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CULTURA / Libro / Reseña
martes 26 noviembre, 2019

Clásico de la semana: "La orquesta de cristal", de Enrique Lihn

Un concierto desarrollado en 1900 es el combustible narrativo de esta maravilla de las letras chilenas de todos los tiempos.

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Juan José Becerra


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Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929 - ibídem, 1988) fue poeta, narrador, dibujante y ensayista. Foto: Cedoc Perfil
martes 26 noviembre, 2019

Si resumimos la literatura chilena utilizando dos nombres y un solo adjetivo, hay que decir que Enrique Lihn es el gran escritor y Roberto Bolaño es el escritor grande (y ya que este artículo recién comienza, agreguemos dos nombres más: Pablo Neruda, Papa de la literatura chilena; y Nicanor Parra, su Alí Agca).

La obra más extraordinaria de Lihn es La orquesta de cristal. Es transparente y opaca, barroca y aforística. Por donde se la mire es una novela entonada por una voz que cuenta una comedia de vanguardia. Pero, lo que son las cosas: Wikipedia no deja de llamarla “ensayo”.

Quizás los extensos 64 pies de página del tamaño de la ficción que los precede se presten a la confusión, que no triunfaría si se hiciera el esfuerzo de leer uno de los 3000 únicos y resecos ejemplares (el que lo encuentre verá en él su aspecto de “madera”) que imprimió Sudamericana en 1976 con un fragmento de Orquesta de ópera, de Edgar Degas, en la tapa.

La orquesta de cristal está en el interior del barroquismo florecido de Enrique Lihn, que no puede impedir que la historia se filtre de un modo completo. La mueve el deseo narrativo de un clacisismo descontrolado. Al cabo, la historia se revela por inmersión, como si leyéramos sus claves abajo del agua.

En 1900 se realiza por primera vez un concierto atribuido a un tal Roland de Glatigny, “Amor Absoluto”, a cargo de The Crystal Orchestra. Los instrumentos, de cristal, financiados por un millonario cristalópata, son ruidosos y quebradizos y la misión de la orquesta es tan excentrica que las nociones de éxito y fracaso “vacilan confundiéndose en un abrazo estelar”.

El suceso deja “el recuerdo imborrable de lo que no fue”, y si bien lo salvan algunas crónicas, no se puede decir que sean de fiar. La hay de quien afirma que el asunto del concierto es un hecho de procreación preadámico (entre, digamos, Narciso y su novio el lago), pero la más lihneana es la de aquél que, según el narrador, “tiene al menos el mérito de prescindir por completo del objeto al que se refiere”.

El narrador también cae bajo las fuerzas dispersivas del recuerdo -una variante de la demencia- cuando repite párrafos en los mismos términos en los que los escribió antes. En esos pasajes (que, como los estribillos, se cantan porque se recuerdan o porque se olvida que ya fueron cantados) aparece la neurosis literaria que tiende a decir una misma cosa varias veces, aunque en este caso en la versión monstruosa de lo igual.

La orquesta de cristal es la historia de las interpretaciones, acérrimas y resbaladizas, sobre lo que no sabemos si ocurrió. Es la historia que abunda en todas las conversaciones y se cuenta en todas las novelas. Lihn le de una forma extrema -abierta, rotativa- a un naturalismo por el cual la ficción funciona en el lector como la realidad en los humanos: por impregnación y desconocimiento. La idea de Lihn es que los hechos son ciertos, pero se ignora de qué manera.

Por detrás de La orquesta de cristal pasa la poesía francesa del siglo XIX y la semilla de la Segunda Guerra. Algunos dicen que también pasa la censura pinochetista. Sinceramente, no lo veo; aunque hay que reconocer que el arte de Lihn está lleno de eventos invisibles. 


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