miércoles 10 de agosto de 2022
ELOBSERVADOR Paranoia social

Armas para matar y morir

En la Argentina existen más de 1,6 millones de armas registradas, de las cuales 84% pertenecen a civiles, pero especialistas advierten que la cifra real es al menos tres veces mayor. La fantasía de la supuesta seguridad, cuando las estadísticas revelan que quien tiene un arma tiene cuatro veces más chances de morir violentamente. Y el papel importante que las armas de fuego asumen en los femicidios.

24-07-2022 00:28

Es 2004, en el Instituto N° 202 Islas Malvinas de Carmen de Patagones, al sur de la provincia de Buenos Aires. Un alumno de 15 años llevó a la escuela la pistola de su padre. Sin hablar, estira su brazo y dispara contra sus compañeros. Una vez, dos, tres… Trece veces.

Tres chicos murieron en el aula, otros cinco resultaron heridos. El tirador adolescente fue confinado a un centro para jóvenes. Declarado inimputable, pasó años en un centro psiquiátrico. Hoy vive en las sombras, no se sabe qué fue de su vida. Su padre fue condenado a 45 días de prisión por negligencia. La masacre escolar de Carmen de Patagones no solamente fue la primera de su tipo en América Latina, sino que es uno de los pocos tiroteos múltiples en Argentina.

En Estados Unidos hay un tiroteo cada día y medio, más que en cualquier otra parte del mundo. Circulan 310 millones de armas en el país; el promedio indica que casi todos los estadounidenses poseen un arma. Un tercio de los tiroteos masivos del mundo ocurrieron allí. Trece en el primer fin de semana de junio de este año.
Qué convierte a una sociedad más propensa a un tiroteo. En qué espectro se encuentra Argentina. Armas legales e ilegales en el país, su efecto psicológico y su regulación.

La conflictividad es inherente a las relaciones humanas, pero vivir en democracia implica no utilizar la violencia para resolver diferencias

Solicitudes y requisitos. Ocho personas mueren por día en Argentina por el uso de armas de fuego. La solicitud de credencial de Legítimo Usuario de Armas de Uso Civil cuesta $ 800, más otros costos referidos a diferentes trámites como la acreditación de manejo de armas (la membresía en una federación de tiro alcanza los $ 4.500, aproximadamente). Los requisitos para adquirirla son ser mayor de 21 años, no tener antecedentes penales y acreditar medios de vida lícitos. Los extranjeros también pueden inscribirse en el proceso.

Existen más de 1.600.000 armas registradas en Argentina. Del total, el 84% pertenecen a civiles, el resto a fuerzas de seguridad. Sin embargo, Julián Alfie, investigador del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (Inecip) y miembro de la Red Argentina para el Desarme (RAD), estima que hay entre cuatro y cinco millones de armas sin declarar: “No es fácil determinar las dimensiones del mercado ilegal, pero una herramienta útil para hacerlo era la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo que realiza el Ministerio de Salud de la Nación. Hasta hace unos años, el relevamiento consultaba acerca de la presencia de armas de fuego en los hogares, por considerarlas factores de riesgo. Los últimos números de esa encuesta demostraron que la cantidad de armas presentes en la sociedad era más de tres veces superior a la cantidad de armas registradas”.

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opuestos. Una exhibición de armas de gran calibre en un supermercado de Estados Unidos, una destrucción de las campañas que se organizan en nuestro país y una armería en Quilmes. El carnet de portación que otorga la Anmac.

Ya sean de fabricación casera, contrabando, vendidas o robadas, Martín Angerosa, abogado y también miembro de la RAD desde 2006, explica que el mercado clandestino de armas sale del mercado legal: “Las armas secuestradas tuvieron en un inicio una fabricación y comercialización legal, y en algún punto de la cadena se desviaron”. 

“El arma que un padre compra para cuidar a su hijo, paradójicamente, termina en manos de los delincuentes cuando se las roban”, plantea Angerosa. Los pilares de la Red Argentina para el Desarme se basan en que las armas son peligrosas para el portador y para sus seres queridos, además de asumir el vínculo entre las armas y los hechos delictivos.

“La mayoría de la gente que compra un arma lo hace para defenderse, pero terminan siendo utilizadas en peleas o accidentes. El 50% de los homicidios con arma de fuego son cometidos en conflictos interpersonales. Menos de una de cada diez de esas muertes son en contextos de defensa. Y más de la mitad de las muertes con armas de fuego no son por una agresión, sino por no saber usarla u otros motivos”, explica Alfie.

Tener un arma aumenta las chances de morir o herir a alguien. En Estados Unidos, las personas que viven en hogares con armas de fuego tienen un 90% más de posibilidades de ser víctimas de un homicidio. Y quien tiene un arma de fuego tiene cuatro veces más de chances de recibir un disparo.

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Femicidios. Una perspectiva diferente que señala Alfie, apoyado en sus años de investigación en el tema, y detallada en su trabajo Cuando el macho dispara (2019), es la relación entre las armas de fuego y los femicidios. El 99% de las armas de fuego están en manos de hombres y uno de cada cuatro femicidios son cometidos con un arma.

“El ejercicio de la violencia armada se esconde en los viejos modelos de dominación patriarcal y las relaciones de poder que promueven la reproducción de la violencia social”, sostiene el investigador de la RAD, que propone utilizar una perspectiva de género al momento de otorgar licencias de armas.

La RAD asume que la conflictividad es inherente a las relaciones humanas, pero vivir en democracia implica el consenso social de no utilizar la violencia para la resolución de las diferencias. Remarca la falsa idea de que la expansión del Estado penal es la única solución y toma datos que contextualizan la importancia de la existencia de la organización: según la Organización Mundial de la Salud, un joven latinoamericano tiene 84 veces más posibilidades de morir por un arma de fuego que uno europeo y, aunque Latinoamérica concentra el 14% de la población mundial, concentra el 42% de los homicidios que se producen en todo el planeta.

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Otra cuestión tomada en cuenta por la Red es la Declaración de Ginebra sobre Violencia Armada y Desarrollo (2008), firmada por más de cien países, entre los que se encuentra Argentina, y no figura Estados Unidos, que tuvo como objetivo la reducción de la violencia armada como el reto del milenio, y que complementa los fundamentos del desarme.

La conclusión, para Alfie, es que “es un mito que las armas sirven para defensa personal; las estadísticas demuestran exactamente lo contrario”.

Psicología. “Tener armas significa la potencialidad efectiva de acabar con la vida de otro. Tener un arma significa la posibilidad de usarla. La posibilidad, decidida, de eventualmente asesinar”, sentencia Jorge Catelli, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Catelli, quien además es investigador de la UBA, advierte que no se puede generalizar, pero caracteriza a quienes les agradan las armas como personas con cierta paranoia: sensación permanente de sospecha de que el otro es alguien peligroso, alguien que podría atacar. “No le gustan las armas al que quiere, sino al que puede”, sintetiza.

Su apoyo académico es El malestar en la cultura, una de las obras más difundidas de Freud, que explica que vivir en sociedad implica lidiar con dificultades propias del ser humano. El vínculo con los otros se convierte, tal vez, en el más amenazante de los factores. “El otro puede ser alguien con quien me identifico y me siento cercano, o alguien a quien considero un rival. El vecino es a la vez un adversario”, teoriza. Y añade: “El uso de armas está basado en la concepción de una persona que siente que el otro es un enemigo y que cree que aniquilarlo es la única solución. Para desarrollarse en la cultura, el ser humano tiene que renunciar a estos impulsos destructivos, pero esta renuncia retorna siempre en modos más disimulados. Por ejemplo, con frases como ‘luchar por la paz’ y la industria bélica”.

Catelli cree que el efecto en la mente del portador de armas es “muy grande” y que “puede llevar a quitarse la vida a sí mismo, u a otro”. Advierte, sin embargo, que hay una distancia enorme entre la fantasía y la concreción real del acto.

“Hay países que legitiman la violencia: promueven la venta libre de armas, construyen misiles en masa, aumentan el sector armamentístico. No se debe olvidar que las armas están creadas con un único fin, y que la legitimación desde el Estado tiene efecto en sus poblaciones”, finaliza Catelli. 

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Estados Unidos. Y esto es cierto: en Estados Unidos, que es el único país del mundo que tiene más armamento que ciudadanos, la libre portación de armas no solo está en la Constitución, sino que se refuerza con nuevas legislaciones al pasar los años.

Recientemente, la Corte Suprema anuló una ley de armas de Nueva York, promulgada hace más de cien años, que impone restricciones a la portación de un arma oculta fuera del hogar. La decisión del máximo tribunal es explicada bajo la idea de que las limitaciones violan la Segunda Enmienda a la Constitución que explicita el derecho de los estadounidenses de poseer y portar armas.

Esta medida causó el descontento de muchos sectores, pero reforzó la seguridad de otros que tienen este derecho incorporado, incluso desde antes de la independencia de Estados Unidos; las Trece Colonias británicas lograron emanciparse, entre otras cosas, con el apoyo de las armas y así construyeron uno de los primeros sistemas democráticos modernos. Incluso, el revólver lo inventó el estadounidense Samuel Colt, y hasta 2020 se vendía en las cadenas más importantes de supermercados.

Varias investigaciones plantean que los tiroteos pueden ser “contagiosos” e incentivar a otros atacantes a cometer el mismo delito. De hecho, en las semanas siguientes al ataque es más probable que ocurra otro similar. El reconocido psicólogo Brad Bushman dice que la sola presencia de un arma genera pensamientos negativos.

También relaciona los videojuegos violentos con la agresión y cree que el atacante no tiene baja autoestima, sino narcisismo acompañado de una búsqueda de notoriedad. Por lo tanto, dice que los delincuentes asocian la cobertura de los medios con la posibilidad de actuar.

Otros factores que inciden para un alto uso de las armas son la mayor accesibilidad, el deseo de venganza luego de muchos años de bullying y el fenómeno de imitación. Se vinculan, además, las mejoras económicas con la reducción de la violencia.

En Estados Unidos las posibilidades de morir en un tiroteo aumentan en las escuelas, mientras que en el resto de los países ocurre en las instituciones militares.

Argentina. En 2013, la posesión de armas registradas en Argentina era de 780 mil usuarios. En los últimos diez años, la tenencia sumó poco menos de un millón de nuevos portadores. El incremento fue relativamente lento comparado con otras naciones. Se registraron más pistolas, revólveres, rifles, entre otros. Durante los dos años de pandemia la portación se ralentizó, pero aumentó en los últimos meses.

En Argentina la regulación de estos materiales está regida por la Ley Nacional de Armas y Explosivos (N° 20.429), promulgada en 1973. La tenencia habilita el uso para caza y tiro deportivo, entre otras actividades. La ley prohíbe el uso de armas fuera de la presente legislación, a excepción de las de las fuerzas armadas, que tienen su propia regulación. Se establece una multa de entre $ 20 y $ 2 mil para particulares que incumplan alguna de las prohibiciones de la ley.

El Registro Nacional de Armas de la República Argentina (Renar) fue sustituido en 2015. La Anmac, Agencia Nacional de Materiales Controlados, llegó como reemplazo, aunque con algunas facultades diversas, como el desarrollo de políticas tendientes a reducir la circulación de armas y prevenir los efectos de la violencia armada. En mayo de este año Anmac destruyó nueve toneladas de municiones incautadas, la cantidad más grande hasta el momento.

En 2007, con la Ley 26.216, se creó el Programa Nacional de Entrega Voluntaria de Armas de Fuego. La legislación declaró “la emergencia nacional en materia de tenencia, fabricación (...) tránsito internacional, registración (...) y compraventa de armas de fuego, municiones, explosivos”. La propuesta, que sigue vigente, alienta la entrega anónima a cambio de entre $ 3 mil y $ 9 mil como un incentivo.

El organismo presentó algunas estadísticas respecto de la entrega voluntaria de armas: el 46% de los voluntarios explicaron que la heredaron y no les interesó conservarla; el 73% fueron hombres; y siete de cada diez mujeres se sentían en riesgo con un arma en su poder.

La pistola más barata que se consigue en Argentina cuesta $ 50 mil: una de marca nacional, calibre 22. Desde ahí los precios llegan hasta más de $ 700 mil. Naturalmente, son precios que cambiarán en breve.

Por deporte. Un niño juega con sus amigos a tirar latitas. El chico es menor que sus competidores, y, sin embargo, les gana a todos los grandes. El joven creció y comenzó a participar de competencias universitarias, luego campeonatos regionales, internacionales, hasta la consagración como un atleta del tiro. Una cara diferente de la moneda son los deportistas. No tienen armas para defenderse, no quieren destruirlas y no quieren usarlas por fuera de las competencias.

El niño del relato es Ariel Martínez, presidente de la Federación Argentina de Tiro, quien, apasionado por su disciplina, la defiende con uñas y dientes. “El deporte de tiro es al revés de lo que todos piensan. Es altamente formativo: el deportista tiene que tener control pleno de sus movimientos y de sus pensamientos. Si se logra ese control, sirve en la vida en general”, sostiene Martínez. Y afirma: “Con los prejuicios de la gente no nos sentimos afectados, pero sí nos sentimos tocados en el sentido en que no nos consideran lo suficientemente profesionales para tener un desarrollo en el deporte, cosa que no pasa en Europa. Profesional es la persona que hace lo que tiene que hacer, en el momento en el que lo tiene que hacer, y lo hace bien. Y nosotros somos profesionales”.

Un dolor de por vida

“Yo soy Adrián Marcenac y nos unimos a la Red Argentina para el Desarme en 2006, a partir del asesinato de mi hijo, Alfredo, por un usuario de armas”.

A las cinco de la tarde del 6 de julio de 2006, en la avenida Cabildo al 1700, un hombre gatilló 13 veces contra los peatones. Hirió a seis personas y mató a Alfredo Marcenac, de 18 años, de tres balazos: uno en el cráneo, otro en el tórax y otro en el abdomen. El atacante, bautizado como “el tirador de Belgrano” ya había cometido otros tres tiroteos y fue detenido unos días después, de casualidad. 

“La pérdida de mi hijo es una tragedia, que te lleva y que está sobre tu espalda de por vida. Uno se va acostumbrando a llevar ese dolor, pero el dolor no se va nunca, siempre es el mismo, no hay forma de minimizarlo”, abre su corazón Adrián, quien describe a su hijo como familiero y con muchos amigos. “Alfredo siempre estaba sonriente, todo el mundo lo quería. Siempre intentaba ayudar al prójimo”, cuenta.

“No importa quién lo diga, la realidad es que las armas son peligrosas. Nosotros sostenemos que, como mínimo, las armas que circulan en manos civiles tienen que estar registradas y con algún justificativo que avale la tenencia”, manifiesta Adrián. 

Su ímpetu y el de su familia los llevaron a fomentar y abrir el camino para el control de las armas en el país: “Nosotros trabajamos por una sociedad menos violenta”. Sin embargo, aún hay un largo camino por recorrer: “Hay que tener en cuenta que el mercado de armas genera ganancias y que el Estado es responsable de las armas que están fuera de su propio control”.

“Calculamos que entre un 70% y un 80% de las armas registradas tienen las credenciales vencidas. Es decir que, aproximadamente, solo 300 mil de las armas legales (de un total de 1.600.000) están actualmente con las licencias vigentes”, estima Marcenac. “A pesar de que desde la Anmac se ha empezado a trabajar seriamente para que los usuarios regularicen su situación”, agrega.   

Adrián cuenta que en los últimos años ya se han destruido más de 400 mil armas en el país. “Y para nosotros significa que, felizmente, por esta razón hubo menos muertes”, concluye.