lunes 08 de agosto de 2022
ELOBSERVADOR Migración

Por qué los senegaleses vienen a la Argentina

Primera parte de una investigación sobre las razones de esta sostenida migración a nuestro país de una comunidad visible en las calles, donde se dedica a la venta ambulante, bajo la forma tradicionalmente conocida como “manteros”. Las leyes que regulan su presencia, las causas que los llevaron a dejar sus comunidades y cómo preservan su cultura tan lejos de su tierra.

25-06-2022 01:53

Es difícil caminar en el bosque. Pero más difícil, aún, es cruzar una frontera por un paso no habilitado. 

Por el extenso límite terrestre que divide Argentina y Brasil, en un pequeño hueco entre tanta distancia, cuencas, y selva, Mbagny Sow, senegalés de 41 años, ingresó a la Argentina en 2014. Solo, con un pequeño bolso al hombro, y sin intenciones de regresar a su país de origen.

Entró por la ciudad de Eldorado, en la provincia de Misiones, después de haber pasado un año de tránsito en Brasil. Planeó este momento desde que salió de Senegal, donde, a pesar de tener un buen trabajo como campesino de su propio campo, y un negocio, no tenía mayores oportunidades.

Nadando, desde Brasil hacia Argentina, atravesó el río Iguazú. Empapado, caminó entre la maleza y subió a un micro, que le contaron que iba a estar allí, esperándolo, y que también transportó a otros inmigrantes de diferentes nacionalidades. Rumbo a Buenos Aires y con la esperanza de una vida mejor.
La Triple Frontera, entre Argentina, Paraguay y Brasil.        

El recorrido de Mbagny Sow es el mismo que realizaron más de 10 mil senegaleses que ingresaron al país en la clandestinidad. Son 7.789 los kilómetros que separan Argentina de Senegal; eso no impide que los senegaleses ya sean parte de una comunidad establecida.

Son en total 7.789 los kilómetros que separan Argentina de Senegal

¿Por qué eligen Argentina? ¿Qué tiene nuestro país para que les parezca una buena opción? ¿Por qué manteros y no otra actividad? La mayoría de los inmigrantes senegaleses son hombres, ¿dónde están las mujeres?

Fueron entrevistas realizadas como parte de la tesis del Posgrado en Periodismo de Investigación PERFIL-USAL, para responder a la pregunta principal: ¿Por qué los senegaleses vienen a Argentina?

Refugiados. La odisea de un solo integrante de la familia no es en vano, porque en su Artículo 3° la Ley de Migraciones garantiza el derecho a la reunificación familiar, independientemente de si haya obtenido la ciudadanía. En esta legislación, la Argentina se asume como favorecedora de la entrada de migrantes, lejos de dificultarla. Pretende: “Facilitar la entrada de visitantes a la República Argentina para los propósitos de impulsar el comercio, el turismo, las actividades culturales, científicas, tecnológicas y las relaciones internacionales.”

Quienes no piden asilo, en muchos casos por miedo a ser deportados, son los que quedan fuera del censo y no aparecen en ningún registro: burocráticamente, es como si no estuvieran en ningún lado. 

La entrada a Argentina por fronteras no habilitadas es posible, y no hay penalidades por ello si se explica que uno siente miedo de retornar a su país. Tras situaciones inhumanas como ingresar a Argentina a nado, los senegaleses pueden pedir asilo como refugiados, petición que casi siempre es rechazada, pero cuya revisión dura aproximadamente dos años, tiempo en el que pueden gozar de los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro argentino. Luego de 24 meses, se puede apelar la decisión o solicitar la ciudadanía por naturalización, y traer al grupo familiar. De esta forma, los senegaleses pueden pasar de estar indocumentados a quedarse en el país legalmente.

La entrada a Argentina por fronteras no habilitadas es posible para quien quiera

Fuzti. En la mitad de la entrevista con Moustaphá Sarr, senegalés con 9 años en el país, y miembro de la Secretaría Nacional de Derechos Humanos, específicamente de la Dirección de Personas Migrantes y Refugiados, se comienza a escuchar una música. Se trata de un rezo al ritmo típico de las canciones árabes. Se llama Fuzti. Se puede escuchar sin razones religiosas que obliguen, porque, como dice Sarr: “Culturalmente siempre estamos festejando algo”. Uno de los hitos religiosos que nombra es la fiesta africana-senegalesa “el Gran Magal de Touba”: el evento más importante del año para los senegaleses, que se basa en una peregrinación masiva a la ciudad santa de Touba. Esta festividad se celebra, incluso en Argentina, en templos, o mediante peregrinaciones organizadas en Buenos Aires.

Los primeros años de Sarr en Argentina fueron, en sus palabras, “terribles”. No sabía el idioma y le costó dejar a su familia: “Argentina no estaba en mi destino. Yo fui a Brasil, donde tampoco conocía a nadie. Hablé con un amigo mío, que es como mi hermano, y cuando le conté de mi situación me dijo que venga acá, que él me iba a ayudar. Somos muchos los senegaleses que pasamos por Brasil antes de llegar a Argentina y que empezamos como ‘manteros’. Mi historia es como la de todo migrante. Hay que luchar. Sobrevivir. Mi vida empezó a mejorar cuando obtuve el documento”. 

Modou-Modou. “Aquellos trabajadores que no tienen un color de piel ‘blanco’ son excluidos de mejores condiciones laborales. En este mercado racista y xenófobo, el trabajo por cuenta propia como vendedores ambulantes es una de las pocas opciones para los migrantes senegaleses”, afirma la investigadora Bernarda Zubrzycki. 

Su carácter informal, el menor control del Estado sobre este tipo de labor, y las dificultades para acceder a un trabajo “en blanco” (valga aquí destacar cómo lo “blanco” se asocia a lo bueno o a lo registrado) crea a los Modou-Modou: en el idioma wólof, el oficial de Senegal significa “pequeño comerciante”, y así se llaman a sí mismos los manteros senegaleses. “Con el tiempo, pasó a denominarse de esta forma a todo migrante que sale del país. En la lógica senegalesa, los documentos sirven para moverse, no para establecerse de manera permanente. Así, se puede pensar a los migrantes como ‘circulantes’”, dice Zubrzycki que es antropóloga, docente y miembro del Conicet.

“Culturalmente nosotros siempre estamos festejando algo”, comenta Moustapha Sarr

No solo manteros. A pesar de que la mayoría de los senegaleses en Argentina trabajan en la venta ambulante, hay algunas excepciones. Uno de estos casos es el del bailarín Idrissa Diop. Famoso en su comunidad, forma parte de los senegaleses que ejercen la profesión que estudiaron en su país natal. Su principal actividad son las clases de danza afro, generalmente en plazas, y a las que convoca mediante las redes sociales. 

Como muchos otros, no estaba en los planes de Diop quedarse en Sudamérica. Llegó en 2018 junto a su grupo de baile “Sonidos de África” para hacer una presentación. Los organizadores del evento prepararon mal su documentación y Diop no pudo continuar con el viaje: “Mi idea era seguir con la gira en esta compañía, tenía programadas fechas para Europa, pero la gente que me trajo fue negligente con mis papeles y no los renovó a tiempo para poder continuar. Como consecuencia, todos mis compañeros se fueron a otros países y yo quedé solo acá”.

Desde los 17 años Diop estudia danza. Aprendió las técnicas en la “capital cultural” de Senegal, la ciudad de Louga. Allí, fue docente en escuelas, con niños, adultos y personas con discapacidades. 

“Después de esa situación en la que nadie se hizo cargo, comencé a dar clases de Sabar, una danza tradicional del Sur de África, en salas de centros culturales, con la ayuda de una argentina que también es profesora de afro”, recuerda Diop. Durante sus primeros meses en Argentina fue parte del staff de baile del cantante colombiano Sebastián Yatra en sus shows en el país, y también acompañó a otros grupos musicales. 

Mbagny Sow. Mbagny Sow es senegalés. Tiene 41 años y lleva ocho en la Argentina. A veces, por la calle le gritan “negro”. Habla cinco idiomas: wólof, su lengua madre, árabe, por su religión, español y portugués, por su historia migratoria, e inglés, el gigante hegemónico. En 2018 actuó en una obra de teatro: Los amigos, un biodrama afro en el que interpretó su realidad: ser senegalés en Argentina. Su co-protagonista fue un amigo que conoció trabajando como mantero en el barrio de Caballito. Evoca su llegada.

—¿Tenías miedo?

—Un poco. Cuando se presenta la necesidad, el ser humano es capaz de muchas cosas.

—¿Cómo empezaste a trabajar como vendedor?

—Cuando llegué vi que estaban comercializando y pregunté dónde comprar. Ellos te dicen. Consulté también los precios.

—¿Y qué te contestaron?

—Se compra en Once y se revende. En la calle, como hacen los senegaleses. 

—¿Y ganan bien?

—No. Es muy complicado. Podes pasar el día entero sin vender nada. Es como cualquier venta. Dicen que los senegaleses somos mafiosos, que trabajamos para alguien, pero no es verdad.  

—¿Pensaste en traer a tu familia?

—No tengo mujer allá… Yo solo tengo a mi madre. No creo que ella quiera venir. Mi mamá me dijo una cosa antes de viajar: “En todo el mundo están las mismas sociedades, a cualquier lugar que vayas depende de vos. Podés encontrar mamá, papá, hermanos, amor. Nadie es malo, solo están los prejuicios”. 

Desde que llegó a Argentina Mbagny no ve a su familia. No sale del país para que su trámite para obtener la ciudadanía no se dificulte.