CORONAVIRUS
Desde Madrid

Diario de la peste: el limbo

Han pasado sesenta y muchos días desde que comenzó todo pero el limbo en el que vivimos lo extiende como una mancha líquida que se hace gaseosa, se evapora en los bordes del pasado.

Madrid en cuarentena
Madrid en cuarentena. | AFP

Ayer, por primera vez desde que comenzó la cuarentena, salí a caminar. Todo este tiempo solo he salido a la calle, una vez a la semana, para abastecerme de alimentos o comprar algún medicamento. Desde hace ya más de dos semanas, en la fase cero de Madrid se permite caminar o practicar deportes de manera individual, entre las seis y las diez de la mañana y las ocho y las once de la noche. Teniendo en cuenta que el horario estival permite luz solar hasta pasadas las diez, se puede, en las últimas horas de la larga tarde disfrutar de un poco del sol.

Caminé más de una hora y llegué al corazón de barrio de Malasaña, no lejos del mío, una zona del viejo Madrid, de calles estrechas, techos de tejas y ritmo lento. Después de más de dos meses me reencontré con sitios habituales con los ojos de un turista, ya que, al estar las tiendas, los restaurantes y los bares cerrados, vacías las aceras de mesas y sillas, parecía una ciudad desconocida para mí. Al salir de ese desconcierto me di cuenta de que mi mirada se parecía más a la de un turista accidental de su propia vida, como el personaje del viejo doctor que el actor Victor Sjöström interpreta en la película Cuando huye el día de Bergman, al pasar por el pueblo donde creció y acercarse a la casa natal, o a Walter Landau en Delitos y faltas de Woody Allen, en una escena que homenajea a la película de Bergman. Sjöström y Landau caminan en un espacio familiar que se habita con los recuerdos propios, en este caso la infancia, reconstruyendo el pasado como una epifanía. Ayer me quedé viendo las terrazas vacías animándose en mi memoria con las mesas compartidas con amigos.

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Han pasado sesenta y muchos días desde que comenzó todo pero el limbo en el que vivimos lo extiende como una mancha líquida que se hace gaseosa, se evapora en los bordes del pasado y lo mismo ocurre si miramos en sentido contrario: no se acaba de ver el futuro. Los gobiernos ayudan con las contradicciones que se suceden una detrás de otra. Italia, uno de los países con más contagios y decesos, anuncia que abrirá sus aeropuertos al turismo en la primera semana de junio. España lo deja para julio y, mientras tanto, impone una cuarentena de 14 días a todos los turistas que lleguen a sus aeropuertos, pero ayer la Unión Europea expresaba una opinión contraria a la medida. Con las compañías aéreas ocurre un despropósito similar. En el aeropuerto hay que mantener una distancia sanitaria de un metro con los demás. Hasta llegar al avión. Allí nos sentamos todos juntos. Las empresas dicen que de lo contrario no es sostenible económicamente operar. Europa, en tanto se lo piensa, les da la razón: el que decide, si vuela o no, es el pasajero. En este ejemplo, se reduce la cruel realidad: búscate la vida, como reza el dicho popular madrileño.

Mientras tanto, la macroeconomía sigue en una tensa lucha que protagoniza el eje franco alemán ante los países "frugales" del norte, Austria, Holanda, Dinamarca y Suecia que presentarán hoy un plan que cuestiona las transferencias que impulsan los presidentes Macron y Merkel para que tengan formato de préstamo. En el caso que lo tuvieran, ¿quién lo podría asumir? Por otra parte, si de repente, la desescalada se interrumpe por un nuevo brote y todos debemos regresar a casa, ¿cómo se planifica esa segunda ola? A través de los llamados ERTE, las regulaciones de empleo temporal, el Estado se hace cargo del 70% del salario de los trabajadores de las empresas afectadas por la pandemia y ya son casi tres millones y medio de empleados que reciben sus ingresos por ese medio. Hasta que termine el Estado de alarma. ¿Y después? Algunos restaurantes, muy pocos, ayer tenían la puerta de calle abierta y una mesa, a modo de mostrador, flanqueaba el paso y la utilizan para apoyar los pedidos de comida que la gente pasa a retirar previo encargo telefónico. Los bares, en cambio, todos, con las persianas bajas, acumulan polvo, suciedad y algunos papeles en los umbrales.

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Al llegar a casa abro un correo promocional de Netflix y ofrece, entre otras películas clásicas, Up in the air, aquella historia en la que George Clooney se dedica a volar de ciudad en ciudad en los Estados Unidos para despedir personal de las empresas, una especie de liquidador que entrevista de una en una a las víctimas para que firmen los papeles y se vayan sin hacer ruido. Apoyo el cursor sobre el fotograma y se acciona un breve tráiler en el que, en pleno vuelo, Clooney le pregunta a la nueva asistente que le ayuda en ese cometido si entiende cual es su tarea. "Sí, claro", dice ella, "apoyar a los desempleados, emocional y físicamente, para que busquen un nuevo trabajo". Clooney la corrige: "Eso es lo que vendemos, pero no lo que hacemos". Y pasa a explicar su punto de vista: "Nosotros tratamos de hacer el limbo tolerable. Llevamos a las almas heridas al otro lado del río del terror, donde la esperanza empieza a vislumbrarse, y luego paramos la barca en mitad del río. Allí, los tiramos".

¿Acaso no estamos mirando, sin ver, el otro lado del río y por eso el futuro es gaseoso? La barca ya está en mitad del trayecto. Los gobiernos insisten: hay esperanza, de esta salimos juntos.

 

MR/FF