km del mismo modo. Desde Coronel Pringles, Buenos Aires, hasta La Quiaca, en Jujuy; desde Villa María, Córdoba, hasta Santiago de Chile y, finalmente, desde Trenque Lauquen, Buenos Aires, hasta Iguazú.

Allí encontró un lugar que lo deslumbró. Consiguió que le autorizaran vivir dentro del parque. Prolijo y meticuloso, fue un adelantado en el reciclaje. Armó su casa con latas de conserva, que fue transformando en chapas de colores para cubrir las paredes.

Los canteros de su jardín, los enmarcaba con botellas que recogía del parque. Fue de los primeros guías virtuales de las Cataratas y atendía a locales y extranjeros ya que dicen, manejaba más de cinco idiomas.

Llevaba una vida más cercana a la de un ermitaño, pero eso no impidió que llegara a presidir la cooperadora de la escuela. Hoy, un monumento lo recuerda en Iguazú, la ciudad donde murió en 1964.

Su historia es un canto a la libertad, a la tenacidad, al valor de la palabra. Él solo revindicaba su libertad, ser el dueño de su propio destino.