domingo 19 de septiembre de 2021
CóRDOBA INTERÍN
24-01-2021 00:34

Elián Chali y José Heinz plasmaron en un libro sus diálogos epistolares

El artista plástico y el periodista intercambiaron durante seis meses una serie de e-mails con sus miradas sobre el rumbo del mundo, que resultaron luego en una publicación.

24-01-2021 00:34

En un tiempo cuando las tradicionales tertulias parecían haber llegado a su ocaso, superadas por la inmediatez de lo cotidiano, dos intelectuales cordobeses mantuvieron, durante seis meses, diálogos a través de sus correos electrónicos, que derivaron en la publicación de ‘Interín, desvaríos sobre la cultura pre, durante y ¿pos? pandemia’.

A través de las 74 páginas que tiene la publicación, Elián Chali (32) y José Heinz (37) comparten con el lector una serie de impresiones, miradas, dudas, sentimientos y profundizan sobre temas como el paso del tiempo, la utilidad del arte o el fin de la cultura.

—¿Cómo decidieron llevar estos diálogos a un libro?
—JH: Con Elián hacía rato que teníamos ganas de escribir algo a cuatro manos, porque nos interesan las mismas cosas y no siempre tenemos los mismos puntos de vista. A mí me retroalimentan mucho sus ideas y nos pareció que era una buena forma el intercambio. Es como una versión moderna del intercambio epistolar, pero surgió sin saber que iba a tener este destino.
—ECH: Sí. Se nota que es un diálogo. ¿Viste que hay poesía para ser leída y poesía para ser recitada? Tiene un poco esa lógica, no funciona tan bien editorialmente pero pensamos que podía ser una riqueza. Con ‘Jopi’ hablamos muchísimo. Él sabe cuál es el punto dulce de mi incomodidad y yo un poco sé cuál es el de él. Cuando entrás en una confianza así está bueno, porque podés llegar a construir nuevas ideas.

—Y hoy son poco comunes estos diálogos tan profundos, porque nos ocupamos de discutir cuestiones quizás más inmediatas, ¿no?
—JH: Sí, creo que también responde a algo generacional. Las personas de nuestra edad somos testigos de un cambio del mundo en una etapa bastante particular de nuestras vidas: se modificó la cultura del trabajo, las expectativas, y eso hace que tengamos inquietudes, algunas de ellas están plasmadas en el libro. Antes de marzo, Elián ya estaba planteando la cuestión de la vigilancia, esta especie de control por parte de los Estados o las entidades privadas y que de alguna manera prefigura lo que va a venir después, como por ejemplo depender de las plataformas para hacer pedidos de comida cuando estamos encerrados. Cosas que entendemos como necesarias en ese contexto pero que van a quedar y que nos preocupan.
—ECH: Yo hablo con él y siempre salgo movilizado. De algún modo, esas reflexiones a las que llegamos en el libro sobre temas más viejos o más actuales nos hacen poder soportar el cotidiano, que es tan difícil de explicar. En ese sentido, el libro funciona como un aparato metabolizador.
—JH: Te pongo un ejemplo. Estamos debatiendo sobre la utilidad del arte en este momento. Ni Elián ni yo tenemos una respuesta concreta. Pero a él por ser artista lo atraviesan cuestiones de ese tema que a mí no, por no dedicarme a eso. Entonces leo algo que me interpela y le mando un mensaje preguntándole qué opina.

—Elián, uno de los conceptos que abordás en el libro es la cuestión aterritorial, ¿podrías ampliar esto? 
—ECH: Hay una realidad que es un poco el conflicto de la metafísica actual. No hay nada en qué creer, no tenemos ningún anclaje. Y no estoy planteando una mirada desde la religión, desde la cosmología; no tenemos anclaje a nada y esa idea presupone la imposibilidad de imaginar un futuro. Planteo lo territorial como conflicto de la globalización, que de algún modo arrasa con la cultura local para hacer una cultura del mundo; y creo que es imposible considerar un mundo todo igual, porque la realidad que vivimos acá y la que se vive en el primer mundo es muy distinta. La idea de esa territorialidad muerta tiene que ver con eso.

—En otro pasaje decís que hay que dejar morir a la cultura, ¿ambos opinan igual?
—ECH: El problema principal es la cultura como dispositivo de control, tratando de entender ese binomio naturaleza-cultura. Entonces, trato de incorporar a mis diálogos cotidianos la idea de desculturización o reculturización. Desaprender lo que culturalmente me han impuesto, porque si vemos las problemáticas actuales que se discuten entre los jóvenes, las políticas identitarias y demás, están ancladas en una cultura que amalgama todo eso. Esa idea de cultura total es el problema, cuando a todos nos empieza a gustar lo mismo.
–JH: Sí. Esta idea de homogeneización, en la que todos consumimos lo mismo. Creo que es nocivo y que en algún momento Internet vino a ser la entidad democratizadora de eso, pero entre 1995 al 2005 fue cooptado por las grandes corporaciones. Aunque sería muy reduccionista echarle la culpa solo a las corporaciones y no hablar de nosotros como consumidores. Es difícil, porque hablar de cultura implica delimitar a qué le llamamos cultura. Hay gente que dice: tenés que tener cultura general, pero ¿a qué le llamamos cultura general hoy? Estoy seguro que no es lo mismo que hace 30 o 40 años, cuando había que saberse las capitales del mundo.
—ECH: Para mí la cultura es el aglutinador social. Entonces mientras más logren estandarizar la cultura, más
fácil va a ser la gestión de las vidas. Si somos todos cada vez más iguales, ahí hay un problema.
—JH: Yo creo que en los últimos años hay un cuestionamiento a lo establecido a nivel cultural, un ejemplo muy claro y evidente es el lugar que le corresponde a la mujer en las sociedades modernas. Después podemos hablar de minorías en general. Y ese cuestionamiento es algo que va a seguir ocurriendo, porque cosas que dábamos por sentado que estaban bien en realidad estaban socialmente aceptadas, pero no bien.

—José, mencionás los peligros del discurso de la productividad en el marco del confinamiento, ¿se han visto potenciados? 
—JH: Hay una especie de mandato de la productividad en general. El tener que ser productivos todo el tiempo, no solo en generar ingresos sino también estar bien con nuestros cuerpos o psico lógicamente con nosotros mismos. Y hay veces que no depende exclusivamente de nosotros. En la pandemia, cuando estábamos todos encerrados, era muy legítimo ese momento de introspección y ese mandato de productividad terminó siendo contraproducente, porque a los que estaban mal los hacía sentir peor. Y me pareció interesante esto que decía Elián: llamado a la quietud absoluta. Hay una forma de ecualizar ese mandato a la productividad, que es justo hacer lo contrario, pasar de la acción a la inacción absoluta, que es una actitud muy artística.
–ECH: Todo gira alrededor de la administración del tiempo, de la economía del tiempo, de la atención. Son temas muy discutidos. Hoy la persona que decide no disponer su tiempo a la producción de sociabilidad o de producción de capital, está mal vista. Pero la respuesta tampoco sería conservar el tiempo del ocio porque ese tiempo también se rellena con algo. Lo que hay es un problema con el paso del tiempo. Las 24 horas del día hoy son las 72 horas de hace 10 años, la semana de hace 20 años y el mes de hace 50 años. El tiempo tiene un nivel de aceleración brutal y no sabemos dialogar con eso.

—¿Qué opinan del concepto de nueva normalidad?
—JH: Creo que es una forma de control, de darle entidad a algo de lo que aún no conocemos las consecuencias, que es esta realidad de pandemia. Nueva normalidad para mí es ver gente con barbijos en la calle, porque hasta hace un año esto no era así.
—ECH: Para mí la normalidad se está actualizando constantemente, entonces no podemos pensar que existía una vieja normalidad y ahora una nueva. Desde marzo pasado hasta ahora el mundo se ha actualizado mil veces. Pasa que hoy hay procesos aceleradísimos y sobre todo, una capacidad de expectación distinta. Sí creo que puede ser un nombre para entender este mundo. Entonces, a nivel lingüístico, está bien. Pero no es posible pensar una nueva normalidad, porque si no hay que pensarla minuto a minuto. El mundo está mutando más que nunca.