miércoles 28 de septiembre de 2022
CULTURA LITERATURA ZOMBI

Vudú criollo

Engendro de extenso pedigrí literario, el influjo y la influencia del zombi en la literatura argentina ha sido central, sobre todo con una ristra de libros, novelas y antologías de cuentos recientes que ostentan la vigencia del arquetipo latinoamericano. Un vistazo al mundo de los muertos vivos, devoradores incansables de cerebros.

11-09-2022 02:46

El zombi es una criatura latinoamericana. Más allá de esas metáforas perezosas que lo relacionan con la marginalidad y la droga, y del convencimiento general de que los zombis fueron creados por la maquinaría de fantasía hollywoodense––una idea impregnada en el imaginario popular a fuerza de un listado infinito de películas y series norteamericanas–, lo cierto es que este ser de ultratumba es parte del heterogéneo bestiario latinoamericano, algo que no se suele tener en cuenta a la hora de hablar de aquellas ficciones que lo tienen como protagonista. El zombi, tanto en su faceta de mito religioso afrocaribeño como de ente ficcional popular, tienen su origen en Haití, y desde esa isla donde abunda lo “real maravilloso” (Alejo Carpentier dixit) se ha extendido hacia el resto del mundo, convirtiéndose en un subgénero del terror con características propias y un lore que no deja de expandirse. Hablamos del zombi primigenio, el que dio origen a todas sus variantes conocidas en la actualidad: sin el zombi de la religión vudú no existirían los muertos vivos de The walking dead, Resident Evil o Train to Busan. Mucho más allá de tópicos folclóricos sobre magia negra y de clichés supremacistas sobre supersticiones primitivas, el vudú se ha hecho presente a lo largo de la historia de Haití –como protagonista oculto, pero decisivo– y constituye la principal seña de identidad nacional escribe el periodista Vicente Romero en su libro Tierra de zombis. Miseria y vudú en Haití (2019).  ¿Existen los zombis? Romero, basado en sus experiencias personales, cree que sí, aunque también acepta que forman parte de lo real maravilloso. Los muertos vivientes del vudú según su particular mirada “Pertenecen al lado más oscuro de una espiritualidad muy distinta a la nuestra, que desborda los límites de nuestra racionalidad y ha sido históricamente rechazada, perseguida y condenada al silencio”. El fenómeno zombi cuenta con registros que datan de 1880 y desde entonces –se han narrado cientos de historias reales y también fantásticas, pero fue a comienzos de 1980 cuando comenzó a estar en boca de todos gracias a estudios científicos y psicoanalíticos y al interés de algunas empresas multinacionales en los productos utilizados por los bokores brujos vudú– para zombificar a sus víctimas. 

Por el lado de la ficción, la primera obra literaria en incluir la figura de este particular muerto vivo es El zombi del gran Perú (1697), una novela semiautobiográfica del escritor francés Pierre-Corneille de Blessebois que transcurre en una colonia francesa llamada Guadalupe, ubicada a miles de kilómetros de Europa y enclavada en la América Insular. Esta novela, al igual que las primeras películas que abordaron la temática –White zombie (Victor Halperin, 1932) y I Walked with a Zombie (Jacques Tourneur, 1943)–, transcurre en las Antillas y retrata al zombi de la religión vudú, un esclavo sin alma antes que un adicto a los cerebros humanos. Hasta la llegada de George Romero y su película seminal Night of the living dead (1968) con sus muertos vivos –ajenos a la religión, el zombi del vudú haitiano y por lo tanto, latinoamericano– era quien dominaba las artes narrativas. Pero a partir de la ópera prima de Romero todo cambió, y la criatura vudú solitaria e incondicional a su amo quedó relegada tras la llegada del zombi insaciable de carne humana que se mueve en hordas. El muerto vivo pasó de ser el monstruo de una religión excéntrica conocido solo por los iniciados a personaje de la cultura pop fácilmente identificable en cualquier rincón del planeta. En Argentina, nuestro rinconcito del mundo, la producción de literatura zombi es relativamente reciente: en el año 2006 César Aira publicó una de las primeras novelas del subgénero zombi en nuestro país, un relato atípico titulado La cena, en la que el prolífico escritor imagina una invasión de muertos vivos que succionan las endorfinas del cerebro de los ciudadanos de Coronel Pringles, su ciudad natal. En Berazachussetss (2007), novela paródica que transcurre en una imaginaria ciudad del Conurbano Bonaerense donde se desata una revuelta de zombis, Leandro Ávalos Blacha concibió a Trash, una zombi-punk-europea con consciencia social que lidera una guerra contra el orden establecido. Mientras el mundo esperaba con ansias las segunda temporada de ese fenómeno televisivo llamado The walking dead y en España se publicaba el imprescindible ensayo Filosofía zombi de Jorge Fernández Gonzalo, en nuestro país se editó en formato eBook Vienen bajando (2011), la primera antología del cuento zombi argentino, compuesta por relatos de colaboradores de la revista Paco como Hernán Vanoli, Nicolás Mavrakis o Juan Terranova. 2013 quizá sea el año clave para la literatura zombi vernácula: durante el transcurso de estos 12 meses apareció El libro de los muertos vivos –una antología que reúne cuentos de 17 autores argentinos, compilada y prologada por el escritor cubano Ricardo Acevedo Esplugas– pero también se publicaron la nouvelle zombi-peronista (y kirchnerista) Volveré y seré millones de Matías Pailos, el libro Argentina zombi. Historia oculta de la patria de Luciano Saracino, –una reinterpretación en clave zombi de nuestra génesis como país independiente que coloca a los muertos vivos en momentos claves de la historia–, y el delirante cuento de Michel Nieva titulado Sarmiento zombi, incluido en su libro ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? En este relato Nieva pasea al lector por diferentes géneros, estilos y tramas, para terminar en un poema épico y gauchesco que narra la vida del zombi de Sarmiento luego de su violento escape del sótano de una librería de viejo, donde una secta de sarmientinos –con la ayuda de un científico loco– revive el cadáver de El padre del aula, congelado y preservado por masones paraguayos en una cápsula amniótica que simula las condiciones de un embrión. En 2017 Horacio Convertini imaginó la porteña ciudad de Pompeya amurallada y sitiada por“los bichos,–seres a los que evita llamar zombis –aunque sean muertos vivos que se mueven en hordas y comen carne humana en su novela Los que duermen en el polvo–.“Los zombis no existen, sin embargo, allí estaban, caminando por las calles” dice el historiador Ocho Pérez, uno de los protagonistas de la novela Palermo zombi (Miguel Ortemberg, 2019) una de muertos vivos ambientada en plena crisis de 2001. Interzona Pulp, la colección de la editorial Interzona dedicada exclusivamente a la literatura pulp y afines, ha publicado al menos tres novelettes que a su manera se acercan al mito zombi: en Los muertos del Riachuelo (Hernán Domínguez Nimo, 2018), un potente rayo que cae en el riachuelo de la Boca despierta a los muertos que moran en sus oscuras profundidades. Según el periodista que narra los hechos del libro cada año, desde que hay registros, se encuentran al menos media docena de cadáveres flotando en las aguas negras del Riachuelo. Son esos los zombis que protagonizan los distintos relatos que conforman el libro; Trasnoche vudú (Mariano Buscaglia, 2014) es una desaforada nouvelle pulp que incluye cabezas reducidas, motoqueros licántropos, enanos deformes, monstruos mecánicos y zombis negros de ojos lechosos que parecen escapados del clásico de Jacques Tourneur de 1943. En Fractura expuesta (Walter Lezcano, 2015) aunque su autor no escribe ni una sola vez la palabra zombi, la imagen de esta criatura de ultratumba emerge como metáfora en varios fragmentos de esta historia urbana de invasiones extrañas, lucha de clases barrial y violencia vecinal. En un país que surgió de los restos de una Colonia, que tuvo uno de sus primeros actos fundacionales en el rechazo de dos Invasiones inglesas y que se construyó con inmigrantes que vinieron a contrastar con una oligarquía ya bien acomodada, lo raro es que el género zombie no haya surgido en estas pampas escribe Alejandro Soifer en el prólogo de Fractura expuesta. Y es justamente la pampa el escenario del tercer acto de El viento de la pampa los vio (2021) novela zombi-gauchesca de Juan Ignacio Pisano que comienza con unas vacaciones en la playa y termina en una road novel–que lleva a los protagonistas,–una pareja con problemas conyugales y una hija pequeña –al campo, donde se encuentran con escenas espeluznantes como zombis-gauchos montando y devorando caballos, patrones de estancia con hordas de peones-zombis esclavos y polistas jugando sus cabezas. “Quería escribir una novela realista, de tedio en unas vacaciones con un matrimonio medio quebrado, pero me daba cuenta que no iba para ningún lado esa historia. En ese momento estaba muy pegado a The walking dead y había leído algunas cosas como Guerra Mundial Z de Brooks, que  me pareció un novelón. Fue cuando me dije ‘¿Por qué no?’. Y ahí, en medio del tedio de las vacaciones, puse el apocalipsis zombi. Quería que fuera una ficción de zombis que se entendiera dentro de una tradición nacional de producir ficciones, de ahí los cruces con el siglo XIX que tiene la novela, principalmente con la gauchesca.” Hacia la pampa también se fuga el zombi de Sarmiento en el delirante y original relato de Michel Nieva (Sarmiento zombi) matizado con altas dosis de humor negro. Roberto Garriz es otro escritor que entiende que la comedia y el sugbénero zombi puede llevarse más que bien: Todo lo que hay que saber acerca de los zombis, su divertido libro de 2022, es una especie de spin-off de otro del mismo autor: Gardel contra los zombis (2017). Garriz cuenta que durante las presentaciones de este libro entendió que la amenaza zombi era real, y que por lo tanto era imprescindible escribir el manual Todo lo que hay que saber sobre los zombis con la intención de poner a disposición de los lectores toda la información disponible sobre estas criaturas: características, formas de contagio, maneras de combatirlos y un apartado final con preguntas frecuentes como: ¿Envejecen los zombis? ¿Tienen sexualidad plena? “La literatura está llena de ejemplos donde la inclusión de elementos disonantes provoca efectos que pueden ir desde causar terror a resultar hilarantes. Son diferentes los fantasmas de Henry James o los de Lovecraft a los de Oscar Wilde. En esa línea, la inclusión de zombis ocupa ese lugar de lo extraordinario que viene a hacer crujir la realidad. Con la diferencia de que los fantasmas no existen, claro. En cambio zombis, hay”, cuenta Garriz. Juan Pisano, por su parte, manifiesta que ve al zombi “como un significante flotante, un significante que no está vinculado a ninguna forma específica de significado, sino que es una potencia que puede actualizarse de modos diversos y nunca dados de antemano: puede servir para el terror, para el humor, para la reflexión sobre las consecuencias del uso de la tecnología (ya sea médica o bélica) por parte de lo humano, etc. Al situarse en un límite de lo humano, al no ser ni vivo ni muerto, arrastra una desestabilización de lo pensable y, en ese sentido, funciona también como un laboratorio para poner en juego a personajes en situaciones diversas.” 

El humano zombificado de la religión afrocaribeña aparece cada tanto y de forma espontanea en la literatura de género argentina. Alberto Laiseca –un adelantado, siempre– ha experimentado con la zombificación vudú en algunos de sus relatos de realismo delirante como Perdón por ser médico (En sueños he llorado, 2001) o la novela Sí, soy mala poeta pero (2006); La protagonista del cuento La lengua secreta del mundo (El banquete de Tántalo, 2022) de Pablo Martínez Burkett utiliza las artes oscuras del vudú para revivir a su padre en un ritual de magia negra; incluso Leonardo Oyola se animó a reversionar la idea del mito del muerto vivo de la religión, permutando el vudú por una especie de cristianismo sincrético en Ultratumba (2020), una novela que narra la relación entre una presa y una guardiacárcel en pleno despertar zombi dentro de una cárcel de mujeres. En la novela de Oyola las muertas reviven gracias a un clavo en la frente y las letanías místicas de una interna devota: “Leí bastantes relatos de zombis antes de encarar Ultratumba, pero creo que fue fundamental haber leído cuando era borrego la novela La serpiente y el arcoíris de Wade Davis. Fue encontrarme con un zombi diferente, el tipo de zombi que yo también quise evocar para Ultratumba: el tradicional, el que viene de lo religioso, y no ese del que no sabemos nada, el que suponemos que viene de un experimento militar o nuclear. Para mí era importante recuperar ese tipo de zombi y sumarle la religión.” Oyola confiesa que lo que realmente le interesa del subgénero es el aspecto social: el germen de Ultratumba –que en un principio se iba a llamar Romero en homenaje al padre del zombi moderno–, tiene como base una historia real de dos amantes, un oficial de la Bonaerense y un dealer paraguayo a los que una noche les cae un grupo de chicos adictos al paco para reventarles el búnker. “En ese ataque de los chicos yo veía que había una situación de videojuego, pero también medio zombi. Esa idea mutó cuando empecé a ir a talleres rejas adentro y a unidades femeninas” cuenta el escritor, y cierra: “El zombi lo que aporta es un detonante. Con el zombi no negociás, es una fuerza inaudita de la naturaleza y lo que genera es sacar lo peor y lo mejor del ser humano a la hora de intentar sobrevivir.” Y eso es justamente lo que transmite la novela El sepulturero (2017) de Guillermo Bawden –quien en 2012 ya había escrito junto a Cezary Novek un libro de muertosvivos titulado Letra muerta–, una historia violenta, de venganza y supervivencia en medio de un apocalipsis zombi en la ciudad de Córdoba, donde el peligro anida tanto en los muertos que caminan como entre los humanos.

En el fondo, todas las historias de zombis tienen un trasfondo político y social, y siempre son una excusa para hablar de algo más profundo, para analizar al invasor, al extranjero, al distinto, al otro. Porque, parafraseando a Jorge Fernández Gonzalo, el zombi no es otra cosa que un autómata renacido, y su mitología la de una pérdida de identidad, la del desequilibrio, como apuntábamos, entre la otredad y la mismidad.

 

La plaga política

Sandra Gasparini*

La figura del zombi es en la narrativa argentina reciente uno de los modos más impactantes de representación de la violencia estatal y se enmarca en una compleja red de títulos que abarcan numerosos autores y autoras latinoamericanos. El zombi posterior al film de Romero, La noche de los muertos vivientes (1968), con sus escenarios sociales anómicos, deambula sin rumbo para hablar de los miedos que guarda una sociedad al presente. En esta narrativa se elaboran distintas posibilidades: algunas, más cercanas al zombi original, víctima de una práctica ritual de zombificación vudú; otras, a la figura del infectado, reescritura de sucesivas versiones nacidas del film de Romero, libre adaptación cinematográfica de Soy leyenda (1954), de Richard Matheson. La figura del zombi remite, por un lado, a la dominación y al control estatal, pero también al derrame de un factor disruptivo que provoca un cambio definitivo en el tejido social, que transforma la vida protegida en desechable. La plaga zombi es, en la literatura contemporánea argentina, eminentemente política, ante todo por su discusión con las decisiones biopolíticas negativas de un referente histórico (caracterizado por la exclusión social, el ecocidio, la represión y persecución política, la alienación) al que, ironía más o menos, está interpelando. En algunas novelas como Berazachussetts (2007), de Ávalos Blacha, que inau­gura la parodia del género, a la vez que su instalación en la novela del siglo XXI al ser consagrada por un concurso literario prestigioso, se plantea un escenario postapocalíptico construido con retazos del Conur­bano Bonaerense, de la literatura pulp y el cine clase B en el que los zombis llevan la bandera del cambio y la revolución (los monstruos son los humanos). Siguen esa línea los “zombis peronistas” de Volveré y seré millones de Matías Pailos (2013) y Ni yanquis ni marxistas: zombis peronistas, de Sebastián Pandolfelli (2013), en tanto materialización de la metáfora del muerto vivo, de lo enterrado en el pasado que emerge o en la veta de la interpretación literal y su lectura político-humorística: para vivir, los humanos niegan un pasado siniestro que regresa para interpelarlos. El Riachuelo es la metáfora privilegiada de esa opacidad que pugna por resquebrajarse, como ocurre en Los muertos del Riachuelo (Domínguez Nimo, 2018) y en Los que duermen en el polvo (Convertini, 2017), donde los “bichos” deshumanizados no devienen propiamente enemigos acérrimos de los vivos porque se parecen bastante a los “normales”. En cambio, en El viento de la pampa los vio (Pisano, 2021) la joven familia que protagoniza la novela contrasta claramente con las macabras figuras apocalípticas de un mundo que se desmorona. Muchas de estas narraciones plantean que la corrupción que genera el nuevo orden es más monstruosa que la“peste misma.

*Publicó los libros Espectros de la ciencia. Fantasías científicas de la Argentina del siglo XIX (2012), Las horas nocturnas. Diez lecturas sobre terror, fantástico y ciencia (2020) y Las Flores (2022), entre otros. Es doctora en el área de Literatura, docente en la carrera de Letras de la UBA y en la carrera de Artes de la Escritura en la UNA.

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