Como un reloj con un hilo de fuerza en la pila, las góndolas amarillas cada tanto ensayan un le movimiento, pero es solo cuando se le antoja al viento. Incluso pueden llegar a tener un ocupante encima, porque desde que se flexibilizaron las prevenciones por la radiación el parque de diversiones de Pripyat, la ciudad ucraniana soviética donde vivían los trabajadores de la central de Chernobyl, está habilitado para las visitas organizadas.
Imágenes que se ven en las redes sociales muestran que algunos turistas se atreven a subirse a las góndolas para tener la foto. Y es eso, ya está, a otra cosa, porque nadie apretará un botón. Ni la vuelta al mundo, ni los otros juegos mecánicos de este "mini Italpark" abandonado jamás arrancarán. Nunca pasarán de atractivo turístico para pasajeros en trance envueltos por el morbo, o en búsqueda de alguna experiencia válida de la angustia.
Las escenas del parque abandonado son más sobrecogedoras que otras en la ciudad porque golpean con la idea de la felicidad que no fue. El presente será su alcance final. Bastante para los pronóstico iniciales sobre un sitio que, advertían, no se iba a poder pisar por miles de años.
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El parque de diversiones de Pripyat, a tres kilómetros de la central nuclear, se convirtió con el paso del tiempo en una de las postales más representativas del desastre, ocurrido el 26 de abril de 1986. La imagen de la rueda con los hierros oxidadados pero con un perdurable amarillo en las góndolas, patentiza el impacto humano de la evacuación masiva que siguió a la explosión del reactor 4.

El predio había sido concebido como un espacio recreativo para los habitantes de la ciudad, con la inauguración prevista para el 1 de mayo de 1986. Es decir, cinco días después de la explosión y en coincidencia con el Día Internacional del Trabajador, una de las principales celebraciones de la entonces Unión Soviética. Pero no hubo fiesta: la explosión en la planta nuclear alteró esos planes. Y todo lo demás también.
Hay distintas versiones que dicen que el parque llegó a funcionar al menos unas horas porque las autoridades, ante las circunstancias, decidieron adelantar la apertura al 27 de abril, un día después del accidente. Ya se estaban ejecutando las primeras medidas evacuación, pero la escala del desastre era difícil de dimensionar. Entonces, según testimonios, el parque funcionó durante esa jornada como parte de una estrategia para contener la inquietud social.

El parque tenía cuatro atracciones principales: la vuelta al mundo, los autos chocadores, un carrusel y un barco que se balanceaba. La rueda nunca giró, los autos quedaron dispersos en la pista, arruinados pero cero kilómetro; la calesita no dio vueltas, el barco no penduló.
La evacuación de Pripyat fue presentada en un primer momento como temporaria, pero sus habitantes nunca volvieron. En los meses posteriores, el área fue blanco de saqueos: iintrusos robaron butacas de cine y distintos objetos de valor. Con el paso de las décadas, la vegetación avanzó sobre los espacios urbanos y el parque quedó integrado al paisaje de una ciudad deshabitada.
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Los niños y niñas que no llegaron a usar los juegos al menos tienen quiénes intentan reparar la pérdida. Visitantes y fotógrafos suelen dejar peluches y juguetes, tal vez como un recurso para no pasar por desalmados.
La rueda tal vez es la imagen más icónica porque emerge por encima de los árboles y contrasta con el amarillo con la ciudad de monoblocks entre blancos y grises. Es la "estrella" de las imágenes aéreas.

Los niveles de radiación en el parque varían según el sector. Despues del accidente, los llamados “liquidadores” realizaron tareas de limpieza y el predio fue usado como área de aterrizaje para helicópteros.
En algunas superficies asfaltadas, los valores son relativamente bajos. En otros puntos se registran niveles que pueden alcanzar hasta 25 microsieverts por hora, considerados peligrosos para la exposición humana prolongada.
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Pripyat no nació por azar ni por la deriva urbana. Fue una decisión política, planificada desde arriba. El 4 de febrero de 1970, en pleno apogeo del proyecto soviético, la ciudad ucraniana empezó a levantarse con un objetivo concreto: alojar a los trabajadores de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin de Chernobyl y a sus familias. No era un asentamiento improvisado, sino una pieza más dentro de una arquitectura mayor, diseñada bajo la lógica del Partido Comunista de la Unión Soviética, durante los años de Leonid Brézhnev en el poder.

La ubicación no fue casual. Suelos fértiles, clima relativamente benigno, conexión ferroviaria, acceso por autopista y la cercanía del río Pripyat, que le dio el nombra. Condiciones que, en la narrativa oficial, garantizaban desarrollo y bienestar. En poco más de una década y media, esa promesa pareció cumplirse. La población superó los 40 mil habitantes y la ciudad se consolidó como uno de los enclaves más modernos del urbanismo soviético tardío.
El promedio de edad de los habitantes era de 30 años. Las parejas con niños chiquitos formaban parte del paisaje hegemónico. Pripyat era, en esencia, una vidriera; bulevares amplios, bloques residenciales funcionales, infraestructura pública -escuelas, piscina, cine- y el famoso parque de diversiones que nunca llegaría a cumplir con su propósito. Todo estaba orientado a construir una imagen: la del progreso ordenado, la del futuro bajo control. Una ciudad joven, con salarios por encima de la media y una vida cotidiana atravesada por una idea de estabilidad.

Ese equilibrio voló literalmente por los aires en abril de 1986 con la explosión del reactor número 4 de la central nuclear. La evacuación, que se hizo en poco más de tres horas con un enorme despliegue de micros y barcos, llegó tarde, 36 horas después. Y mal: les prometieron a los ahabitantes promesa de que sería temporal.
No lo fue. Cerca de 49 mil personas dejaron sus casas con lo puesto y no volvieron. Unas 20 resistieron el desalojo. Días después todas fueron halladas muertas.
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Desde entonces, la ciudad quedó suspendida en el tiempo. Dentro de la llamada Zona de Exclusión de Chernobyl, Pripyat se transformó en una postal incómoda y a la vez magnética, con sus edificios vacíos, estructuras corroídas y un silencio que no es natural sino la consecuencia de un desastre. El gris domina por abandono.
El vacío humano no implicó ausencia de vida. Con el correr de los años, el territorio se reconfiguró como un ecosistema inesperado. Perros salvajes -descendientes de los abandonados en la evacuación, para que no se llevaron la radiación en el pelaje-, lobos, jabalíes y especies de mayor porte comenzaron a ocupar el espacio. La naturaleza avanzó y, en muchos casos, con niveles de adaptación que contradicen la imagen de devastación total.
LT