viernes 07 de mayo de 2021
DOMINGO crisis y oportunidad
11-10-2020 01:30

El aprendizaje de conocerse un mismo

Ines Olivero*
11-10-2020 01:30

Luego de desesperados intentos por alcanzar nuestros sueños, percibimos que lo logrado no llega a satisfacer nuestra apetencia más profunda. Las pesadas responsabilidades que asumimos y las cargas que arrastramos no nos sirvieron para alcanzar la meta idealizada. En cambio, nos empujaron a un lugar inhóspito, del que ansiamos salir con urgencia. Ese escapismo reiterado a través de los años nos llevó a lugares más oscuros y más insatisfactorios cada vez, y de pronto le ponemos nombre a lo que sentimos: estamos vacíos. Un doloroso epitafio para una trayectoria tan comprometida con los valores aprendidos, con el cumplimiento de exigencias heredadas en pos de una supuesta felicidad... Doloroso pero real. El vacío, con su desgarradora nada, se hace presente. Preguntas y más preguntas nos acribillan, preguntas que nadie responde... ¿Por qué me sucede esto? ¿Cuándo perdí la brújula de mi vida? ¿Qué hice mal? ¿Quién soy? ¿Dónde está la persona que era? ¿Qué sentido tiene lo que hago día a día, mecánicamente? ¿Hacia dónde voy?

Hay un tremendo sentido tras el sinsentido más absoluto. La nada y el todo son una pareja indivisible. No obstante, tenemos horror al vacío y nos pertrechamos con cualquier baratija con tal de sofocar el mensaje que quiere darnos. Recuerdo que, cuando atravesé esa etapa, experimentaba una sensación de falsedad en todo lo que hacía, como si estuviera representando un papel que no valoraba en absoluto. Sonreía artificialmente, cumplía mis obligaciones de forma automática e insustancial. Y me arrastraba día tras día por una pendiente inacabable, que ni siquiera era muy profunda, pero no dejaba de bajar... Me pregunté miles de veces: ¿Qué es lo que tengo que hacer? Ya me analizaba, así que iniciar una terapia no era una opción. Intenté comenzar algún curso estimulante, pero no tenía energía para sostenerlo. Esa sensación de poderoso cansancio que me invadía terminaba pronto con mis mejores intenciones. Y no podía entender que eso me estuviera pasando a mí.

Desde muy jovencita, había tenido pujanza y fuerza emprendedora. Fui mamá a los 19 años y al poco tiempo me separé de mi primer marido. Ayudada por mis padres, me encargué de la crianza de mi hija, con buen desempeño dentro de las limitaciones de la edad. Estudié dos carreras y trabajé desde los 21. Por supuesto que todo ello representó momentos de grandes dificultades y dolores, pero pude afrontarlos... ¿Y ahora? Con un matrimonio amoroso y estable, una familia que me enorgullecía, una profesión apasionante, ¿me pasaba esto?

Me invadía un abatimiento profundo. Todo lo vivía como algo descabellado y demoledor. En mi entorno pensaban que nada me satisfacía, por más intentos que hicieran. Y era verdad, aunque apreciaba el cariño.

Al promediar la vida, atravesamos una etapa de mucha confusión, en la que se desarma la omnipotencia defensiva que sentíamos al ir en pos de los deseos. Nos invade un sentimiento nuevo y extraño. Al vacío llegamos sin comprender el proceso que lo desencadenó.

 Las escenas que poblaron nuestra evolución están cargadas de olvidos de uno mismo que no consideramos en absoluto, de situaciones que no registramos, que circularon en forma paralela a las preocupaciones y los intereses conscientes que tomaron nuestra atención. Pero, en este momento, el grito de las entrañas nos exige recuperar esas parcelas abandonadas de nuestra existencia con el fin de reintegrarlas a la totalidad de quienes somos. 

Cada uno de nosotros habrá de protagonizar su crisis y tendrá que atravesarla. Solo al transitar las preguntas van apareciendo respuestas. Nuevas capas de interés promueven nuevos cuestionamientos y lo que inicialmente nos movilizaba se hace cada día más amplio y profundo. 

También el mundo hoy se encuentra agitado por un vertiginoso cambio de paradigmas. Ideas y creencias mueren para despejar un nuevo escenario, una forma diferente de estar y pensar. Sin embargo, lo viejo no quiere morir y lo nuevo no ha cobrado todavía una clara definición. El pasaje de uno a otro moviliza nuestras estructuras internas y nos sacude con fuerza. (…) Nosotros, en lo personal, estamos viviendo ese mismo proceso de transformación. Consideramos que podemos manejarnos con lo que sabemos, pero eso ya no alcanza. Tratamos en terapia nuestras angustias y creemos que con eso ya están suficientemente atendidas. El proceso terapéutico nos permite evolucionar, comprender nuestros mecanismos defensivos, represiones pulsionales, las resistencias y las limitaciones que tenemos para desplegar el potencial de la personalidad; nos ayuda muchísimo en nuestro desempeño mundano, en alcanzar y preservar la autoestima, en lo vocacional y vincular. Pero eso no es todo. Hay algo más en cada uno de nosotros... Y es en estas fuertes crisis (donde todo lo anterior pierde atractivo y el presente se nos muestra desolador) cuando una nueva dimensión se nos hace visible. Muy adentro, en lo más secreto de nuestro corazón, una nueva voz comienza a hacerse oír: el alma viene a enseñarnos otra vía de conexión, más verdadera y unívoca; nos habla de lo que auténticamente somos. Cuando por fin descubrimos en nosotros ese espacio, comprendemos que tiene vida propia. Por eso, la duración de esta transformación varía de una persona a otra. 

En las referencias que a lo largo de este libro hago a mi propia experiencia ofrezco simplemente un testimonio. Pongo a disposición las circunstancias que acompañaron mi proceso de transformación. A lo largo del viaje, con sus diferentes enseñanzas y comprensiones, fui cambiando mi modo de estar en el mundo. No me convertí en otra persona. Sigo siendo yo, solo que enriquecida por la experiencia. A pesar de lo difícil que fue sumergirme en el vacío, agradezco profundamente haberlo atravesado.

Si resistimos, si nos animamos a permanecer en el vacío, lo que nos espera una vez concluido este difícil intervalo existencial es promisorio. Doy fe.

*Autora de Reinventarse, editorial El Ateneo (fragmento).

En esta Nota