CULTURA
Arte contemporáneo

Eduardo Basualdo: “Está bueno que el espectador no se frustre frente al misterio de la obra”

El artista argentino ganó el Premio Pinamar Contemporáneo #2254 y prepara Cruz del sur, una obra monumental que llevará el arte contemporáneo al espacio público y buscará interpelar también a quienes no llegan a una pieza artística en busca de ella.

Eduardo Basualdo 12082026
Eduardo Basualdo. | Prensa

Eduardo Basualdo, uno de los artistas argentinos más reconocidos de su generación -que irrumpió con fervor en el inicio del siglo XXI- crea obras que dialogan tanto con el espacio como con las personas que las habitan, hace de la interacción entre cuerpo y arte un medio fundamental en su poética. Como ganador de la segunda edición del Premio Pinamar Contemporáneo #2254, organizado por la Fundación arteba y Pinamar S.A., se propone crear una pieza monumental que aporte gran valor a la ciudad balnearia que busca posicionarse como un nuevo territorio cultural. En conversación con PERFIL, analiza el desafío de darle vida a Cruz del sur, la posibilidad de llegar a nuevos públicos que no necesariamente están buscando arte y la importancia - o no - de crear un legado permanente.

-¿Qué te llevó a postularte al premio? ¿Te interesa asumir nuevos desafíos?

-No suelo aplicar a convocatorias, pero fui jurado de la edición anterior y el premio me parece muy interesante porque atraviesa una ciudad que busca sumar una nueva capa identitaria cercana a la cultura. Cruz del sur, el proyecto que presenté, tiene que ver con mi pasado, como si hace algunos años mi obra se hubiese metido en circuitos diferentes a los que suele habitar, algo que vengo haciendo, por ejemplo, con el mundo del teatro. Postularse también tiene que ver con la intención de traducir mi trabajo a escenarios públicos y observar cómo se abren nuevos panoramas. Si bien ya realicé proyectos cercanos a desafíos, esta es la primera vez que pienso una obra de cero para que esté afuera, sin un cuidado especial ni regido por un código preestablecido con los visitantes y eso es lo que la hace especial.

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Eduardo Basualdo

-¿Qué va a generar esta obra en la gente que se encuentre con ella en diferentes estados de ánimo? Distraídos, yendo a la playa o desconociendo que en las calles de Pinamar hay arte. En cuanto a eso, también te pregunto cuánta relevancia tienen los otros en la construcción de tus trabajos.

-Creo que la gente se va a transformar en espectadores por sorpresa, ya que la mayoría no espera encontrarse con arte en ese contexto. El otro siempre está presente en mi trabajo, por lo que la pregunta que me hacía una y otra vez era cómo hacer para sostener eso en estas circunstancias. En ese sentido, pienso que los desafíos más grandes son la seguridad, la perdurabilidad y la materialidad, porque en términos poéticos, Cruz del sur dialoga perfectamente con lo que hice hasta ahora, es solo una cuestión de entender el escenario y tratar de replicar, como hago en otros casos, algo que está muy presente en el teatro, un arte que sucede para el que lo produce y quien consume en el mismo instante, donde el fenómeno se construye entre todos, volviéndose algo ritualista y que en las artes visuales no sucede, ya que el momento de producción y contemplación no son los mismos.

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-¿Cruz del sur es una escultura o un monumento? ¿Qué diferencia simbólica existe entre estas definiciones?

-Hace un tiempo vi el documental Recordá esto de Matías Capelli, donde comparte que esas palabras son la traducción exacta de monumento en latín, una explicación que devela el verdadero significado de las piezas en el espacio público. Su mirada me quedó dando vueltas en la cabeza cuando entendí que por primera vez que me acercaba a un código más cercano al monumento porque Cruz del sur va a estar emplazada en una ciudad, donde en todo momento nos encontramos con este tipo de obras que en general no cuestionamos aunque forman parte de nuestra rutina. La idea de crear un ícono me hacía ruido porque entonces el arte se vuelve una síntesis al servicio de la poca atención que le prestamos a las cosas hoy en día, pero hubo algunos factores que me terminaron de convencer y que tienen que ver con la interacción del espectador distraído o involuntario.

-¿Cómo pensás que esos espectadores involuntarios van a interpretar la obra? ¿Es necesario que encuentren un significado o que la vivan?

-Hay algo del factor azaroso que es muy fértil, ya que está bueno que ese espectador no se frustre sino invitarlo a que la pase bien. Ir en contra de la idea que tantas veces se tiene del arte contemporáneo, de que nunca estás lo suficientemente cultivado para recibirlo. El misterio de la obra, algo que tomo como un bien, no tiene que interpretarse como un defecto del otro. Por eso hay algo en la simpleza del proyecto que busca hacer las paces con ese momento.

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-Volviendo a lo que decías antes. ¿Planteás la posibilidad de que un monumento pueda hablar de este tiempo? Sería un factor interesante si se tiene en cuenta que son tantas las obras públicas que analizan nuestro presente y le hablan a las futuras generaciones.

-Ahí entra la posibilidad de entender que una obra no es sólo el resultado de un pensamiento aislado que refleja lo que uno quiere contar, sino hacerse cargo de que los artistas somos canales de comunicación de aquellos otros con los que compartimos la vida. Creo que está bueno pensar lo que este momento histórico, a través de mi obra, está pidiendo recordar. En Pinamar hay un cuerpo de esculturas pero no creo que se las asuma como monumentos, por lo que quiero dialogar con el fluido histórico actual, algo que incluso podría ser peligroso para mi trabajo, e interpretar nuestra historia haciendo uso de la experiencia individual en el reflejo de lo colectivo, el drama común que nos interpela en lo singular, que es lo único que conocemos aunque también es mucho más que eso.

-Sos un artista que entiende el estudio del espacio como una parte fundamental del proceso. ¿Qué te pasa con esta experiencia, considerando que vas a emplazar una obra al aire libre y alejada del circuito del arte tradicional?

-El desafío tiene que ver con el escenario y lo que conlleva hacer arte a la intemperie. En general, trabajo con instalaciones y materiales en contextos cerrados y muy íntimos, donde hay reglas y convenciones determinadas, aunque sean invisibles, como sucede en los museos y las galerías, en las cuales se rige una sensación de mayor solemnidad. Por eso, el primer enfrentamiento tiene que ver con la resistencia de las obras a los cambios climáticos y al uso, dos factores que limitan, aunque también me llevan a estudiar nuevos materiales y su ingeniería.

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-¿Es posible adaptar tus proyectos a diferentes hábitats?

-Entender el diseño de un espacio es lo primero que hago y esa instancia define la narrativa de la obra. Me resulta imposible armar un proyecto en el aire porque necesito entender cómo se va a recorrer, dependiendo de las entradas, salidas y coordenadas del lugar. En este caso, el aspecto territorial es clave porque la pieza se va a colocar en una rotonda urbana y se va a observar de lejos así como también se va a vivir de cerca.

-Acá ingresa la rebeldía de la calle, más autónoma y sincera, donde la gente se mueve como quiere.

-Sí, es posible. Cada uno se va a relacionar y va a interpretar la obra como quiera, porque como dije antes, la mayoría de las personas no van a llegar a ella buscando arte, como puede pasar en un museo, sino que se la van a encontrar y hay algo en eso que es muy valioso.

*Melisa Boratyn es Lic. en Curaduría y Gestión de Arte y tiene una Diplomatura en Género y Movimientos Feministas. Entre 2011 y 2018 trabajó en diferentes galerías del circuito local. Se desempeña como curadora independiente, colaborando con instituciones como Meridiano, Malba, Usina del Arte, Bienal Sur, Festival Emergente y Fundación Santander entre otros. Escribe para Clarín, Revista Ñ, Maleva Mag y Zibilia. Desde 2017 codirige el proyecto Homenajes Urbanos junto a Ale Giorgga.

MSS