En Bahía el Candomblé invoca a sus hijos la protección divina de dos poderosas y hermosas diosas, Iemanjá y Oxum. Mientras la primera orixá brasileña es el mar que abre sus brazos a los misterios; Oxum ofrenda el amor, la poesía y la sensualidad, que nace de ojos brujos sobre un abanico espejo. Ella esperaba paciente a uno de sus abian, los elegidos desde el nacimiento a retornar a su axe, el joven Fernando Noy. Muchacho en flor que había trasvasado el hippismo de Plaza Francia y el Di Tella, la amistad creativa con Alejandra Pizarnik, Juan José Hernández y Olga Orozco, con una vida hecha de poesías de calderos, pero precisaba reencontrarse, reencarnarse, en la Pachamama y la cintura cósmica del Orinoco al Río de la Plata. Poesía afiebrada para hambrientos, ambrosía eucarística terrenal de los goces y dolores, ritual profano captando los siempre jóvenes grafitis que escriben las tribus de mi calle, Poesía Reunida 1985-2025 (Evaristo Editorial) es un santo y seña. Reconocimiento de la invisible pero esencial obra poética del artista, incómoda para ubicar en el actual panorama “transgénico” de la poesía; y a la vez, posta que denota el “Colmo de eternidad/en esta boca”. Perpetua en el instante superlativo de su perpetuo acto y tacto, con la fuerza de un Patoruzú patagónico, animal latinoamericano, Fernando Noy será lo dorado del Alba de nuestras Bandas Eternas.
“Hasta ahora no se oficializó eso. Pero asesinaron a Tanguito” comienza el teatro de imperecederas novedades que solamente el tonificado músculo mental de Noy puede mapear de la cultura regional del último medio siglo, “Es que yo ya estaba con los poetas y los hippies, con las jeringas, con Miguel Abuelo, el grupo Manal y Silvia Washington. Todo un poeta pincheto era, nada del príncipe que empezó a trabajar en teatro infantil apenas unos años antes; aunque nunca al punto de rozar los pasadizos de la muerte como en París, a principios de los 80. Justamente allá quería que vaya mi padre, sabida la dudosa muerte de José, ¡cómo se va a matar Tango con una flor en la mano para la madre! -agita los lentes-; además yo para escapar de la gaystapo del Onganiato. Pero una noche, eran las lunas de todos los sueños posibles, y la cantante Ginamaría Hidalgo invita al Embassy para un recital de Toquinho y Vinicius. Y cantaban un verso que terminó revelación, “você conhece Bahía Negra”. Enseguida dije a mis padres, me voy a Brasil, a un lugar soñado antes de mis sueños, dibujado por los dioses. Esa captación es lo poético, que tengo bajo las alhajas y la piel, y que también se relaciona con algo ajeno a lo real, para mí arena hierática en mis estrofas”, empieza el carnaval de almas quien este año, 75 aniversario en el calendario romano en noviembre, transita el fenómeno bestial con antológico libro publicado y otros en camino, el documental Lo Noy de Mario Varela y Andén alucinado, el recital poético-lírico de Guillermo Vega Fischer. Y, a embriagarse de Noy, que se vienen relatos eróticos inéditos en distintos envases y un podcast.
—Lo religioso, el re-ligar con lo divino pregnante de tus poemas, en una acepción mistonga y canyengue, ¿fue propulsado por la experiencia de Bahía?
—No, yo siempre tuve lo religioso muy presente desde los inicios de mis trabajos, sean de actor, performer y, en especial, de poeta. Siempre fui jasídico, es decir, un poeta de la alegría y místico, poco intelectual, y menos ortodoxo.
—Y la cuestión de la técnica, porque por momentos son versos libres, por otros va más prosa o surge en décimas, hasta odas, ¿te detenés en pensarlo o cómo viene?
—No, no, vienen de una multiplicidad de expresividades, casi te diría como letras de canciones que escucho solo yo –musicalizaron poemas de Fernando Noy, entre otras, Egle Martin y Fabiana Cantilo–. Hay que incluir el surrealismo, el romanticismo, la rima y lo inesperado. Una vez me acuerdo que estaba visitando a una amiga y había un espejo inmenso, viejo, antiguo, en un baño. Y empezó allí el poema. Mi amiga gritaba ¿dónde estás? y yo estaba escribiendo en papel higiénico. Eso detestaba Alejandra.
—¿Pizarnik?
—Cuando yo llegaba a la casa de Alejandra Pizarnik, desde Castelar donde vivía con mi madre, se enfurecía porque escribía en cartones, en pedazos de papel, en servilletas de bares, al azar, ¡si me bajé de colectivos por una birome para un verso! Una vez casi me atropellan, je. ¿Cómo podés escribir aquí?, me gritaba Alejandra, porque ella tenía un orden alucinante en sus cuadernitos. Y yo todo lo contrario, yo a quien ella bautizó Fernando, mi segundo nombre, debido a que había un amigo un poco más conocido llamado Julio, Cortázar. Y a Pizarnik que daban asco esos papelitos sucios pero ahí estaban mis poemas que gustaba leer.
—Así tu poesía peregrina…
—Que me rompe y yo la transmito. Después la escribo y luego ya directamente no la conozco. Y por eso en esta poesía reunida vuelvo a releer y siento que están bien, ni muy divinos, ni muy, nada. No tengo manera de catalogarlos. Voy escribiendo mi poesía, escuchando, una voz invitada.
—¿Pero esa voz? ¿Una musa? ¿Un recuerdo?
—Es la poesía diciéndome, diciéndose el poema, narrándose, contándose, bajando. Después lo trabajo un poco, lo subo al pelpa, sea el que fuera, cualquiera, nada escribo en computadora, que soy un negado informático. Y ahí vuelvo a leer con tiempo, lo macero, lo mastico. Y si me gusta, inclusive si lo siento extraño a mí, es cuando decido imprimir. Tengo dos libros inéditos más, aparte de “El cansancio de las cosas” que sumé ahora en mi poesía completa editada por Roxana Artal de Evaristo Editorial, y que pronto los voy a publicar. Aunque no aparezca mencionado mucho tengo más de diez libros de poesía; uno de relatos Sofoco y otro por venir de cuentos eróticos dispersos en revistas inhallables más haikus casi porno; dos de memorias, Peregrinaciones profanas e Historia del Under; una novela en La noche más ausente; y una biografía coral, Te lo juro por Batato.
—¿Hay clases de poeta? ¿Vos qué clases serías de poeta?
—Ah, no, hay poeta o no. Pero existe toda una fábula, toda una especie de poesía transgénica. Gente que se cree tal, que organiza esas cosas de ciclos de poesía y dicta talleres. Creo que el taller está bien según quién lo dé y cómo lo dé, pero yo no soy tallerista. Un día Irene Gruss, la maravillosa poeta, me insistió, ¿por qué no haces un taller? Y ahí comprendí que tenía que dar, no enseñar, dar testimonio. Le busqué la vuelta y pensé en Olga Orozco. Porque si yo tuve una maestra, no fue Alejandra. Fue Olga.
—¿Cómo?
—Olga llegó un día al departamento de Alejandra de la calle Montevideo y empezó a beber un vino rico y leer los libros de la biblioteca de Alejandra. Habrá estado dos horas o tres. Y ahí descubrí a Octavio Paz, a Czeslaw Miłosz, a Georg Trakl, a Edgar Bayley, a Raúl Gustavo Aguirre. La Orozco los leía con ese tono grave y quedé tan extasiado porque, de verdad, esa es la transmisión de la poética, por medio del poema. Y entonces entendí que debía hacer lo que hizo Olga, difuminar el ego y transmutarme en médium de otros. Y bueno, elegí diez poetas, alguno de los que nombré, y empecé los unipersonales de poesía. Muchos, muchos, muchos. Desde “Enjambre Apocalíptico” que fue el primero en el 70, 71.
—¿Había algo tuyo?
—Muy poco que ya había publicado en el 68, 69, gracias a la ayuda de mi amiga, la enorme escritora Elvira Orphée. Así llegué a Zona Franca (1964-1984), una revista venezolana dirigida por su pareja poeta Juan Liscano, pope de la mafia literaria internacional luego con Monte Ávila, y donde fue mi primer pago por producción propia, a razón de doscientos dólares por un par de poemas. Desde ahí he colaborado con infinidad de medios gráficos, tanto de poeta y narrador como de periodista cultural, y en los últimos tiempos fue en la revista El Planeta Urbano.
Vuelvo a Enjambre que fue el primer espectáculo mío, una especie de café literario, en el cual invitaba a músicos y a mis amigos cada noche, muchos de la camada de la revista beat Opium, Reynaldo Mariani, Sergio Mulet, Marcelo Fox y un joven Alberto Laiseca. La idea era que todos expresaran, poetas, la gente, los músicos, con una tendencia dentro de lo místico. Arrancó leyendo la primera noche la periodista Luisa Mercedes Livingston y la acompañaban tocando estos nenes: Charly García, mi adorado Alejandro Medina, Claudio Gabis y Billy Bond.
Memoria Calibán.
“Cuando alguien está dispuesto a sumirse en la agonía menor del desánimo, ella ofrece la transmisión de remotos fuegos que entibien el lugar donde pueda nacerle un ala. Y cuando se hace necesario invernar unos momentos, buscar una cueva materna donde acogerse a reparo, ella ofrece una ekphrasis, un fragmento brillante desgajable, una madeja de epifanías sucesivas, liquidámbares a cuyo pie, retrotraído, recuperar fuerzas” piensa a la memoria la uruguaya poeta y ensayista Ida Vitale, una de las tantas poetas que contrabandeó Noy en bares, discotecas, centros culturales y teatros en las tropicalidades de Bahía y San Pablo, y las humedades de Montevideo y Buenos Aires. Por eso, “Eso” de Noy, de “Postales alucinadas” de 2023, ahora reimpreso, “Tu ausencia/es esta sombra/donde en nada/ya estás/aunque todo/te nombra”, un más acá de la imagen recordada, un más allá del texto, que da “el poder de nombrar” al poeta, no por nada el título del primer poemario de Noy en 1985. Aquel editado por el poeta Víctor Redondo para la influyente La Lámpara Errante y financiado por María Luisa Bemberg, la cineasta que posibilitó la incursión en el cine de Fernando, por aquel entonces su asistente y confidente, en Camila (1984) y Yo, la peor de todas (1990).
Con la espina dorsal de la avenida Corrientes y las mañanas del Abasto, un poco Babilonia allá, más otro del Rojas y Ave Porco, viajando a los arcanos porteños de San Telmo y Montserrat en el Parakultural o El Dorado, el poeta recienvenido de jadeo macedoniano no se fatiga del monotemático “Había Una Vez ¿Cómo me voy a cansar del “Había Una Vez”? Son los recuerdos lo más lindo. Si por ellos conocí a Batato, que me asaltó una noche en el Parakultural, con su vozarrón, “¿En serio conociste a Pizarnik? Soy Walter Barea”. Todavía no había quemado la nariz de clown, todavía no era Batato. Desde ese día nunca nos separamos más a pesar de que me hizo discutir una noche con Néstor Perlongher, otro de mis amigos queridos, porque en uno de sus primeros numeritos, así los llamábamos, se le ocurrió rematar los versos de “Cadáveres” con un grito primal, ¡Tractor!, que significaba la muerte impuesta por la peor represión que sufrimos, la dictadura. Perlongher no le entendió así y salió disparado a la calle puteando. Pero cuando Batato me conoce yo ya había pasado tres encarnaciones. Y ahí, en esos tiempos que estoy hablando del pre-Génesis, je, había una revista llamada Mantrana 7000 de la poeta uruguaya Beatriz Eichel. Ese fue el inicio de cómo llega a mi vida Marosa Di Giorgio”, puntualiza Noy, también partícipe necesario de la difusión de la brasileña Adélia Prado en lengua rioplatense.
—Había una vez, ¿cuándo?
—Eichel me publicó tres poemas poco antes de radicarme en Bahía en 1972, donde trabajé en la Fundación Cultural Bahiana con grandes artistas, desde María Bethânia a Mercedes Sosa. Pongamos en 1971 fue cuándo nos reunimos para hacer una fiestita privada, como se hacía antes, que ya no se hacen más, la camaradería poética ya no existe casi, que agarré su revista para leer y lo primero que abro y encuentro es una mujer. Y me vuela la cabeza. Se llamaba Marosa Di Giorgio. No podía creerlo. Le supliqué a Beatrice, así le decíamos, que quería conocerla en un viaje que había salido a Uruguay.
—¿Ella te dijo cómo encontrarla?
—Claro porque sabía que me iba a partir la cabeza. Me comentó que era una diosa que vivía en Montevideo y que había mandado unos poemas del hermoso primer libro compilatorio, Los papeles salvajes (1971) . Y justo yo me iba ese verano a José Ignacio. Y entonces Beatrice pidió que le llevara a Marosa unos ejemplares de la revista. Y yo, por supuesto, ¿dónde? No, no, dirección no hay. Ella está en el Café Sorocabana -en la Ciudad Vieja, recientemente recuperado-, un bar que todos los días llega a la una de la tarde y se va a la medianoche. Y fui nomás, loco de contento.
Tenía el bar un ingreso de cristales, un hall de vidrio, y podías espiar. Y vi a una mujer totalmente maravillosa, con sus anteojitos chinos, así de aumento -abre los manos-, sus pechos muy ajustados por una polera de color turquesa, su florida pollera, sus cabellos al aire, era una imagen impresionante. Me acerqué y pregunté al mozo, ¿la señora Marosa Di Giorgio es esa? Dijo, sí, pero mire que es parte de nuestro inventario.
—Ese café es un pedazo de la cultura de ambas orillas. Allí por ejemplo escribió Mario Benedetti La Tregua, dicen durante cinco meses seguidos, en 1959.
—Eso que me dijo el mozo me causó mucha gracia porque, obvio, Marosa vivía ahí tiempo completo. Tanto era que, mientras yo estaba con Marosa, entró una mujer a saludarla, y esa fue Concepción Silva Bélinzon, la gran sonetista. Después salimos caminando con Di Giorgio por la avenida 18 de Julio y nos encontramos a la genial cuentista Armonía Somers, sentada en un bar. Y es así, el destino se va engarzando. Hay un poema en el que digo que la luz siempre desnuda es la que engarza. Y la luz se va enganchando en sí misma.
En todo está Noy.
Para introducir a este “buscador de la belleza y de sus sombras”, a su “lengua-anémona”, que es inseparables de sus dibrujos, que ilustran la recopilatoria recién publicada, o su dramaturgia, que expande una obra que “nunca separó lenguaje y vida, máscara y verdad, aparición y herida”, se arriesgan a este Mardi Gras poético que juntan a la prostituta y al oficinista, al devoto y al sacrílego, al beso y al mordisco, “Soy mi propio bosquejo/ante cualquier espejo”, Rafael Cippolini, Selva Almada, Dolores Reyes y Beatriz Vignoli. Esta poeta y crítica rosarina, otra de las invocadas en las perfomances poseídas de Noy, que resuena Factor Noy en la poesía nacional dando sus propia significancia social y artística, menciona que, además de los notorios lazos con los poetas post-surrealistas de la revista Poesía Buenos Aires, Edgar Bayley, Raúl Gustavo Aguirre y Enrique Molina entre ellos, “algo en los rasgos de estilo de la poesía de Noy me hace acordar a una poesía que merece más reconocimiento aún como literatura: las letras de Luis Alberto Spinetta. Convite y desafío: estudiar el estado de situación de lo escrito hasta ahora sobre las letras de Spinetta como poesía y ahondar en eso”. Noy, otro iniciado del Alba, montados en un rayo de misticismo laico, para poblar el mundo real de revelaciones, lo otro del mundo en otra lengua, aunque “Es preferible el asco bien narrado/ a la culpa de sobrevivir triunfales. Sin tener cómo/ dónde/ cuándo/ a quién decirlo”. Buenos Aires.
—En varios poemas tuyos, pienso en “Peso plomo” que se pasea “postre envenenado fucsia” del Once a la Casa Rosada, Buenos Aires es puñal y rosal.
—Al Noy del tango, el Noy de avenida Corrientes, más la Noy del carnaval y del Parakultural, trato de no dejarlos de lado, sino de fusionarlos en poesía. Y queda así Lo Noy, lo neutro, que es de todas partes y de ninguna. Porque en un poema sostengo (recita clásico), “Es del sol neutro el camino que nunca has andado. Porque hablo entre las voces y callan los neutros que ya nada dicen”. Ese neutro que una vez escucho a Elena Garro, que es otra pasión la poeta y narradora mexicana, que preguntan, pero ¿y usted qué es? Y ella contesta, yo soy neutra. Ahí me di cuenta que hay muchas cosas en común entre los grandes poetas latinoamericanos. Porque cuando Olga Orozco llega a la casa de Buenos Aires de Alejandra Pizarnik y empieza a leer los poemas, veo que esa es la manera de transmitir. Como un mago, o como un maestro, todo por el lenguaje en acto. El poeta que dice ante nosotros, con el poder de nombrar los objetos sagrados, proviene de una dinastía que fusiona el y la en Lo. Así crea el juego, así crea libertad.
—¿La poesía es libertad para vos?
—La libertad absoluta, es libertad única, que realmente jamás podrán vencer. Yo considero que en estos momentos tan terribles es la poesía que nos permite vivir. Ha habido un creciendo para la poesía y existen muchas reuniones literarias que se llenan. El poeta es el chamán de la actual desgracia de este país, que te hace olvidar de la tuya. Pizarnik me repetía, “yo escribo cuatro cuadernos, distintas cosas, para olvidarme de mi tragedia personal, de la que no te voy a hablar”.
La poesía siento que es como un exorcismo colectivo. Cuando los poetas son tales, permiten olvidar ciertas cosas que nos matan. Por ejemplo, yo llegué a la conclusión que nos dejan vivos de puros asesinos, porque ni precisan cadáveres. Y esa es la tragedia que padecemos hoy.
—¿La misión del poeta en la sociedad?
—No, no hay misiones. La misión del poeta es poder expresar, dí tu palabra y rómpete. Alejandra tenía un humor, lo que nadie cree ni sabe. Ella me decía, dí tu palabra y rómpete el culo. Con las palabras justas, todo el tiempo.
Fernando creció en San Antonio Oeste, Río Negro, al cuidado de padres de sangres criollas e inmigrantes, y amparado por las magia de comadronas patagónicas y abuelas bravas, con ese tercer ojo que tienen las machis mapuches, “en la Macumba en Brasil me aseguraron que yo tenía el don del clarividente, no del vidente. Consulté, ¿qué es esto? El vidente se coloca en una sola posición, y el clarividente no, va caminando y ve las cosas que pasan alrededor, a su gente. Y ese es el poeta. La clarividencia tiene que ver con la poesía pura en estado salvaje diría Claude Levi-Strauss. En ese estado escribo. En este momento desesperante del mundo, en un momento en que la gente se pone histérica y cruel, en que por primera vez no encuentro la solución al drama y la injusticia, la gente necesita de la poesía salvaje, indómita. La poesía tomó la dimensión sagrada de la Verdad”. Poesía a Lo Noy que no mira el fuego secular, tampoco solaza la trayectoria de los sucesos, sino tiene adentro el espíritu canto de las multitudes y es la forma más peligrosa de la inocencia.