Hace once años que la Argentina vive un proceso de reforma estructural. Esta mutación profunda comenzó durante la administración de Mauricio Macri, cuando se tomaron las medidas que sentaron las bases de la deriva decadente que profundizó Milei y que el Frente de Todos no pudo revertir.
La primera decisión irreversible que tomó Macri fue bajar retenciones y devaluar en un solo acto, colocando los alimentos a precios internacionales, algo que no se atrevió a hacer ni la dictadura cívico-militar. La segunda fue llevar también a estándares internacionales las tarifas de los servicios públicos, especialmente las energéticas.
Eso rompió el salario. Así, un país que produce alimentos y energía tiene desde entonces perforado el ingreso de los trabajadores, porque la mayor parte de lo que ganan se destina a pagar la luz, el gas y a llenar el changuito.
Otro cambio estructural que nos dejó el macrismo fue la vuelta del Fondo Monetario Internacional (FMI). La deuda que hoy tiene nuestro país por capital con ese organismo es de US$ 60 mil millones, el 11% del Producto Bruto Interno. Además, ese préstamo no sólo es ilegítimo, ya que nació violando los estatutos del propio FMI, sino que también es impagable.
En ese contexto asumió el Frente de Todos y, ante la imposibilidad de subir los salarios, recurrió a la ampliación de los subsidios. Pero el peronismo nunca fue eso. Lo que lo caracterizó históricamente fue cuidar empleo y garantizar el salario, es decir, políticas de demanda, no de oferta.
Por eso debemos alzar la voz en defensa del Estado presente. Pero el Estado presente es política de demanda, no subsidiar. Es regular monopolios. Hacia adelante no podemos reincidir en el error cometido en el período 2019-2023, cuando la política económica fue desplazada por la política social.
Así llegamos al gobierno de Milei, que toma estos componentes instalados por Macri –y que el Frente de Todos no logró desmontar– y los acelera.
En efecto, el presidente libertario está reseteando de la economía nacional. Hoy los rubros como intermediación financiera, energía, agro y minería crecen, mientras que industria, construcción y comercio, caen. Entonces, se desvinculó el crecimiento económico del salario y el empleo. Este es otro punto que un gobierno peronista tendrá que abordar, volviendo a ligar ambas cuestiones.
Para finalizar: estamos atravesando una crisis de hegemonía de escala planetaria. En este nuevo escenario, Estados Unidos deja de ser una potencia global para mutar en una continental, como forma de resolver sus desequilibrios, debido a que el dólar como moneda de reserva no puede seguir financiando los desbalances fiscal y externo de ese país.
Eso provoca tensiones enormes, porque Estados Unidos siempre tuvo políticas de “palo y zanahoria” para la región, pero hoy lo único que promete es sangre, sudor y lágrimas.
En este panorama mundial tan complejo, la inserción internacional de la Argentina debe ser estratégica. Para eso debemos reactualizar lo hecho entre 2002 y 2015, cuando mejor funcionó la relación con Brasil. Se trata de un vínculo clave, que consiguió darle escala a nuestra producción industrial. Es muy difícil pensar en el mundo actual a la Argentina sin Brasil.
Recapitulando, el próximo gobierno peronista deberá afrontar los siguientes retos:
Reinstalar el poder del salario, convocando al Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil.
Desvincular los precios internos de energía y alimentos de los internacionales.
Revincular el crecimiento de la economía con la generación de empleo.
Renegociar el actual estado de situación con el Fondo Monetario Internacional.
Restablecer la relación con Brasil en los términos que lo hicieron Lula da Silva y Néstor Kirchner.
Priorizar las políticWas de demanda por sobre las de oferta.
Por último, hay que tener presente que la estabilización macroeconómica de la Argentina se da desde el sector externo, con un programa financiero sustentable y una fuerte acumulación de divisas en el Banco Central.
En el presente, el desarrollo de los sectores hidrocarburífero y minero le otorga al país un aumento de la oferta de divisas, cercana a la del
sector agropecuario. Pero esta contribución sólo es virtuosa si se la engarza con un modelo productivo industrial. De lo contrario, se consolidará una economía de enclave y extractiva.
Por último, el orden fiscal que debe acompañar a la solvencia externa tiene que fundarse en una recaudación tributaria que incida sobre las rentas extraordinarias y las fuertes acumulaciones de riqueza, además de contar con alta eficiencia en la inversión social y en infraestructura.
La ultraderecha con sus distintas caras –Milei, Bullrich, Macri– intenta refundar una Argentina primaria-financiera. El peronismo tiene la responsabilidad histórica de recuperar al país productivo, industrial, de pleno empleo y buenos salarios.
Las condiciones internacionales y locales les otorgan viabilidad a ambos proyectos. Será la audacia la que marque el éxito de alguno de ellos.
*Economista, exsecretario de Comercio y diputado nacional mandato cumplido.