Un día, un amigo de Mr Rober Flechter entró a su casa y le dijo que el cuadro que colgaba de la pared de su living era de un artista muy famoso (y caro). El ex oficial del servicio penitenciario miró nuevamente ese paisaje de desierto y rocas, firmado por Pete Doige y fechado en 1976 y se lanzó a los tribunales para probar que era de Peter Doig (sin e), que justo había vendido una de sus obras en más de 10 millones de dólares.
Junto con Peter Bartlow, art dealer de Chicago, en 2013 comenzaron la “aventura” judicial de reclamar la autoría por medio de una historia desopilante: Fletcher dijo que conoció a Doig (sin e pero cuando firmaba Doige) en la década de 1970, cuando el artista nacido en Inglaterra vivía en Canadá y asistía a la Universidad Lakehead en Ontario. Luego el joven Doig, según Fletcher, fue sentenciado por posesión de LSD y él estaba a cargo del muchacho alucinado, le dictaron la libertad condicional, lo ayudó a conseguir trabajo y le compró la pintura en cuestión por 100 dólares.
Por su parte, el pintor de paisajes entre soñados y reales que vendió su última obra en casi 40 millones de dólares tuvo que probar que nunca estuvo en prisión, mostró su anuario escolar, las cartas de su madre sobre su interpretación en «Romeo y Julieta» en su escuela secundaria de Toronto, cuando se fue a trabajar en unas plataformas petrolíferas en el oeste de Canadá y a esquiar a Utah con sus amigos. En general, los artistas deben probar que son los autores de las obras, en tanto se trate de falsificaciones, pero en este caso fue todo lo contrario.
Finalmente, se supo que la obra fue pintada por Peter Edward Doige, quien murió en 2012. La hermana dijo que él había ido a la Universidad de Lakehead, había estado en prisión, le gustaba pintar y la firma era la suya.