sábado 01 de octubre de 2022
ECONOMIA fue dos veces ministro de economía de perú

Luis Miguel Castilla: “China tiene una visión del mundo más de largo plazo que EE.UU.”

11-09-2022 03:05

En esta nueva entrega de las entrevistas en este mundo en transición, hablamos con Miguel Castilla, quien fue dos veces ministro de Economía de Perú. La primera vez durante el último gobierno de Alan García y la segunda en la presidencia de Ollanta Humala, años en que Perú se destacaba como una de las economías que más crecían en América Latina. Economista formado en Canadá y EE.UU., Castilla fue también embajador de Perú en Washington y presidió el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés). Desde Lima, nos compartió su visión de la región y su país en el mundo de la pandemia y la guerra.

—El contexto actual está marcado por el impacto de la guerra y la pandemia. ¿Qué consecuencias económicas y geopolíticas tendrán a mediano plazo?

—La pandemia dejó claro que Perú, y la región en general, no cuenta con una red de protección social robusta. Especialmente en países con alta informalidad. En Perú, el 75% de la población no tiene empleo formal. Por otro lado, muestra la fragilidad del sistema de salud. Haití y Perú fueron los países que más cerraron su economía durante la pandemia. ¿Por qué? Porque no tenían sistemas de salud adecuados para responder a los casos graves. A pesar de la cuarentena, Perú tuvo la tasa de mortalidad más alta del mundo.

—¿Y con respecto a la guerra?

—Cuando la geopolítica se complica, los capitales se ponen nerviosos y buscan refugios más seguros, por lo que dejan las economías emergentes. Además, el crecimiento global tiende a ralentizarse y esto afecta la demanda de nuestros productos. La guerra también afecta temas como la lucha contra el cambio climático. Antes parecía que había un consenso en torno a la Agenda 2030, que ahora ha pasado a un quinto plano.

—Perú participa, junto con México y Chile, de APEC. ¿Qué importancia tiene Asia para su país?

—Perú se volcó hacia el Pacífico como una fuente natural de comercio e inversiones. Aunque no descuidó a socios tradicionales, como EE.UU. y Canadá, esta relación se vio afectada por los conflictos geopolíticos entre China y EE.UU. El eje tradicional de inversiones y comercio ha virado desde el Atlántico hacia el Pacífico. De hecho, China es el principal socio comercial de Perú y el origen del mayor flujo de inversiones.

—¿Cree que hay guerra fría entre Estados Unidos y China?

—Hay una guerra fría medio absurda. Y EE.UU. juega en América Latina al perro del hortelano: no hace ni deja hacer. Porque EE.UU. ha estado replegado ya por muchos años. Cuando fui embajador en Washington pude ver que las únicas preocupaciones de EE.UU. en la región son las migraciones desde México y Centroamérica, además del problema de seguridad en Colombia. El resto de la región la verdad que poco le importa. Y eso dejó un espacio para que China penetrara en forma muy agresiva. EE.UU. no planteó una alternativa a la influencia creciente de China, que con pragmatismo ofrecía recursos y presencia. Esto se agudizó en la administración Trump y de cierta forma ha continuado en la administración Biden. China tiene una visión del mundo más de largo plazo que EE.UU.

—El proceso de integración en América Latina comenzó en los 60, como en Europa, pero tuvo pocos avances. ¿Por qué se estancó?

—El proceso de integración europeo es muy distinto al de América Latina. En Europa se produjo como parte de la reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial. Y se podría decir lo mismo de Asia. En América Latina no hubo una inyección de recursos como los que tuvo Europa tras la guerra. La banca multilateral, léase el BID, no ha sido suficiente como para inyectar estos recursos, especialmente para financiar un proceso de convergencia como los que se dieron en aquellos otros proyectos de integración. Por otro lado, en los 60 había un enemigo común en América Latina, que era el comunismo. Ese era un elemento aglutinador. Ahora eso no existe y los países grandes como México y Brasil han mantenido agendas muy distintas. Brasil está muy centrado en sí mismo y tiene una política exterior que sirve solo a sus propios intereses. Y México tiene una política exterior que mira hacia el norte, hacia EE.UU. Otra razón importante es que existen modelos económicos bastante disímiles en la región.

—La Alianza del Pacífico y el Mercosur. ¿Cómo evalúa cada bloque económico?

—En la región ha habido una divergencia. La Alianza del Pacífico apunta hacia modelos de apertura económica, libre mercado y estabilidad macro. El Mercosur es mucho más proteccionista, aunque no es así en todos los países. Por otro lado, el ALBA (Alianza Bolivariana de las Américas) se impuso en gran parte de la región. Y el estatismo está ganando fuerza nuevamente desde México hasta Argentina. Incluso llega ahora a países que tradicionalmente eran muy conservadores. Gustavo Petro acaba de asumir y es el primer presidente de izquierda en la historia de Colombia. América Latina se pinta de rojo y, a lo mejor, esto puede ser un factor aglutinador que dé más fuerza a la integración regional. Podría ser una oportunidad, pero también creo que los países van a estar más pendientes de sus agendas internas porque enfrentan retos importantes como el desempleo, la inflación, el menor crecimiento, la precarización de sus economías y la polarización política.

­—Perú es una de las economías de la región que más han crecido en lo que va del siglo. ¿Cuáles fueron las claves del modelo económico?

—El país tuvo un punto de inflexión con la Constitución de 1993, que depuso un modelo estatista y definió un marco liberal para la conducción de la economía. Por ejemplo, estableció la plena autonomía del Banco Central. Esto permitió que la pobreza bajara desde un 60% hasta un 20% y emergiera la clase media. Pese a este progreso notable, las desigualdades se mantuvieron. El progreso no llegó al bolsillo de todos. Y las instituciones políticas son muy débiles. No hay partidos políticos. Es un país fragmentado, con una inestabilidad política crónica. En los últimos cinco años tuvimos seis presidentes y en el último año tuvimos cinco cambios de gabinete. Esto atenta contra la conducción de un buen gobierno. La población hoy repudia a la clase política. Es triste recordar que Perú era señalado como un país que parecía encaminado a ser del primer mundo. Hoy nos unimos al club de los que dejaron de ser economías emergentes. El gran reto del país es mejorar sus instituciones, hacerlas más representativas y transparentes.

—¿Es optimista sobre la posibilidad de que haya un cambio?

—Creo que Perú tiene una capacidad de resistencia. Hay fortalezas macroeconómicas y una clase empresarial pujante. El problema del país es político. Si no logramos resolverlo, el progreso que tuvimos en los últimos treinta años va a ser solo una anécdota en los 201 años de historia de la república.

—Si le dicen Argentina, ¿cuál es el primer pensamiento que viene a su cabeza?

—Argentina es un país que se tropieza siempre con la misma piedra. Sale y vuelve a entrar en la misma situación en forma recurrente. Es lamentable que Argentina, con tanta riqueza y potencial, sea el país que más oportunidades ha perdido para ser de primer mundo.

 Colaboración: Francisco Uranga.

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