24 ene 2021
CóRDOBA |PANORAMA INTERNACIONAL
domingo 10 enero, 2021

Grietas for export, lecciones importadas

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Eduardo Bittar

. Foto: CEDOC PERFIL

Cuando un inexplicable 2020 parecía habernos dejado sin espacio para el asombro, sucedió.

En un espectáculo digno de una producción hollywoodense, vimos en tiempo real a cientos de manifestantes ingresando por la fuerza al Capitolio en Washington D.C., desafiando a las fuerzas de seguridad y tomándose fotografías en los lugares más icónicos de la institucionalidad americana. El corazón de una de las democracias más sólidas y longevas del planeta, tomado por asalto.

Pero lo más extraño no fue ver a un sujeto ataviado con pieles y accesorios a la usanza de los Sioux a la cabeza de los manifestantes, sino tener que aceptar que esta incursión (“insurrección”, diría el presidente electo Joe Biden) fue promovida por el propio presidente en funciones, Donald Trump.

En nuestras latitudes sabemos de autogolpes (Bordaberry en Uruguay, Fujimori en Perú). Pero esta vez ocurrió en el centro político, económico y cultural de Occidente.

¿Por qué esta práctica frecuente en sistemas institucionales frágiles (“repúblicas bananeras”, diría Bush) floreció en el país del norte?

Estamos advertidos de las crisis de los estados multiculturales y sus tensiones soterradas y mal procesadas por las reglas de articulación institucional. Las vimos eclosionar con el asesinato de George Floyd. Fuimos testigos, además, de la polarización política generada en las últimas elecciones, exteriorizada en altos grados de adhesión y de rechazo por el presidente Trump. Esto no alcanza para explicar completamente lo ocurrido.

La democracia en América

Desde los tiempos en que Alexis de Tocqueville detectaba virtudes y defectos en la democracia americana, encontramos cierta continuidad en la estructura institucional y política estadounidense.

Desde sus orígenes, el modelo institucional exhibió una preocupación por el equilibrio del poder, plasmada en un modelo de pesos y contrapesos entre poderes (plano horizontal) y la articulación armónica de los sujetos federales (plano vertical).

En materia política, a pesar de que algunos conflictos fueron zanjados por las armas, se buscó cierta estabilidad, basada en consensos básicos, preservados responsablemente por las fuerzas políticas (excepto expresiones marginales o desinstitucionalizadas). La tendencia al bipartidismo, la alternancia en el poder y la amplitud de coincidencias entre los proyectos políticos (siendo las diferencias de matices) también contribuyeron.

Esto no significa que corresponda negar el conflicto o solaparlo. Tampoco que haya que pasar por alto los clivajes del orden social y político. Solo describir la preocupación sistémica por la estabilidad y la posibilidad de tramitar institucionalmente las contiendas (en las elecciones, en los parlamentos, en las decisiones judiciales).

Conflicto y democracia

¿Qué llevó a un Presidente en funciones a desconocer un resultado electoral, desestimar las respuestas judiciales a sus impugnaciones y promover una revuelta de sus seguidores?

Existe un entramado de razones. Los procesos políticos son complejos e, invariablemente, multicausales. Nos detenemos en una de ellas: la radicalización del conflicto.

Trump llevó adelante una estrategia de construcción política con un fuerte sesgo identitario, dirigido a consolidar a sus seguidores en función de rasgos de pertenencia y, básicamente, de oposición a un “otro”, responsable de los problemas sociales.

Se trata de la aplicación en democracia de un clásico recurso de los gobiernos autoritarios: la estigmatización y la construcción de chivos expiatorios.

La identidad de los propios se construye en gran medida a través del rechazo a ese “otro”, logrando de este modo articular demandas sociales insatisfechas mediante un discurso unificador y dador de sentido. El “otro” se inviste con los atributos necesarios para odiarlo.

El resultado inmediato de esta técnica es efectivo: quien logra construir este enemigo resulta beneficiario de un caudal significativo de votantes que puede alcanzarle para ganar elecciones.

El costo para el sistema democrático es, sin embargo, tan profundo como duradero. La impugnación moral de quien piensa distinto, la identificación de grupos sociales como responsables de la crisis, la exacerbación del odio como sentimiento político predominante, estropean toda posibilidad de diálogo. Y una democracia sin diálogo y sin consensos es una estructura vacua, propicia para el aplastamiento de las minorías, las persecuciones políticas y la destrucción del tejido social.

La “grieta”

En estas tierras, se ha dado un nombre gráfico a este proceso de radicalización del conflicto: la “grieta”. Llevamos años ya sumidos en procesos de simplificación de la realidad donde todo se reduce a escoger de qué lado de esta divisoria uno se encuentra.

Vivimos afectados por un muro simbólico e invisible que nos impide ejercer un pensamiento crítico, hallar razón en ninguna circunstancia a quienes se encuentran en la vereda del frente y, en gran medida, nos priva de la herramienta principal de que disponemos los hombres para dirimir los conflictos y que nos distingue del resto de la fauna: el diálogo y la capacidad de persuadir, negociar y acordar. También nos veda la capacidad de empatizar con los problemas del otro, impidiendo una mejor solución basada en el consenso.

Largamente instruidos en estas divisiones irreductibles, que atraviesan nuestra historia y se replican con nombres diversos (unitarios y federales, peronistas y antiperonistas, kirchneristas y antikirchneristas), los argentinos podríamos asesorar y brindar Master Class a los americanos sobre esta cultura de la escisión y la fractura.

O podríamos, también, ver a la distancia lo que muchas veces no alcanzamos a ver en nuestro espejo: la fuerza destructiva de las grietas, de la descalificación del otro, de la imposibilidad del diálogo.

El gravísimo daño que se causa a la democracia y a las instituciones cuando nos negamos a reconocer al otro como un igual, cuyas opiniones son tan valederas como las nuestras y deben ser consideradas, en un proceso dialéctico en el que no se procura anular al otro sino alcanzar una instancia superadora que nos abarque a todos.

Somos clásicamente consumidores e importadores de productos americanos. Vestimos ropa, admiramos sus ciudades, escuchamos música y vemos películas y series que vienen de allí. Quizás este sea el momento de importar ciertas lecciones, aprendizajes y experiencias sobre la necesidad de restablecer la posibilidad del consenso en nuestro país. 

*Abogado


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