domingo 19 de septiembre de 2021
CóRDOBA CARLOS HAIRABEDIAN
15-08-2021 00:33

“Soy un objetor de todas las instituciones”

La vida del abogado bien podría ser retratada en una película o en una serie, aunque el experimentado penalista eligió una biografía y editó un libro: ‘Buscado. Una vida al límite’.

15-08-2021 00:33

Polémico, transgresor, memorioso, cinéfilo, ateo, anarquista, defensor de culpables, crítico de todo orden preestablecido, viajero empedernido, lector incansable, sabio comunicador y el abogado más famoso de Córdoba.
En su currículum, además de la abogacía tiene casi todos los casilleros completos: fue juez federal, candidato a gobernador, legislador provincial, secretario de Transporte de Carlos Menem (abogado de Menem), exfuncionario de Luis Juez en la Municipalidad, periodista deportivo y judicial. Una vida al límite, que bien lo posiciona de los dos lados del mostrador según las circunstancias, en algunas héroe, en otras villano.
A sus 86 años sigue ejerciendo plenamente la abogacía. Hairabedian recibe a PERFIL CÓRDOBA en su piso 12 de la calle Hipólito Yrigoyen en el que vive desde los años ‘90. Un espacio que conjuga el arte, una biblioteca infinita, una pantalla gigante en la que proyecta películas (dice que ya no va más al cine porque le molestan los ruidos de los que comen), con grandes y cómodos sillones y un ventanal que permite apreciar el Buen Pastor.
En todo momento de la charla, y es una constante en el libro, hace referencia a momento más crítico, desafiante y traumático de su vida. Cuando estuvo tres años preso durante la dictadura militar. Hairabedian fue encarcelado en 1976, mientras ejercía como juez de Instrucción en la Justicia Federal, y liberado en 1979.
“Yo había sido catalogado por la dictadura que me venía estudiando desde mi época universitaria como un agitador estudiantil, me habían rotulado como ‘trosko-castroperonista’, dice, y agrega: “A las 0 horas del 28 de marzo me metieron en un pozo, a las tres de la mañana me sacaron y me llevaron a la guardia de la Escuela de Aviación Militar. Quién me sacó del Campo de la Ribera, del pozo donde me habían metido, todavía no lo sé, nunca lo pude saber. Quién decidió meterme en el pozo y a las tres horas sacarme es un gran misterio para mí. A las 7 de la mañana en la guardia me sacaron adelante de otros presos, que eran todos funcionarios del peronismo, y entonces ahí me dijeron que venían a someterme a un juicio. Pero no como la justicia que yo administraba, mientras me hacían descargas de ametralladoras en mis oídos y me hacían correr de atrás tomado de una soga. Luego un Vicecomodoro, que era el subdirector de la Escuela de Guerra Militar, me dijo que ellos habían administrado Justicia y que me iban a dejar vivir”.

—¿Fue la experiencia más traumática de su vida, la cárcel?
—La permanencia en la cárcel fue el hecho más movilizante de mi vida, como dice Mujica, es el significado que tiene la cárcel, ahí no se tiene nada de nada, se vive en un estado de incertidumbre total. Entonces uno empieza a conocer el sentido de la vida, pierde toda relación con bienes, con recursos, con medios, con fines, con propósito, se pierde todo. Uno se puede torturar pensando en la situación que está o superarla mediante un examen profundo de conciencia, porque su vida ya no es obra de su existencia tal cual está diseñada para un ser superior, en el cual yo no creo.

—Usted pone de manifiesto en el libro que jamás defendería a un militar que haya actuado durante la dictadura. ¿Es así?
—No, jamás. Todos los que estábamos presos a disposición de la dictadura, llegamos a un compromiso, que si alguna vez recuperábamos la libertad no los defenderíamos nunca. Porque ellos se habían constituido en una organización del Estado gigantesca y criminal, en la que habían violado sistemáticamente todos los derechos de la persona a base de un poder dictatorial. No era la delincuencia común. Era una delincuencia organizada, sincronizada, perfeccionada con métodos terroristas, sangrientos y con desconocimiento de la totalidad de los derechos que la Constitución otorga para todos los ciudadanos.

—¿Alguno lo buscó para que lo defendiera?
—Sí, uno de los que me interrogó, él se autodenominaba el ‘Gordo bueno’. Vino a verme a un estudio en el cual había comenzado a trabajar. Le dije que yo no lo podía defender porque tenía un compromiso de honor y que jamás iba a defender a quienes habían desconocido derechos en forma masiva y habían formado parte de una dictadura.

—¿En qué momento de su vida tienen un acercamiento al peronismo?
—A los 15 me incorporé a la nocturna en el Jerónimo Luis de Cabrera y entré a otro universo. Allí tuve algún tipo de afinidad con lo que era el peronismo, que era el que gobernaba en ese momento. Y empiezo a tener mucha simpatía por regímenes latinoamericanos como el de Jacobo Árbenz de Guatemala. Ya mi lenguaje no era el de los estudiantes, mi mundo era distinto. Hacia fines del ‘57 comienzo con la vida universitaria, me vinculo con la CGT que se estaba normalizando y me voy haciendo militante universitario muy radicalizado, de grupos fundamentalistas properonistas. Esa idea que yo de niño tenía de estar siempre al lado de los chicos que les pegaban o los maltrataban, o eran injuriados y yo siempre los defendía. Aparece este costado mío de estar al lado de lo que eran perseguidos, cuestionados, discutidos o negados y eso me va acercando a un pequeño grupo, muy pequeño, muy poco representativo. Pero yo paso a formar parte de esos grupos con un activo protagonismo por el tipo de exposición pública que tenía, porque hablaba mucho en los actos.

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—¿Cuándo comenzó a definirse el personaje Carlos Hairabedián?
—En cada lugar donde me instalaba me convertía en un contradictor, en un objetor, en alguien polémico. Y así me llamaban Carlos ‘Polémica’ Garó era el apodo que yo tenía. Garó es una derivación de Garo en armenio de niño, que quiere decir Carlitos.
En la universidad me convertí a partir de un acto puntual y bien definido. Había un activismo frenético en contra de la nueva ley que establecía la enseñanza privada. Nosotros estábamos con la Universidad y el monopolio estatal de la enseñanza. La gran pelea con el frondizismo era la enseñanza religiosa, laica, la escuela privada. Cuando ingreso a la Universidad representando a un grupo muy pequeño con un famoso “un minuto de silencio para Eva Perón, la jefa espiritual de la Nación”, que era con el nombre con el que se la conocía durante el peronismo, estalló el estadio en mi contra. Nosotros éramos 10 contra 10 mil tipos insultándome. De allí surgieron muchos estudiantes que después se convirtieron en cuadros vinculados a las organizaciones guerrilleras. Esos fueron un campo de entrenamiento, casi diríamos. Bueno, lo cierto es que yo me convertí en una figura en la universidad. En los actos públicos era uno de los oradores centrales. Era un buen agitador. Después con la participación que tomé en el periodismo deportivo, es decir en cada ámbito, me voy convirtiendo en un personaje.

—En una parte del libro lo describe como abogado de delincuentes, asesinos, asaltantes, ¿siempre se lo vinculó a defensas de culpables más que de víctimas? ¿Eso es una elección?
—Casi no he participado en la defensa de víctimas. La defensa penal por antonomasia, por definición, por vocación, es la del presunto culpable. No era de la víctima. La defensa esencialmente es evitar que un presunto culpable sea condenado sin las garantías del proceso penal, del debido proceso legal, de los derechos que las leyes en función de la Constitución han establecido. Para que no sean víctimas ni de los prejuicios, ni del odio racial, ni de la intolerancia ideológica, ni sean condenados sobre la base del capricho y el abuso del poder. Ese es el fundamento. No es propiciar la impunidad. No es justificar el crimen de ninguna manera. Es garantizar los derechos que esa persona tiene y que el resultado del proceso sea un resultado derivado de un justo juicio del que ya hayan obtenido las pruebas legalmente, no ilegalmente.

—¿Se arrepiente de alguna defensa?
— No, no me arrepiento de ninguna. Nunca he tenido el peso de la defensa.

— ¿De la defensa del expresidente Menem no se arrepiente?
—No para nada . Yo fui secretario de Transporte de Menem, tomé distancia política de Menem. Fui un crítico de muchos de los actos que estaban en el ámbito donde se realizaron los mayores actos de reforma del Estado. De la causa para que lo defienda, yo no tenía ninguna circunstancia que evidenciara que Menem había participado con una directiva, o había sido un encubridor, o había sido un patrocinador de lo que había ocurrido en la fábrica Militar de Río Tercero. Hicimos un análisis de la prueba y yo llegué a la conclusión de que él merecía ser defendido. No me arrepiento de esa defensa, sí soy un crítico de muchos actos de Menem. Entre los mayores actos de los que fui crítico es el de los indultos.

—Es un crítico de todas las instituciones, ¿por qué?
—A lo largo de mi vida fui resistiendo todas las instituciones. Empecé con la familia porque le quita la fantasía a los niños. Luego la escuela, que los disciplina de una manera autoritaria. Y así sucesivamente. En cada lugar donde hay una dependencia, una jefatura, un orden establecido, ya sea militar, empresarial, eclesiástico. Eso es propio del anarquismo. Pero esta idea que yo tengo de resistencia a todas las instituciones ya sea del Poder Judicial, el Poder Legislativo, el Poder Ejecutivo, evidentemente que explican que hay en mí no un conformismo, una cosa mucho más profunda que ser un conformista. Eso a lo que llamo anarquismo.

—Ahora aun con esa mirada, logró formar una familia, hacer una carrera, tener una comodidad económica. ¿Se tuvo que adaptar a esa sociedad?
—Eso me llevó al mismo sentido competitivo de esta sociedad, esta sociedad no es justa es injusta. La gran desilusión es que las instituciones no pueden cambiar nada. Se encuentran limitadas y condicionadas a los poderes que operan sobre ellas. Y los pobres, los marginados, los excluidos, los desplazados no tienen poder para operar.

— Defina a Carlos Hairabedian.
—Me defino como un objetor de todas las instituciones, si eso se llama anarquismo, que sea anarquismo.

La Biografía. Escrita por Juan Cruz Taborda Varela y editada por El Emporio Ediciones, en 548 páginas se repasan más de 80 años de vivencias personales, profesionales, pero también es una fotografía de los hechos políticos y sociales que marcaron Córdoba. “La vida se vive una sola vez y hay que dejar un testimonio”, asegura Hairabedian

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