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REFERENTE DE LA DANZA

Oscar Araiz: "La danza es un solo tronco, de ahí salimos todos"

Recientemente galardonado con el Konex de Brillante, el coreógrafo argentino pasó por Córdoba para presentar su libro ‘Escrito en el aire’, donde homenajea a sus maestros.

Oscar Araiz
MAESTRO INTERNACIONAL. Araiz colaboró con el Joffrey Ballet de New York, el Royal Winnipeg Ballet de Canadá, la Ópera de París y el Ballet de la Ópera Real de Suecia, entre otros. | Fino Pizarro

Oscar Araiz tiene una trayectoria difícil de resumir. A los 20 años creó y dirigió el Ballet del Teatro San Martín en Buenos Aires; también dirigió el Ballet del Teatro Colón, el du Grand Théâtre de Ginebra y el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín.

Desde el Di Tella hasta el Teatro Colón, produjo y dirigió diversas obras y colaboró con compañías de danza internacionales. Realizó coreografías como Crash, Romeo y Julieta, La consagración de la primavera, El Mar, La noche transfigurada y Boquitas Pintadas; e intervino en films de Luis Puenzo, Luis Saslavsky, Jorge Cossia y Paula de Luque.

Fue varias veces galardonado con el premio Konex por su rol como coreógrafo pero este año el premio tiene otro sabor: es la primera vez que, a través de su persona, le otorgan a la danza un Konex dedicado a la música clásica (Ljerko Spiller, Martha Argerich y Daniel Barenboim recibieron este galardón en ediciones anteriores).

—¿Cuándo se despertó tu vocación por la danza?
—Es muy difícil saber dónde empiezan ciertas cosas. Dicen que el arte es producto de una ausencia; algún juego habré inventado para encontrar algo que me faltaba. Y seguramente eso fue el dibujo. Entonces, me faltaba, supongamos, libertad para tomar mis propias decisiones y en una hoja blanca yo tenía esa libertad porque no interfería nada exterior. Fue muy sanador porque el dibujo estuvo complementado con la música, que ya existía por la influencia de mi madre, que era concertista y poeta. Creo que ese trabajo con el espacio que había en el dibujo, que fue mi primer amor, se fue transformando en un lenguaje mezclado con otros, que es la danza, el teatro. A mí no me gustan las etiquetas, decir hasta acá es la pintura y acá empieza la música, las vibraciones se mezclan, así como se mezclan los sistemas compositivos.

—¿Y ese salto del dibujo a la danza?
—Se fue produciendo de a poco, pero tuve la oportunidad de cristalizarlo cuando conocí a mi primera maestra, Élide Locardi. Fue de la primera generación de maestros argentinos de danza moderna. Ella vio dibujos míos y me ofreció una beca. Una vez que descubrí que era eso lo que quería nada me detuvo. Fue como un renacimiento. Tenía 15 años.

—¿Creés que hoy, al ser los tiempos más vertiginosos, los lenguajes sobre el escenario mutan más rápido que antes?
—Me cuesta mucho aseverar las cosas. Decir esto es así o no es así. Me parece que el progreso es una ilusión, a veces necesaria. Porque, por ejemplo, la revolución es necesaria, pero no existe si no es re-evolución. Está conectada con el pasado, como lo estamos todos. Sin el reconocimiento de nuestras raíces no podríamos avanzar. Para los jóvenes es difícil de entender porque hay una actitud de romper y de buscar su individualidad, lo cual está perfecto, no es algo que critique. Pero me parece que hay que ver las cosas desde diversos puntos de vista.

—¿Cómo se ensamblan las nuevas tecnologías al espectro de la danza?
—No tengo respuesta para eso. Se ensamblan como se ensamblan con cualquier otra cosa. Hay cambios técnicos, herramientas novedosas y originales, pero no sé si es sustancial eso. Es más la cáscara, el medio, que está bien porque atrae, es original, sorprendente, rápido, económico. Si esos son tus valores, entonces está bien. Yo no sé si esos son mis valores predominantes. Al contrario, me gusta la lentitud, el silencio, me gustan muchas cosas que no están de moda, que no marcan tendencia (se ríe).

—¿Cómo ves las políticas culturales hoy?
-¿Existen?

—¿Qué se siente que la danza se haya quedado con el Konex de Brillante, que es un premio a la música clásica?
—Eso es lo más importante de este premio. Yo tengo una relación un poco incómoda con los premios en general, me intimidan un poco. Pero este en particular es un premio que está dado por los músicos y me parece maravilloso en lo más íntimo porque asevera y reafirma algo que yo siento y que quizás nunca lo pude poner en palabras y es que la música está más arriba. Es como la punta del iceberg, como un portal. ¿Con qué nos comunica ese portal? No lo sabemos muy bien porque no es racional, pero tiene que ver con la inteligencia y el pensamiento. Es luz para todos. De ahí viene la música, y la música ilumina la danza. Y yo me siento sometido en el mejor modo a la música, soy casi un ilustrador de la música, aunque es lo peor que se pueda decir de un coreógrafo.

—¿Por qué?
—Porque la danza no tiene por qué ilustrar, lo cual es cierto. Pero ya está demostrado que la danza puede ser independiente de la música. A mí no me importa mucho porque la mayoría de mis trabajos están disparados por partituras, por músicas de todo tipo, desde clásicas, contemporáneas, hasta populares y étnicas.

— Si tuvieras la posibilidad de volver a poner en escena tres obras tuyas, ¿cuáles elegirías?
—No elegiría por las obras sino para quiénes, dónde y cuándo. Hay piezas que fueron hechas en un momento dado y que no tienen valor sacadas de ese momento o de esos intérpretes que tuvieron. No me gustan las cosas muy fosilizadas. Cada vez que hago una cosa es desde cero porque la hago con intérpretes diferentes y ellos se adueñan de lo que están haciendo. El coreógrafo no es un general que da órdenes. Eso es un prejuicio, una imagen equívoca.

—Trabajás mucho con el ida y vuelta...
—Sí, me gusta hacer propuestas que en el hacer se modifican y se perfeccionan en el peloteo con los demás. Esto tiene que ver mucho con el juego, que considero un elemento fundamental del trabajo creativo.

—¿Cómo fue tu incursión en el cine?
—Es lo que yo hubiera querido profundizar y estudiar. Nunca tuve la fuerza necesaria para hacerlo. Pero tampoco quería negar lo que estaba haciendo. Entonces, como yo no podía ir al cine, traje el cine a mi escenario. En mi lenguaje hay muchas cosas que tienen que ver con la mirada cinematográfica. Con el frame, la velocidad, el trabajo con el espacio, las acciones simultáneas, el rewind. Es muy fotográfico y es una dramaturgia que habla de un tempo. Para mí es muy importante el tempo dramático.

—¿En qué estás trabajando ahora?
—Vamos a hacer con el Ballet Folclórico Nacional una versión mía de una parte de un espectáculo que se llamó Tango y que monté acá, en el Teatro San Martín de Córdoba. Fue la única compañía que hizo la obra completa, que tiene dos partes. Bueno, esa primera parte se hará por primera vez en diciembre en el Parque Centenario y en el CCK.