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CULTURA / Libro / Reseña
viernes 13 diciembre, 2019

Las partes de Rodrigo Fresán

El escritor Daniel Guebel reflexiona sobre la última obra de Rodrigo Fresán, que cierra el tríptico iniciado en 2014 con "La parte inventada".

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Daniel Guebel


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Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) es escritor y periodista. Foto: Agencia EFE
viernes 13 diciembre, 2019

La idea secreta de la literatura es la ilegibilidad y no la comunicación, el monumento inhabitable, la forma. No el que escribe sino lo que escribe. Al mismo tiempo, hay una pasión que es la ofrenda de esa palabra al encuentro con el otro, con lo ajeno. El libro de  Rodrigo Fresán es una clase de monumento que tiene la condición fluida, la forma oceánica, lo inapresable.

La parte inventada, La parte soñada, La parte recordada. Estos libros de Rodrigo son un verdadero inventario de pasiones no compartidas entre él y yo (no conozco a casi ninguno de los autores que cita, no escucho a Los Beatles y  tampoco sé quiénes y qué son aquellos personajes y obras que menciona o a los que alude suponiendo, él, que el hecho de mencionarlos los convierte en objetos de un interés común). Pero lo misterioso es que sí lo consigue. Fresán logra la no muy común proeza de que uno se pregunte qué mundos se pierde por no conocerlos o no compartirlos con el autor.

¿Cuál es la diferencia entre la logorrea y la invención extrema, insuperable, e insuperable no porque no se pueda hacer algo más luego de eso sino porque no hay más allá desde esa misma obra? Recordando la famosa anécdota de Joyce entrevistándose con Jung para hacerle decir que su hija Lucía era tan genial como él, ¿podríamos parafrasear al psicólogo para decir con él que donde Rodrigo nada otro se ahogaría?  Muy sencillo: porque la diferencia se ve. En el desborde de su obra, Rodrigo está controlado o dominado por el flujo de sus palabras, pero también se nota que su mente domina, discrimina y distribuye, maneja la materia de su relato.

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La escritura (y la lectura) trabajan a favor de una dialéctica entre la comprensión y la incomprensión. El sinsentido, la falta aparente de sentido, o la dificultad de comprender plenamente el sentido total o último de una narración operan a favor del placer de leer un texto, del mismo modo en que una música trabaja el silencio como nota fundamental.

Desde hace años advierto que los mejores ejemplos de la obra de un escritor ilustran lo que podríamos llamar una constante cosmológica: la relación cerebro-universo. Si uno contempla las reproducciones brillantes de una galaxia y las relaciones de las galaxias entre sí, si se va ascendiendo en esa trama hasta llegar a la forma total del Universo, lo que ve es una forma semejante a los sistemas de conexiones de las neuronas entre sí. Eso que se llama sinapsis. En los estudios de los cerebros de los místicos y los monjes se comprobó que es en estado de meditación cuando estas redes conectivas brindan el máximo de brillo. Las neuronas, el tejido que las conecta, resplandecen en una proporción muy superior a la que ofrecen las neuronas de los personas en estado normal. Supongo que un simulacro de esa experiencia lo brindan los estimulantes artificiales, pero no soy un experto en el tema. Lo que quiero decir es que la literatura es el modo de meditación en movimiento de un escritor, el tai chi chuan que desarrolla en el tiempo de la escritura y en el espacio de su pantalla o en su cuaderno. Cuantas más conexiones establece su obra con las obras de otros autores, con la cultura de su época y de otras épocas, con los sistemas que él texto establece entre sus propias palabras, su forma y su asunto, mejor será el escritor. Es mentira que un escritor es un idiota que de golpe consigue un efecto de estilo. Cuantas más zonas se iluminen en su cerebro, más realismo cosmológico tendrán los libros que escriba. Lo que me pregunto es cómo consiguió Rodrigo este enorme sistema de conexiones asociativas monstruosas, cómo hizo para sostener un estado de iluminación irrespetuoso y devastador constante.

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Asistí a la presentación de La parte inventada, hace dos, ¿cuatro años? Me tocó sentarme al lado de una señora seria y muy amable y muy concentrada. En algún momento Rodrigo dijo que sólo podría escribir cinco o seis libros más en el resto de su vida. Yo le comenté entonces a mi vecina de silla que parecía un comentario un poco depresivo. Mi vecina me miró como diciendo: “Callate que estoy escuchando”. Ahora pienso que el comentario de Rodrigo no era depresivo sino sensato: pero que no habría que especular acerca del número de libros que le tocará seguir escribiendo sino esperar que siga haciéndolos, pero también, y esto sí es importante de señalar, que hay que tener, no solo coraje, sino también una energía muy singular, una fuente como un sol inagotable, para seguir escribiendo libros como este, como estos.


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