Es por todos aceptado que se concibe al ámbito escolar como uno de los medios centrales de la civilización a través del cual se asegura la formación ciudadana, el conocimiento, el aprendizaje y el manejo de nuestras emociones. En definitiva, la institución escolar se presenta como el medio a través del cual superamos nuestras pulsiones agresivas y salvajes. El espacio escolar se propone como zona de seguridad, se insta a que así sea y se promueven normativas que colocan crecientes responsabilidades en los docentes mediante legislaciones y protocolos.
La agresión física, verbal o psíquica en los marcos escolares evidencia que en la institución de la civilización se denigra, se hostiga, se aborrece o se ignora. Pero también, en la escuela, cuando se pintan las paredes con amenazas se evidencia la fragilidad del espacio común. Esa expresión disruptiva en el espacio social educativo, en la institución de la civilización, pone de relieve que es posible el rechazo, la cosificación, el recelo y el temor incluso entre quienes parecieran estar igualados en un mismo curso, con un mismo uniforme o guardapolvo. El espacio escolar se asemeja al mundo social en el cual se producen, se reproducen y se refuerzan las más diversas desigualdades.
Lo disruptivo se vivencia como una ruptura, como lo que produce una interrupción abrupta y en tal sentido nos pone de frente con la manifestación de lo siniestro que, como expresó Freud, “debiendo haber quedado oculto, se ha manifestado”. Por ello, todo acto disruptivo en el espacio escolar además de implicar la alteración de lo establecido, desorienta a quienes hacen la escuela y al conjunto de la sociedad. El impacto emocional de lo disruptivo en la escuela evidencia que no comprendemos cómo es posible que instituciones que hemos creado no nos aseguren protección ni bienestar.
El acto del hostigador genera el aislamiento de la persona hostigada porque cosifica un aspecto de esa persona (su color de piel, su creencia, sus modos de expresarse, alguna condición física o cognitiva, un modo de comportamiento, etc.). El hostigador está haciendo un recorte, donde resalta lo extraño, lo llamativo, lo inesperado, “lo raro”.
El hostigador encarna y actúa según valoraciones sociales que construyen un mundo a partir de concepciones dualistas, bien o mal; lindo o feo. Es un acto significativo, plagado de significantes. En definitiva, el acto del hostigamiento cuestiona la fragilidad de la existencia; nuestra falla Ataca aquello que no pareciera vital; la debilidad, la inseguridad, sucede que algo de lo que ha sido reprimido en la psiquis se expresa en las aulas y expone la fragilidad de la existencia. Pero también, en el aula, se hostiga a aquel que no se calla, a aquel que reclama por lo que aún falta, por lo que no se entiende, por lo que se percibe injusto; el que evidencia la falla del sistema (es el nerd, el “traga”, el buchón). Lo reprimido de la vida social emerge toda vez que se señala la falla en el orden social y, en este caso, educativo.
Todas las diversas cualidades que resultan ser hostigadas parecieran tener un equivalente en común y es que evidencian a la vida humana como frágil, e indeterminada y que para asegurar la vida diversa requiere esfuerzos del conjunto y ciertas renuncias. Se establece la necesidad de un colectivo social que garantice la vida individual, sin embargo, desde las consideraciones de las trayectorias educativas de cada estudiante se imponen discursos sociales que parecieran alentar al individuo en contraposición de lo colectivo sin detenerse en que no hay individualidad sin lazo social. En esta estructura social de la desigualdad el hostigado parece evidenciar la falla en el cuerpo individual pero, también, en el cuerpo social poniendo de relieve aquello que se niega cotidianamente.
La vida esbozada en términos estéticos establece una relación donde lo bello y lo feo emergen como equivalentes de lo ético a través de lo bueno y lo malo. El hostigador funciona como la figura de la represión de aquello que desconocemos, pero que es parte de la vida humana; la falla, la fisura. Frente al emergente del tabú opera una represión porque el hostigamiento apunta a silenciar, anular, aborrecer, denigrar a quien evidencia que algo no se inscribe en ese orden. Emerge como una necesidad reprimir aquello que se escapó, y en tal sentido, el hostigamiento termina actuando como garante del orden establecido, intentando clausurar el agujero que la realidad presenta como algo que inquieta o aterra y que provoca angustia porque nos parece extraño y familiar, algo ominoso.
Lo ominoso, lo perverso, lo sublime: lo humano. Nuestro presente nos trae noticias, cotidianamente, referidas a actos que violentan la ley conocida, donde parece emerger un goce en renegar de la norma existente a la cual se la transgrede y se goza de la impunidad de hacerlo, sin castigo. Es la imposición de la ley propia, la del más fuerte, que se impone sobre el sufrimiento de los otros. Acá aparece el acto perverso que irrumpe lo cotidiano y revela que, tras la consideración de normalidad, persistían tendencias que se concebían perimidas y ancladas en un “no” que, habiéndose pensado superado, regresa para manifestarse en circunstancias diferentes pero que se vivencian como similares provocando una sensación ominosa.
La perversión, como concepto y categoría, implica la concepción de volver del revés, pero también erosionar y desordenar. La perversión, entonces, es el acto que altera lo existente y puede ser tanto una expresión abyecta como sublime, según cómo se despliegue. Por eso muchas veces se ha aplicado la definición de perverso a todo aquel que ha buscado alterar las relaciones sociales establecidas; también lo perverso puede implicar volver del revés los derechos humanos adquiridos.
Con la aparición de pintadas en los establecimientos escolares que anunciaban tiroteos con fechas precisas se alteraron las dinámicas escolares pero también el modo de acercarse a la escuela. Cuando las manifestaciones en baños, paredes y redes pusieron en vilo la cotidianeidad escolar, se argumentaba que asistíamos a un fenómeno escolar o un desafío viral o, en su defecto, un acto juvenil. Todas consideraciones que buscaban encorsetar, retornar a la represión o clausurar una problemática social. La preservación del orden implica que lo disruptivo se muestre como excepcionalidad, sin embargo en lo excepcional se expresa la vida que ya no puede ser contenida en los marcos establecidos. La sanción punitiva sobre la niñez y la adolescencia o la multa, sobre los responsables parentales, aparece como medida que pretende recobrar el orden alterado, sin embargo funciona como placebo de tranquilidad toda vez que desconsidera las razones del por qué nacen esas expresiones.
La violencia irrumpe en el espacio de la vida cotidiana y en el medio escolar con una intensidad creciente porque toda emocionalidad es, sin duda, un elemento psicológico, pero es, en mayor medida, un elemento cultural y social que está fusionada con significados culturales y con relaciones sociales. Lo disruptivo se evidencia en un presente donde el drama social, la precarización y la guerra internacional van diseñando los modos relacionales y actúan como organizadores de los comportamientos. Las emociones son aspectos profundamente internalizados e irreflexivos que acontecen porque conllevan suficiente cultura y sociedad. En ese sentido, el medio escolar comienza a ser reordenado relegando su espacio de enseñanza, aprendizaje, escucha y contención para convertirse en un lugar inestable e inseguro, como el mundo en el que vivimos.
El (sin) sentido escolar. Las pintadas en las paredes escolares agujerean la fachada de la escuela porque colocan la amenaza de muerte en el espacio que está lleno de vida, presente y futuro. Cuando la amenaza de muerte o el anuncio de un tiroteo se inscribe materialmente en las paredes de la escuela, lo disruptivo ya no es un acto que se pueda reducir a un tema de normas o protocolos; dicha manifestación produce un agujero, toda vez que se ve dañada la red de significados y discursos que mantienen la consideración de previsibilidad y seguridad que la escuela ofrece, no sólo a los sujetos educativos, sino a la población en su conjunto y a la idea de asegurar la continuidad de la civilización.
Se desgarra la consideración que nos permite habitar la escuela como el lugar donde la palabra es predecesora de la fuerza; con ese desgarramiento se filtra lo que no es posible articular, lo que no puede ser representado y que resulta imposible de ser asimilado. La amenaza de tiroteos en las escuelas coloca la presencia de la muerte, pero también expone aquello de lo innombrable toda vez que en las paredes de la escuela se quiebra el mandamiento del “no matarás”. Buscar modos de encorsetar y reprimir esta manifestación encuentra en lo punitivo una aparente salida, pero que es superflua toda vez que actúa como acción meramente autoritaria; tapona pero no resuelve. En cambio, un acto que permita tomar lo acontecido para hacer otra cosa debería interrogarse sobre lo posible, lo permitido, pero sobre todo, por el malestar que habita en los mensajes. Establecer un corte, una barrera, se vuelve un acto civilizatorio si estimula el lenguaje que habilite modos sublimes capaces de promover la diversidad de las expresiones de la vida humana.
La caída de la representación de la ley nos deja a merced del goce puro, de la destrucción y de los vítores por la guerra. La niñez queda expuesta a los tiros y al abrigo del algoritmo, que fomenta una multitud atomizada de individuos absorbidos por las pantallas. Asistimos a una potencial subjetividad difuminada, o evaporación del pensamiento, toda vez que encontramos en los sesgos de las aplicaciones y sus algoritmos la sensación de contención porque nos interpela, nos brinda lo que nos gusta e incluso, aquello que nos moldea.
Esta fragmentación de los vínculos se inscribe en un escenario más amplio en el que asistimos al incremento de la productividad a través de mayores ritmos de trabajo, facilitado por la tecnificación que conlleva mayores tareas automatizadas y simplificadas provocando que se deleguen funciones, no solo físicas, sino mentales y subjetivas en el proceso de tecnificación. Este salto cualitativo del modo de producción implica reducción del requerimiento de fuerza de trabajo y simplifica las tareas que se desarrollan, de modo que el contenido de la enseñanza pareciera perder sentido toda vez que se insta a formar en habilidades emocionales y conocimientos básicos con la justificación de que el mundo es incierto. La incertidumbre es la confesión de que la tecnificación se abre paso sin planeamiento.
La enseñanza como acto social. En la actividad educativa es necesario asumir la existencia de las tensiones y las pujas que condicionan la práctica de la enseñanza y del aprendizaje porque cuando el rol docente encarna una ley y una perspectiva se encamina a conformarse como autoridad pedagógica. Esto se debe a que la figura del docente, mediante la enseñanza, reduce la incertidumbre y es capaz de brindar orientación a las emocionalidades y al desconocimiento; porque niños, niñas y adolescentes atraviesan un periodo crucial durante el cual siempre es posible tomar una nueva dirección en el desarrollo, que involucra la elaboración de la propia identidad y del sentido de la vida y la responsabilidad social.
La enseñanza amplía y desafía a conquistar nuevas áreas del conocimiento pero también genera nuevas habilidades y capacidades humanas; quién no se atrevía a hablar por vergüenza, aprende a superarla para cumplir un objetivo educativo; quién no vivió en su piel ciertas lastimaduras, puede sentirlas y aprender la empatía a través de la literatura. Cada disciplina, cada asignatura está ahí para abrir el mundo para conocerlo y al hacerlo, cada asignatura despierta las habilidades y las emociones para poder abordarlo. Sin la práctica de la enseñanza el aprendizaje queda a merced de los embates de la vida social. Fortalecer la enseñanza requiere asegurar la libertad de expresión y la tarea de reclamar, sostenidamente, la atención del estudiante mediante el señalamiento porque, al hacerlo, se orienta hacía algo, pero también se alude a alguien.
El señalamiento convoca la atención; solicita que levanten la vista de su propio lugar y promueve ver más allá desde donde se parte. El señalamiento evidencia el mundo y al humano en su crudeza, ese lado oscuro; de esa manera habilitamos el espacio del habla y de la escucha asumiendo lo sublime y lo abyecto de lo humano. A través del señalamiento se le pide a alguien que atienda al mundo y de ese modo se convierte en un gesto de apertura porque abre el mundo al estudiante y también abre al estudiante al mundo. La realidad es expuesta, es observada. Ante lo expuesto asumimos nuestra subjetividad toda vez que somos responsables de lo que vemos, porque para ver el mundo se requieren capacidades cognitivas, saberes científicos, habilidades emocionales, conocimiento fidedigno, formación cultural y el desarrollo de nuestro carácter.
Un señalamiento implica que el estudiante se pregunte por el lugar que ocupa y por el que quisiera ocupar en el mundo en el que vive, pero también habilita nuevos modos de querer vivir en el mundo. En definitiva, esta apertura coloca el desafío de profundizar la consideración sobre el alcance de la potencialidad humana, para lograr que lo sublime trace una perspectiva donde se realice lo fraterno de la humanidad.
*Sociólogo. Director de escuela. @profedmelcer. Esta opinión resume un capítulo escrito por el autor, que integrará el libro “De la curiosidad al riesgo”, compilado por Macarena Cao Gené y que será publicado en septiembre de 2026, por Raíces Editorial.