DOMINGO
LIBRO

El año que nadie esperó

Cómo nació la sorpresiva fórmula Fernández-Fernández.

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Imágen. El festejo de la victoria arrolladora que sorprendió a propios y ajenos. | marcelo escayola

Alberto Fernández hizo catarsis.

—¿Vos creés que yo soy un hombre de Clarín? –dijo en voz alta.

Cristina Kirchner guardó un silencio prudencial.

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—Te lo planteo en serio. ¿Vos creés que yo soy Clarín? –insistió su ex jefe de Gabinete.

—Pero ¿estás loco?… ¡Yo nunca dije eso! –se atajó. 

Ese diciembre de 2017, el Instituto Patria era un polvorín. Una mínima llama, por más diminuta que fuese, podía hacer estallar todo en mil pedazos. Y Alberto comenzaba a encenderse. Se estaban viendo la cara después de casi diez años. Era el reencuentro de dos temperamentales cuya relación se había quebrado en 2008 por el conflicto con el campo. El decidió pegar el portazo después del voto “no positivo” de Julio Cobos. Ella, inclemente, se empacó y nunca más le atendió el teléfono.

Los buenos oficios de Juan Cabandié, conocido anfitrión de varios de los “asados de unidad” para juntar al peronismo en su casa de Caballito, resultaron claves para que los dos viejos compañeros de ruta derritieran el témpano que los separaba.

Alberto puso una condición para ir al Patria: que no hubiera periodistas. No quería hacer un show televisivo de una reunión con desenlace incierto. Conocía las ínfulas de Cristina pero dudaba de él mismo: no sabía si su grado de tolerancia había mejorado después de aquel portazo de una década atrás. Dejó el auto a tres cuadras y se levantó el cuello del piloto al estilo Humphrey Bogart. No solo porque llovía sino porque a unos pocos metros, en el Congreso, se debatía la reforma previsional. Y no quería que la gente movilizada lo reconociera. 

Llegó silbando bajito, inseguro, enroscado. ¿Con cuál Cristina se encontraría? ¿Con la soberbia o la comprensiva? ¿Con la altanera o la que habla de igual a igual? ¿Con la desconfiada o la permeable? ¿Con la jefa o la vieja amiga? Para su sorpresa, el recibimiento fue extremadamente amable, distendido, casi lo opuesto a lo que le habían transmitido los empleados que cruzó hasta llegar al primer piso. Ella le preguntó por su hijo, Estanislao. Y después sacó una tablet para mostrarle, embobada, fotos de sus nietos. La escena era la de la abuela Cristina en una reunión familiar. Pero había corrido mucha agua bajo el puente y Alberto temió que el encuentro se transformara en un canto a la hipocresía.

—Mirá, tenemos que hablar de algunas cosas, de frente; si no, no tiene sentido que yo esté acá –cortó con tanta dulzura.

—¿A qué te referís, Alberto? –se sorprendió.

—Quiero hablar para entender el sentido del encuentro. Vale la pena que nos digamos las cosas como son, porque a mí me dolió todo lo que pasó. Me pone contento hablar con vos pero me preocupa lo que pasó. No me quiero hacer el distraído como si no hubiera pasado nada.

El clima comenzó a enrarecerse. Ella le dio un sorbo al té de dulce de leche y lo animó.

—Bueno, dale, decime.

El, que ya había terminado su café, empezó con toda la perorata de Clarín. A la segunda vez que Cristina negó haberlo asociado con el grupo mediático, Alberto decidió ir a fondo. 

—Si vos no fuiste, vos dejaste que dijeran que yo soy Clarín –replicó, irascible.

—¡No es así, Alberto! ¡¿De dónde sacaste eso?! –se enojó ella.

La conversación se tornó áspera. El pase de facturas mutuo fue inevitable.

—Vos dejaste decir.

—¿Por qué afirmás esto?

—Pero, escuchame, hasta en el libro de Sandra Russo dejás decir eso.

—Bueno, eso lo dice Sandra Russo –se escudó ella.

El tema lo tenía a maltraer a Fernández desde 2011. Ese año publicó una carta abierta en el diario La Nación para acusar a Cristina de fabuladora. En el libro biográfico La presidenta, escrito rigurosamente por Russo, hay textuales de la ex mandataria que sugieren que Alberto era vocero de Clarín. Uno de esos textuales es el siguiente. 

“Me estaban subestimando. Yo ya había empezado las reuniones con la Coalición por una Radiodifusión Democrática, el colectivo que durante años elaboró los 21 puntos originales del proyecto de la Ley de Medios. Alberto Fernández me preguntaba: ‘Qué vas a hacer con eso?’. ‘Nada’, le decía yo. ‘Me interesa’. ‘Mirá que a Clarín eso no le interesa’, me decía, y yo le contestaba: ‘No lo hago por si le interesa o no le interesa a Clarín’. Varias veces cruzamos ese diálogo. Era tenso”.

Cristina no quiso tirar más de la cuerda. Apeló al borrón y cuenta nueva.

—Mirá, te lo digo en la cara: yo no creo que vos seas operador de Clarín.

—OK, lo importante es qué creés vos. Y yo quiero saber qué creés vos. Si vos nunca creíste eso, yo te digo que me hiciste un daño enorme, porque acusar a alguien que hace política de ser parte de una corporación es muy dañino –reflexionó Alberto, evidentemente con la espina aún atravesada.

—Te lo repito: yo no creo eso. Si yo creyera eso no estarías hablando acá conmigo –cerró el tema Cristina.

El ex jefe de Gabinete aprovechó la inercia para exhumar otras diferencias. Y le reprochó “el ataque” al que fue sometido en 2012 por oponerse a la estatización de YPF. Ese año, en 6,7,8 lo presentaron como el “lobista de Repsol que recorre todos los programas del Grupo Clarín para defender a la corporación petrolera”.

—Y ya que estamos, Cristina, te quiero aclarar que tampoco soy un lobista de Repsol, como dijeron.

El ciclo insignia del kirchnerismo, que se transmitía en la TV Pública, se hizo eco del artículo de Tiempo Argentino que reveló que Fernández, por 25 mil pesos mensuales más IVA, proveía a la empresa española un servicio de consultoría externa, consistente en reportes sobre la actividad parlamentaria argentina.

Alberto, quien venía cuestionando la “política confiscatoria” del gobierno, terminó admitiendo en el programa de Jorge Lanata la existencia de un vínculo contractual con Repsol, aunque se esmeró en explicar que su raid mediático era a título personal y no como enviado de la multinacional.

—Ya lo expliqué en su momento, pero siguieron pegando con eso –le recordó a Cristina, casi al cierre del encuentro.

—¿Otra vez, Alberto? Yo nunca te acusé de nada. 

—Sí, eso también lo dijeron porque critiqué la forma en la que estatizaron Repsol.

—¿Dónde dije eso que decís?

—Cristina, lo dijeron todos tus adláteres. Y un día fue tapa de Tiempo Argentino. Y descarto que eso eras vos y tu gente.

—No me cargues a mí eso, aunque nunca me gustó la posición que tomaste vos con YPF. No me gustó nada de nada. 

Alberto no esperaba otra respuesta. Pero cumplió con su objetivo: sacarse esa mochila de plomo que cargaba desde hacía años.

Quedó flotando una sensación extraña en el ambiente, como la que experimentan los pasajeros de un avión después de una turbulencia. No pudieron volver a las sonrisas ni a la amabilidad del comienzo. Ella le contó que iba a pasar fin de año en El Calafate y que a su regreso volvería a tomar contacto. El, que venía de un fracaso electoral como jefe de campaña de Florencio Randazzo, le dijo que esperaría su llamado. Con el correr de los días, los dos se convencieron de que habían saldado las cuentas del pasado. Y en el alba de 2018 acordaron otra cita, nuevamente en el Instituto Patria. En ese nuevo cara a cara, ambos agradecieron a Mauricio Macri por haber logrado en un par de años lo que ni Máximo Kirchner pudo en una década: volver a sentarlos, confidentes, como en aquellas trasnochadas de la Quinta de Olivos o la Casa Rosada.

También entendieron que, así como estaba el PJ, atomizado y sin conducción, no tendría otro futuro que el fracaso. Y con la zanahoria de arrebatarle la presidencia a Cambiemos, acordaron un plan cuyo primer e indefectible paso era trabajar por la unidad del partido.

—Yo me pongo a trabajar. Vos tenés que hacer tu parte –se despidió Alberto.

—¿Qué me estás proponiendo?

—Mirá, vos tenés un techo. Y el techo está dado porque hay muchas cosas que se dicen de vos sobre las que nunca diste respuesta. Y el que calla otorga.

—¿Vos querés que dé una entrevista?

—Yo conozco todas tus causas. Y creo que deberías escribir un libro en primera persona y dar respuesta a todas estas cosas que dicen de vos.

—¿Un libro?

—Sí, un libro. Después la seguimos y te cuento. 

(...) 

El celular le advirtió de dos mensajes de Telegram. Alberto Fernández no le prestó atención porque estaba dando clases de Teoría General del Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Pero al tercer mensaje se inquietó. Relojeó la pantalla y era Cristina. Su zozobra fue entonces mayor. Igualmente, prefirió no revelar nada a sus alumnos. Y procuró que su semblante lo acompañara en esa decisión.

Ese 15 de mayo de 2019 había amanecido con una temperatura de 12 grados y treparía a más de 20 a la hora del almuerzo, que el profesor Fernández ya tenía reservado con sus amigos de “La banda del Módena”. Le había puesto ese nombre por el restaurante donde se juntaban originalmente, pero en esta oportunidad la cita era en Novecento, en la avenida Figueroa Alcorta, precisamente enfrente de la Facultad de Derecho.

—Necesito verte. ¿Qué estás haciendo? –decía el escueto mensaje de Cristina.

—Estoy dando clases –le contestó Alberto.

—¿A qué hora terminás? –insistió ella. 

—Terminó a la una.

—Cuando termines venite a verme –ordenó.

—Pero tengo un almuerzo. ¿Es urgente? ¿Pasó algo? –preguntó él.

—Es urgente, pero puede esperar hasta después del almuerzo. ¿A qué hora terminás?

—A las tres.

—Venite después del almuerzo –agrandó el misterio. Solo le aclaró que la cita era en la casa de su hija, Florencia.

Alberto pensó que la ansiedad de la ex presidenta tenía que ver con la “causa Vialidad”. Por esos días, la Corte Suprema había pedido el expediente al Tribunal Oral Federal Nº 2 para determinar si existían errores procesales. Esa solicitud se hizo en función de un pedido de la propia Cristina, acusada de direccionar la obra pública en favor del empresario Lázaro Báez. 

Cuando terminó de dictar clases, el ex jefe de Gabinete hizo unos metros hasta el restaurante. Lo esperaban el ex titular de la Oficina Anticorrupción Julio Vitobello; el ex secretario de Culto Guillermo Oliveri; el ex auditor Carlos Montero y el ex presidente interino del Banco Central Miguel Pesce. Un poco más tarde se sumaron el ex embajador en la Santa Sede Eduardo Valdés, el ex embajador ante los Estados Unidos Jorge Argüello y el ex legislador Claudio Ferreño. Su cuerpo estaba en el almuerzo. Su cabeza, en Cristina. A la hora de los postres se despidió y se trasladó de Recoleta a Constitución. Florencia vive en el segundo piso del edificio de la esquina de San José y Humberto Iº. Alberto llegó alrededor de las 15.30. La dueña del departamento estaba en Cuba, sometiéndose a un tratamiento médico.

Cristina lo recibió sentada frente a la mesa del comedor, lugar donde suele jugar con su nieta Helena. Estaba sin maquillar y con ropa casual. Ergo, no estaba preparada para salir porque cada vez que lo hace, como ella misma dice, se pinta como una puerta. Después de algunas palabras y saludos de rigor con Alberto, les pidió a sus secretarios Mariano Cabral y Diego Bermúdez que se fueran a la cocina y cerraran la puerta.

Ya estaba preparado el té para ella y el café para él. Ya habían dejado sus celulares en otro ambiente de la casa, temerosos de una pinchadura. Ya era hora de terminar con el misterio. Y Cristina no anduvo con ambages.

—Estuve pensando mucho –arrancó–. Mirá, la situación está difícil. Tal vez yo pueda ganar las elecciones pero, aunque gane las elecciones, me va a ser muy difícil gobernar porque me van a hacer la vida imposible. Y ahora tenemos que ampliar la base y empezar un diálogo más abierto con gente con la que yo no puedo hablar. Lo estuve pensando y la verdad es que me parece que vos tenés que ser el candidato a presidente –tiró la bomba.

Alberto quedó impávido. No reaccionó. Era como si le hablaran de un tercero. Repasó la frase de Cristina. No caía en la cuenta. Lo suyo era extremadamente racional para alguien a quien acababan de bendecir como candidato a presidente de la principal fuerza opositora del país. 

Cómo iba a ser él, se preguntaba a sí mismo, si justamente se venía encargando de construir la unidad detrás de la figura de Cristina. 

Cómo iba a ser él, seguía maquinando en su cabeza, si eso le restaría credibilidad a la tarea de ensamble que venía desarrollando. 

Cómo iba a ser él, se torturaba, si como encargado de acomodar las piezas del rompecabezas peronista debía estar por encima de la búsqueda de un cargo. En rigor, sobre la potencial candidatura de Alberto ya se venía especulando. Pero puertas adentro. Felipe Solá era uno de los que creían en esa opción. La confianza histórica entre la ex presidenta y su jefe de Gabinete alentaba esa hipótesis, que repetían los integrantes de La banda del Módena y también Hugo Moyano. “Si soy yo, se puede alterar el proceso de unidad en el que estoy trabajando”, contestaba Alberto a los que lo alentaban.

Algo así le planteó a Cristina. Ella, en cambio, veía en eso su potencial. 

—Vos podés hablar con todos. Puerta que golpeás, puerta que te abren. Todos te la abren: los medios, los empresarios, los gobernadores, los sindicalistas. A mí no. 

—Me sorprendés. Todo lo que hicimos, incluyendo el libro (en alusión a Sinceramente), lo hicimos pensando en tu regreso como candidata. ¿Y de repente ahora me decís que no querés ser candidata? ¿Para qué trabajé todo este tiempo? –ensayó un falso reproche.

Alberto siguió con una vieja perorata sobre la imposibilidad de acopiar los votos de ella. Estaba convencido de que los votos no se trasladaban. De hecho, insinuó que Sergio Massa sostenía su propia candidatura presidencial esperando que Cristina se bajara, seguro de que sin ella el espacio kirchnerista –con Axel Kicillof u otro como candidato a la Casa Rosada– perdería mucha competitividad. Por entonces, algunos sondeos adjudicaban a la ex presidenta 34 puntos de intención de voto. Alberto le decía que sin el apellido Kirchner en la fórmula ese número podría descender a 24 puntos.

—¿Vos lo pensaste bien? Me rompí el culo todo este tiempo organizando tu candidatura, organizando el libro, ayudándote con datos en las causas judiciales… ¿Hice todo para que seas candidata y ahora me venís con esto? –se mostró desconcertado.

—Justamente, si vos no hubieras hecho lo que hiciste yo no tendría la autoridad que hoy tengo para hacer esto que hago.

—No sé hasta dónde puedo llegar, no sé cuántos votos puedo sumar –evaluó con el tono de quien carga con una misión que asume como imposible.

Percibiendo la preocupación de su interlocutor, recién ahí Cristina largó la segunda bomba de la tarde. 

—Vos vas a tener mis votos porque yo te voy a acompañar. Yo voy a ser tu candidata a vice.

—¡¿Vas a ser mi candidata a vice?! –levantó las cejas Alberto, a esa altura con una sensación interna de estar en una montaña rusa, aunque su cuerpo mostrara templanza.

—Sí, sí. Yo te garantizo todos mis votos, y vos tenés que ir a sumar lo que falta –tranquilizó la senadora.

—Te agradezco la confianza, Cristina, pero pensalo un poquito más porque vos podés ser candidata y podés ganar. Y si necesitás que te acompañe como vice no tengo drama en acompañarte. Pero pensalo un poquito más –propuso invertir la fórmula.

—No tengo nada que pensar porque yo ya lo pensé –clausuró la idea.

—En serio, deberías darle una vuelta más al tema –atinó a decir, sabiendo a esa altura que volvería a su departamento de Puerto Madero con otro título, además del de abogado. Iba a ser candidato a presidente. No tuvo ni chances de estudiarlo. 

Al segundo, Cristina comenzó a explicarle los pasos a seguir. 

—Mirá, yo ya tengo todo diseñado. Voy a grabar el viernes un video, donde voy a anunciar que vos sos el candidato y yo te voy a acompañar. Vos escribime lo que tendría que decir. Fijate qué se te ocurre.

—¿Eh? Imposible. No tengo la menor idea de qué estás haciendo. ¿Qué querés? ¿Que yo escriba bien de mí?

—Dale, dejate de joder. Esto es política. Ayudame a escribir esto.

Se despidieron afectuosamente. Alberto encaró para su casa. Lo esperaba Fabiola Yáñez, su pareja. Le pidió hablar un minuto a solas, disculpándose con una amiga que estaba de visita. “Mirá, el sábado va a empezar una vida distinta, donde van a tratar de inventar toda la mierda que puedan inventar de nosotros. Te pido prudencia en todo”, fue el preámbulo de su revelación.

Al día siguiente, jueves 16 de mayo, Alberto volvió a encontrarse con Cristina. Tenía en su poder una encuesta presencial de Alfredo Serrano, director ejecutivo del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, que le daba a Cristina 12 puntos de ventaja sobre Macri.

—¿Viste la encuesta? ¿La estás viendo? Yo te acompaño si querés, pero tenés que ser vos –le dijo en otro infructuoso intento de torcer la decisión de la ex presidenta. 

—No, no, no. Quedate tranquilo. Lo que yo hago es lo correcto, Alberto–. Dejó en claro que no había ni un ápice de posibilidades de dar marcha atrás.

—Pero pensalo, Cristina –planteó, ya en un duelo de terquedades.

—Ya te lo expliqué. Si soy yo, todo eso puede decrecer, olvidate. Tenés que ser vos. Ocupate de conseguir lo que falta. 

Eran las 7 de la tarde de una jornada de tiempo agradable y un cielo nuboso. Alberto regresó a su casa. Y cumplió con lo que más que un pedido asomaba como una orden: escribió un texto donde hablaba bien de él. Dos carillas, de apuro. 

—¿En serio querés el texto este? ¿Cómo es lo del video? –fue la última resistencia que ofreció al paso a paso diseñado por Cristina.

—Hay que hacerlo, dejate de embromar. Lo hablé con Máximo y está de acuerdo. Lo hablé con Parrilli y está de acuerdo –lo chuceó ella.

El viernes 17 de mayo, al anochecer, volvió a verse con Cristina. Esta vez en la casa de Recoleta. Estaban Máximo y Parrilli. Lo felicitaron. Y le confirmaron que Tristán Bauer trabajaría toda esa noche en la pieza fílmica del anuncio, que finalmente se nutrió de apenas dos líneas del texto de autoelogio al que se resistía.

Al salir de la reunión, Alberto llamó a Ferreño y a Juan Fernández, dos personas que –como siempre dice– lo acompañaron cuando estaba en el desierto. Les anticipó lo que en menos de 24 horas se haría público. El cierre de esa jornada fue lo más difícil. Tenía que comunicárselo a Estanislao, su hijo. A lo largo del año le había prometido que no iba a ser candidato a nada.

—Venite a comer que tengo que hablar con vos –lo invitó. 

La cita era en Le Grill, en la avenida Moreau de Justo, a pocas cuadras de su morada. Estanislao estaba seguro de que le iban a dar una mala noticia. Especuló con que su padre buscaría una banca de diputado. Alberto no le adelantó nada pero, previendo un mal momento, le pidió a Fabiola que lo acompañase. No se equivocó. Su hijo le pasó numerosas facturas. Se mostró especialmente preocupado por lo que la prensa pudiera decir de él y su novia, Natalia Leone, producto de una exposición indeseada. “Nos van a volver locos, no vamos a tener vida”, imaginó. Alberto consideraba que Estanislao, a pesar de su trabajo como cosplayer –interpretando a personajes de películas, cómics y videojuegos, por lo cual lo contactaron de la Comic-Con de Nueva York–, no se sentiría cómodo con el reconocimiento público si se daba en esas circunstancias. Pero le pidió comprensión. No fue una conversación sencilla. 

La cena abonó su cuota para que esa noche al bendecido candidato le costara dormir. Alberto se encontraba en medio de un tsunami de sensaciones. Sabía que, a la siguiente mañana, no solo se convertiría en el hombre del día, sino que su vida cambiaría para siempre.

 

☛ Título Alberto

☛ Autor Diego Schurman

☛ Editorial Planeta
 

Datos sobre el autor

Es licenciado en Periodismo por la Universidad Nacional  de Lomas de Zamora, donde participó de la fundación de su agencia de noticias.

Después de trabajar 17 años en Página 12 se incorporó como jefe de Política a Crítica de la Argentina, el diario de Jorge Lanata.

Actualmente conduce la primera mañana de Radio Continental, emisora en la que se desempeña desde hace diez años, y un ciclo de entrevistas en FM Milenium.