Aún con el poder de unas billeteras completamente fuera de rango para lo que es la economía general de los clubes del Fútbol Argentino, la realidad futbolística confirma permanentemente dos cosas cuando uno observa la actualidad de River y de Boca.
La primera, que las alegrías más importantes van de la mano de celebrar la desgracia ajena muy por encima de despertar una alegría a partir de las virtudes propias. La segunda, que tienen demasiados puntos en común, más allá de que el ciclo de Arruabarrena es incipiente y recién está dando los primeros pasos, mientras que el de Coudet ya lleva algunos meses y también algunos nubarrones que pueden presagiar una tormenta inminente.

En el caso del conjunto Millonario, aun habiendo llegado a la final del campeonato pasado contra Belgrano, River nunca encontró un estilo de juego. Coudet confiaba en que los refuerzos que podían llegar para este mercado de pases le iban a dar una fisonomía bastante cercana a lo que él pretende, al perfil que marcaron la historia de sus equipos, su Racing campeón, su Rosario Central dos veces finalista de Copa Argentina.
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El sello Coudet se formó con equipos intensos, dinámicos, pero también agresivos y con mucha riqueza ofensiva. Este River, y aquel del primer tramo del semestre inicial, ha tenido poco y nada de todo eso. En la primera parte del año obtuvo resultados, más puntos que juego, mientras que este arranque de semestre todo es verdaderamente desilusionante.

Los refuerzos no se adaptaron. La salida de Juanfer Quintero, conflictiva por donde se la mire, y el apartamiento de casi una quincena de futbolistas a partir de una decisión política, tema que el técnico habitualmente esquiva a la hora de dar una respuesta categórica en conferencias de prensa, han generado, además de los resultados, un caldo de cultivo que no permite suponer cuánto tiempo más Coudet va a poder seguir resistiendo. Mientras, él mismo reconoce que nunca en su trabajo como entrenador le ha costado tanto encontrar la fisonomía de un equipo como le pasa con este conjunto Millonario.
No es que River haya perdido tantos partidos, pero fue derrotado en duelos muy sensibles. O porque fueron en el Monumental, clásico ante Boca incluido, o porque hubo una eliminación papelonesca contra Aldosivi en la Copa Argentina, o porque se perdió la final del torneo contra Belgrano de Córdoba.

En Boca inició un ciclo nuevo, el segundo en su tiempo como entrenador, del Vasco Rodolfo Arruabarrena. En su momento, lo suyo había sido muy bueno, pero su barco quedó escorado a partir de las dos eliminaciones con River en la Sudamericana del 2014 y en la Libertadores del 2015, en el famoso partido de la Bombonera del gas pimienta.
En este retorno, Boca parece tener un buen plantel, con algunas individualidades muy interesantes, con una riqueza en cuanto a cantidad y calidad como probablemente hoy no tenga ningún otro del fútbol doméstico. Sin embargo, la clasificación angustiosa, que generó mucha más sensación de alivio que de alegría en la Sudamericana contra O'Higgins, encendió algunas señales de alarma. Y la derrota contra Deportivo Riestra, categórica por el torneo local, también mostró que esa supuesta profundidad que el técnico creía tener en el plantel deberá confirmarse en las próximas oportunidades en las que tenga que apelar a algunos apellidos que habitualmente no forman parte del conjunto del once inicial.
Por lo tanto, River y Boca atraviesan un tiempo cuanto menos complejo. En el caso de River y de Coudet, con un futuro verdaderamente muy complicado, en el de Boca con el Vasco Arruabarrena, con mucho trabajo por delante.
Queda claro una vez más que billetera mata galán, pero, en el Fútbol Argentino, no compra resultados.
*El texto de la nota es una desgrabación del editorial de Román Iucht en Cueste lo que Cueste
NZ