La economía argentina atraviesa una fase más compleja del proceso de estabilización. Tras una primera etapa marcada por una fuerte desaceleración inflacionaria, el escenario actual muestra señales de mayor fricción: los precios dejaron de caer al ritmo esperado, las tasas de interés generan debate y el frente externo suma incertidumbre. Análisis y exposiciones recientes de Guido Sandleris, Fernando Marengo y Martín Polo permiten reconstruir una lectura integral de la coyuntura: el programa económico mantiene pilares sólidos —en especial el equilibrio fiscal—, pero enfrenta tensiones crecientes en su segunda etapa.
Una desinflación menos previsible. El dato más evidente es que la inflación dejó de seguir una trayectoria descendente clara. Ya no se trata de una caída sostenida mes a mes, sino de un proceso más errático. Sandleris, ex titular del Banco Central y actual presidente de Fundación Ecosur lo explica en términos conceptuales: la desinflación no es lineal y tiende a mostrar rebotes, especialmente cuando se producen ajustes de precios relativos o shocks externos.
“Los procesos de desinflación no son lineales. En general se parecen más a una pelota que uno lanza al piso y va rebotando: cada vez rebota con menos fuerza hasta que converge”, expuso recientemente en la Bolsa de Comercio de Córdoba. En los hechos, esto se traduce en registros mensuales que volvieron a ubicarse cerca del 3%, luego de haber tocado pisos significativamente más bajos. El economista anticipa que el corto plazo no mostrará mejoras sustanciales. “Marzo y abril no van a ser buenos meses en términos de inflación”, apuntó. Sin embargo, su lectura es que se trata de una pausa dentro de un proceso más amplio, que debería continuar a la baja si se sostienen las condiciones macroeconómicas.
¿Ruido transitorio o cambio de tendencia? El punto de debate aparece cuando se intenta determinar si esta dinámica responde a factores transitorios o a problemas más estructurales. Desde Cohen Inversiones, Martín Polo introduce una mirada más escéptica. Según su análisis, la inflación viene sorprendiendo sistemáticamente al alza desde hace varios meses, lo que pone en duda la idea de shocks aislados. “Vamos a ver que van a ser 10 meses consecutivos de aceleración en la inflación… siempre hay cuestiones transitorias, pero hace 10 meses que lo único que hacen es empujar los precios hacia arriba”, marca.
Bajo esta óptica, el proceso de desinflación no solo se desacelera, sino que podría estabilizarse en niveles más altos de lo previsto inicialmente. De hecho, las proyecciones del mercado ya se ajustaron hacia arriba. “La inflación de este año ya no se proyecta en 20%, sino más cerca de 28% o 30%, lo cual sería una desinflación muy amarreta respecto a lo esperado”. La diferencia entre ambas visiones no es menor: mientras una interpreta el fenómeno como una pausa, la otra sugiere que el programa podría estar encontrando un límite en su capacidad de seguir reduciendo la inflación sin nuevos instrumentos.
En materia inflacionaria, Fernando Marengo, de Black Toro, fue enfático: “Argentina no puede convivir con inflación” y definió que “la inflación es una estafa al tenedor de peso”. En cuanto a la dinámica reciente, explicó que las subas responden a factores puntuales y advirtió: “Me preocupa más marzo y abril que empiece con tres (3%) a pensar que en agosto puede empezar con cero”.

El problema de la credibilidad- Más allá de las causas inmediatas, hay un factor estructural que aparece en todos los diagnósticos: la credibilidad. Sandleris remarca que la historia inflacionaria argentina condiciona las expectativas y vuelve más lento cualquier proceso de estabilización. En otras palabras, incluso cuando la política económica es consistente, el mercado necesita más tiempo para creer en sus resultados. “La falta de credibilidad es clave para explicar por qué se tarda más en bajar la inflación”, recuerda. Esto implica que cada shock —como una suba en combustibles o alimentos— tiene un impacto mayor, porque reactiva dudas sobre la sostenibilidad del programa.
Tasas: una señal ambigua. En este contexto, la política de tasas se convierte en un elemento central. El Gobierno permitió una baja en los rendimientos en pesos, lo que en principio busca acompañar la recuperación de la actividad. Sin embargo, esa decisión abre interrogantes sobre su impacto en la nominalidad.
Desde Cohen advierten que las tasas reales ya se ubican en terreno negativo, lo que debilita el incentivo a mantener activos en moneda local. Pero el punto más relevante es el origen de esa baja. No responde a un sistema financiero más dinámico, sino a una menor demanda de crédito y a un contexto de menor actividad. “La baja de tasas se explica por la contracción del crédito… no por una mayor demanda de pesos”, sostienen. Este matiz es clave: si las tasas bajan por debilidad económica y no por consolidación monetaria, pueden transformarse en un factor de riesgo para la estabilidad.
El cruce de variables genera una dinámica difícil de sostener en el tiempo. Actualmente conviven tres elementos: inflación relativamente alta, tipo de cambio contenido y tasas en descenso. Esta combinación, según Polo, genera una inconsistencia y una incomodidad macro.
En términos prácticos, implica un atraso cambiario en un contexto donde la inflación sigue corriendo por encima de lo deseado. Si bien esto contribuye a la estabilidad en el corto plazo, plantea dudas hacia adelante.
Rebote con heterogeneidad. En paralelo, la actividad muestra una recuperación, aunque lejos de ser homogénea. Sandleris describe una economía que dejó atrás la recesión, pero que avanza a distintas velocidades según el sector. El crecimiento se concentra en actividades vinculadas a recursos naturales, mientras que la industria, la construcción y el comercio continúan rezagados.
Esta lectura es consistente con la de Marengo, quien enmarca el fenómeno como parte de un cambio estructural en la matriz productiva donde hay sectores ganadores y sectores perdedores. Incluso, el economista destaca que el nivel de actividad alcanzó máximos históricos en términos agregados.
“Nunca la economía argentina produjo tantos bienes y servicios como enero de este año, pero hay que pensar que todos los sectores que estaban subsidiados y subvencionados en los conurbanos sufren más que el resto del país”, en línea con la transición hacia un esquema basado en ventajas comparativas. Sin embargo, este crecimiento no logra traducirse plenamente en empleo ni en mejora del ingreso.
El límite social. El mercado laboral aparece como uno de los puntos más débiles del actual esquema. La creación de empleo es limitada y los salarios muestran dificultades para recuperar poder adquisitivo de forma sostenida. Esto genera una percepción de estancamiento en amplios sectores, aun cuando la macro muestra señales de mejora.
En este sentido, la heterogeneidad sectorial se traduce directamente en desigualdad territorial y social. En esa línea Marengo grafica que “el desempleo sube en algunos lados, en otros lados la tasa de desempleo está abajo del 5%”, y que existen zonas con alta demanda de empleo. “Hay que mirar menos el conurbano y hay que empezar a mirar mucho más la cordillera, donde se concentran oportunidades vinculadas a sectores como minería y servicios”, dice.
Perspectivas: estabilidad con desafíos. De cara a los próximos meses, el escenario base sigue siendo de crecimiento moderado y una inflación que, si bien lejos de los niveles críticos del pasado, se mantiene elevada. Sandleris proyecta una economía en expansión con inflación en torno a los niveles actuales, mientras que Marengo pone el foco en el desafío de fondo: mejorar la productividad. “Bajamos la inflación, ahora hay que ser productivos. No hay otra forma”