El 1 de diciembre de 1994, el Estadio Nacional de Tokio fue testigo de una de las mayores sorpresas en la historia de la Copa Intercontinental. Vélez Sarsfield, que llegaba como campeón de la Copa Libertadores, se enfrentaba al poderoso AC Milan, el monarca de la Champions League europea.
Aquel equipo italiano, dirigido por Fabio Capello, ostentaba una nómina estelar con figuras de la talla de Franco Baresi, Paolo Maldini y Marcel Desailly. Tras haber goleado 4-0 al Barcelona de Cruyff en la final europea, el conjunto rossonero era el favorito indiscutido en las apuestas previas.
4-0 y ni un poco de piedad: con un golazo de Julián Álvarez, Atlético Madrid aplastó al Barcelona
Carlos Bianchi, el técnico que transformó la mentalidad del club de Liniers, diseñó una estrategia basada en el orden defensivo y la presión asfixiante. El "Virrey" confiaba plenamente en un plantel que combinaba la experiencia de Roberto Trotta y la solidez de José Luis Chilavert bajo los tres palos.
Durante el primer tiempo, el Milan intentó imponer su jerarquía técnica, pero se encontró con un bloque argentino compacto. Christian Panucci y Dejan Savicevic buscaron desequilibrar por las bandas, aunque la férrea marca de Raúl Cardozo y Víctor Sotomayor neutralizó cada intento ofensivo italiano.
La disciplina táctica de Vélez fue el pilar fundamental para sostener el cero durante los primeros cuarenta y cinco minutos. José Basualdo y Marcelo Gómez dominaron el centro del campo, cortando los circuitos de juego que intentaba establecer el croata Zvonimir Boban en la zona de creación.
La hazaña del Fortín en la Copa Intercontinental de Japón
Al inicio del complemento, una jugada clave cambió el rumbo del encuentro. Alessandro Costacurta cometió una falta dentro del área sobre el delantero Omar Asad. El árbitro Ali Bujsaim no dudó en señalar el punto penal, otorgando a los argentinos una oportunidad dorada para abrir el marcador.

Roberto Trotta asumió la responsabilidad y ejecutó el disparo con un remate potente y al centro, que venció la resistencia del arquero Sebastiano Rossi. A los 50 minutos, Vélez Sarsfield se ponía en ventaja y obligaba al gigante europeo a salir de su esquema conservador para buscar el empate.
El segundo impacto llegó apenas siete minutos después, producto de un error defensivo italiano. Una entrega corta de Costacurta hacia Rossi fue interceptada por Omar Asad. El "Turco", desde un ángulo muy cerrado, definió con una media vuelta precisa que sentenció el 2-0 definitivo en Tokio.
"Sabíamos que eran los mejores del mundo, pero nosotros teníamos un hambre de gloria que ellos no podían igualar en ese momento", declaró años más tarde Omar Asad en una entrevista para la revista El Gráfico, recordando la intensidad con la que el equipo encaró aquella final histórica.
Finalissima 2026: ¿Quién ganará el duelo entre Argentina y España según la Inteligencia Artificial?
El Milan intentó reaccionar mediante los ingresos de Marco Simone y Paolo Di Canio, pero el esquema de Bianchi se mantuvo imperturbable. Chilavert transmitía seguridad absoluta en cada centro, mientras que la zaga central despejaba cualquier balón que rondara el área del conjunto de Liniers.
La desesperación comenzó a apoderarse de los jugadores italianos, reflejada en la expulsión de Costacurta cerca del final del partido. Vélez manejó los tiempos con inteligencia, utilizando la posesión del balón para desgastar a un rival que no encontraba respuestas ante la solidez colectiva.
El pitazo final consagró a Vélez Sarsfield como campeón del mundo, alcanzando la cima del fútbol internacional por primera vez en su historia. La delegación argentina celebró en tierras niponas un logro que posicionó a la institución de Liniers en el mapa de los grandes clubes globales.

Este hito representó la consolidación del ciclo de Carlos Bianchi, quien ya había obtenido el Clausura 1993 y la Libertadores 1994. El entrenador demostró que un equipo con presupuesto acotado, pero con una organización táctica impecable, podía derrotar a las potencias del fútbol europeo.
En su libro Vélez, el club, el historiador Osvaldo Rao destaca que esta victoria no fue fruto del azar, sino de un proceso institucional serio. La formación de jugadores propios y la elección de un cuerpo técnico con identidad fueron las claves para alcanzar el trofeo más preciado.
La prensa internacional calificó el triunfo como una lección de humildad y estrategia. El diario italiano La Gazzetta dello Sport reconoció en sus crónicas de la época la superioridad de un Vélez que no se amilanó ante los nombres rutilantes de una de las plantillas más caras del mundo.
Franco Colapinto dio detalles sobre el problema técnico que sufrió en los test de Bahréin
El regreso del plantel a Buenos Aires fue una fiesta multitudinaria que unió a los barrios de Liniers, Villa Luro y alrededores. Los héroes de Tokio fueron recibidos como leyendas, marcando un antes y un después en la trayectoria de una entidad que nació pequeña y se hizo gigante en Japón.
A tres décadas de aquel suceso, la victoria ante el Milan sigue siendo el máximo orgullo de la parcialidad velezana. Aquel 1 de diciembre de 1994 quedó grabado como la jornada en la que el orden y la convicción de un equipo argentino superaron toda lógica y jerarquía individual europea.