CULTURA
la nueva biblioclastía

Anthropic destruyó millones de libros para alimentar a su inteligencia artificial

Lo que en la ciencia ficción parecía una exageración paranoica empieza a adquirir una inquietante materialidad. Documentos judiciales, contratos millonarios y millones de libros físicamente destruidos. Ciertas novelas que imaginaron un futuro con la desaparición del libro como objeto. Hoy, mientras empresas de inteligencia artificial entrenan sus algoritmos mediante el escaneo y reciclaje masivo de bibliotecas enteras, aquella ficción adquiere una deriva incómoda.

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Pasado y presente. Arriba, quema de libros el 10 de mayo de 1933 en Alemania. Al lado: un plano de Farenheit 451, de François Truffaut. A derecha: la novela que parece ser la inspiradora de lo que ha hecho Anthropic con millones de libros. | cedoc

“A mediados del siglo XXI, lo virtual subvirtió la realidad. La Singularidad está cerca, una conmoción en la historia humana, fruto de la convergencia informática y nanotecnológica: ropa y lentes de contacto permiten la comunicación con el mundo entero, viajar como avatares a cualquier lugar o recibir información e imágenes de él. Un mundo mejor, acaso peligroso. Robert Gu –el mayor poeta estadounidense– regresa de su Alzheimer por un tratamiento milagroso, rejuvenecido, con sed de conocimiento. Así sale de la residencia de ancianos Rainbows End. Y debe volver a la escuela, familiarizarse con las máquinas de las que siempre desconfió. Amante de los libros, descubre un proyecto aterrador, el Bibliotomo: digitalizarlo todo a costa de la destrucción física del material impreso”.

El párrafo anterior es apenas una aproximación temática a las más de 400 páginas de la novela Al final del arco iris (2008, Ediciones B). Publicada en 2006 en inglés con el título Rainbows End, su autor, el matemático, teórico de la computación, escritor y profesor en la Universidad de California en San Diego, Vernor Vinge (1944-2024), obtuvo los premios Locus y Hugo en 2007. Enmarcada en la ciencia ficción post ciberpunk, veinte años después resulta predictiva más allá de cualquier especulación sobre el futuro.

El pasado 27 de enero, The Washington Post publicó un informe elaborado por los periodistas Aaron Schaffer, Will Oremus y Nitasha Tiku, que lleva por título: “Dentro del plan secreto de una empresa para escanear destructivamente todos los libros del mundo”. En él, hacen un recuento de las causas judiciales que las empresas desarrolladoras de herramientas de inteligencia artificial enfrentan en tribunales estadounidenses demandadas por autores, artistas, fotógrafos y medios de comunicación.

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Además, accedieron a más de 4 mil documentos liberados por el juez de una causa específica por derechos de autor, contra la empresa Anthropic –uno de sus productos es el chatbot Claude–, en la que esta llegó a un acuerdo por 1.500 millones de dólares en el pasado mes de agosto. En dicha marea se mezclan documentos internos de la compañía, chats, mails, de los que surge un plan para “escanear destructivamente”, es decir, educar a los algoritmos de Anthropic con el contenido de millones de libros. Pero no solo sin pagar derechos de autor a los autores y editoriales, sino con un siniestro detalle que incluye la implementación del Proyecto Panamá, del que no querían que trascienda nada.

Dicho plan de Anthropic, empresa valuada en 183.000 millones de dólares, consistía en contactar a un proveedor experimentado en servicios de escaneo de documentos para procesar 500 mil a 2 millones de libros en seis meses, de esta manera las páginas escaneadas saciaban la “sed” de los algoritmos de su IA, que ya no aprende a escribir correctamente alimentándose de lo publicado en internet.

La manera en que “leyeron” los libros adquiridos para tal fin incluye guillotinas hidráulicas cortando el lomo de los ejemplares, donde se resguarda la encuadernación, para que las páginas sueltas fueran leídas en escáneres de alta velocidad. Por último, el destino de los libros desarmados era una empresa de reciclaje.

Para este operativo de lectura y destrucción, la compañía contrató a Tom Turvey, ex ejecutivo de Google, creador de Google Books. A partir de allí, consideraron comprar libros en bibliotecas o librerías de segunda mano, como Strand de Nueva York, quien negó cualquier venta al respecto. La adquisición de millones de libros se concretó en librerías de usados por todo el país y en dos de Reino Unido: Better World Books y World of Books.

Según la nota referida, “en junio, el juez de distrito William Alsup dictaminó que Anthropic tenía derecho a usar libros para entrenar modelos de IA porque procesan el material de forma “transformadora”. Comparó el proceso de entrenamiento de IA con el de los profesores que enseñan a los escolares a escribir bien”. Es decir, en toda la maraña judicial que implican acusaciones y defensas, el juez admite la destrucción de libros como una consecuencia lógica no punible. Para él, el delito está en otro lugar (de allí la compensación económica de la empresa, para mitigar el daño antes de una sentencia).

Según el juez, el delito es anterior al Plan Panamá y ocurre en junio de 2021, cuando el cofundador de Anthropic descargó libros pirateados del sitio Library Genesis. Conducta que repitió al año siguiente descargando material similar de un sitio web llamado Pirate Library Mirror. Y para empeorar la situación, emitió un documento a sus empleados donde afirma: “Violamos deliberadamente la ley de derechos de autor en la mayoría de los países”. Por las mismas razones, Google, Microsoft y OpenAI (ChatGPT) también enfrentan demandas por derechos de autor. Por caso, Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior.

Para dar dimensión en lo real al Proyecto Panamá, que destruyó millones de libros luego de extraer lo publicado en ellos, vale mencionar que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos –considerada la más grande del mundo– alberga más de 39 millones de libros catalogados. Y también, que la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, ubicada en Buenos Aires, supera los 3 millones de libros, mientras que la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina contiene 3,5 millones.Reciclar libros luego de extraer su contenido también remite al 10 de mayo de 1933, cuando los estudiantes nazis colaboraron en la quema de libros en toda Alemania bajo la consigna “Acción contra el espíritu antialemán”.