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ELOBSERVADOR / ¿universidad netflix?
viernes 1 junio, 2018

Formación docente: el riesgo de “uberizar” la educación

El autor plantea su disenso con el proyecto UniCABA para nuevos maestros y sobre las expresiones de María Eugenia Vidal acerca de las universidades del Conurbano.

Alejandro Artopoulos

Protestas. Hoy hay 29 centros de formación para quienes educarán a los jóvenes. Desde esos sectores se inició el rechazo generalizado contra el proyecto oficial. Foto: cedoc

“Cuando cada casa tenga una computadora conectada a enormes bibliotecas, desde chicos nuestros hijos podrán preguntarse lo que quieran, cuando quieran. Entonces, todos disfrutarán aprender”. El autor de la frase fue Isaac Asimov. Es de 1988.

Diez años antes de internet, en una sola frase, el patriarca de la ciencia ficción anticipó tres tecnologías que dieron vuelta la educación como una media: Google, Wikipedia y YouTube. Murió en 1992. No pudo comprobar que su predicción estaba cargada de un deseo difícil de cumplir.

A pesar de los avances en algoritmos de búsqueda, video en línea, tabletas y apps, todavía hoy escuelas y universidades siguen cumpliendo su función de la forma que la conocimos en el siglo XX. Los gobiernos no han priorizado conectar sus aulas a internet ni sus docentes han tenido tiempo ni apoyo para incorporar la realidad de la Sociedad de la Información y el Conocimiento.

Soluciones mágicas. Por eso no sorprende que una vez más tengamos que lidiar con la imprudencia del optimismo tecnológico, que promete soluciones mágicas, allí donde solo se animarían a entrar funcionarios con temple de estadistas capaces de proyectar una visión que combine tecnología con pedagogía.

Ya nos pasó con Conectar Igualdad. Ahora nos está pasando con la Secundaria del Futuro y la UniCABA, esa universidad para la formación docente que pretende instalar el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y que haría punta para todo el país. Proyectos que se lanzaron en la Ciudad con la bandera de la transformación digital, que no solo carecen de una estrategia pedagógica sólida, sino también desconocen las tecnologías de vanguardia.

Silicon Valley en las aulas. El proyecto UniCABA no solo pretende dar de baja el núcleo del sistema formador de docentes del área metropolitana de Buenos Aires –que funciona tal como el sistema de salud pública de la Ciudad, atrayendo por su calidad a la población del Gran Buenos Aires–, sino que se presenta argumentando que la UniCABA se instalará en el nuevo “Silicon Valley” porteño, en Núñez. Acompañando el estilo “innovador”, algunos especialistas han sugerido que dicha universidad debería seguir un nuevo formato de enseñanza, el paradigma de universidad Netflix.

¿De qué se trata la propuesta? Propone aplicar en la UniCABA el método de enseñanza de páginas como Coursera o edX, conocido como MOOCs, cursos masivos abiertos en línea, cursos gratuitos que usan como recursos principales el video, los foros electrónicos y la autocorrección entre pares. Idea que podría resultar razonable si algún país la hubiera probado. Pero lamentablemente los MOOCs nunca se utilizaron para la formación docente. Antes bien, los países que sacan buenas notas en las pruebas PISA de calidad educativa desaconsejan formar docentes con cursos virtuales.

La clase dirigente se obstina en suponer que, como en el resto de la sociedad se impusieron las tecnologías digitales, la educación no se modernizó por capricho de sus actores. Como si esas instituciones, que tuvieron que sufrir violaciones a la libertad de cátedra durante las dictaduras, hubieran llegado fresquitas al cambio de paradigma de la transformación digital. Con el agravante de que se tuvieron que desayunar, al despertar de la primavera democrática, con que la hiperinflación y la crisis de 2001 les dejaron el regalito de 30% de pobreza. Se confunde falta de inversión estatal y de liderazgo innovativo de los ministerios de Educación con resistencia política al cambio. Por eso se apuesta al pensamiento tecnológico mágico.

Errores no forzados. Parece ser que el zafarrancho que en la era K depositaba su fe transformadora digital en el software libre no fue suficiente. Ahora la nueva medicina son los MOOCs y el big data. A los errores no forzados de la economía les sumamos los de la educación. Con ideas retrógradas como las de la gobernadora Vidal, que sostiene que las universidades públicas de su provincia están de más porque “todos sabemos que nadie que nace en la pobreza llega a la universidad”, utilizan el garrote de la tecnología Netflix para deteriorar la imagen de la profesión docente, mientras eligen proteger a los taxistas de Viviani del cuco de Uber. Dime a qué sindicato te alías y te diré cuán cerca estás de la Sociedad del Conocimiento.

La nueva administración, cegada de las brillantes innovaciones de los “héroes” del Silicon Valley, no solo inspira para alquilar la pelopincho del fondo en el verano, tal cual recomendó Andy Freire (no

Paulo, se entiende), sino también sugiere que puede transformar la educación con pociones digitales capaces por sí solas de contagiar el “disfrute de aprender”.

Fábrica de títulos. La metáfora de la universidad Netflix podría resultar atractiva dada la popularidad de la experiencia placentera de los videos en línea, si no fuera porque desconoce la realidad de la I+D más avanzada de la enseñanza en el nivel superior. Las plataformas de MOOCs saben que con los cursos virtuales no alcanza, de manera que ahora han vuelto a las universidades “reales” en busca de alianzas para crear programas extensos que eleven la calidad de su oferta.

Sus cursos han sufrido mucha deserción y para controlarla necesitan del compromiso de estudiantes enfocados en programas largos en universidades de verdad. Han descubierto que el video grabado no se compara con la interactividad de la relación presencial, sea en el aula o en el vivo de videoconferencias en línea. El aprendizaje pasivo claudica frente a la poderosa relación de ida y vuelta docente-alumno.

En realidad, en los países desarrollados a las universidades tipo Netflix se las conoce como “Diploma Mill” o “Fábrica de títulos”. Un largo historial de prontuarios en la Justicia Penal de universidades virtuales, salidas de la galera, a las que se les ha comprobado fraude por extender títulos ilegítimos, con estafas millonarias a sus alumnos-víctimas.

Este optimismo subdesarrollista, para bautizarlo de alguna forma, que no conoce diferencias políticas, de señores grandes que apenas manejan el e-mail, no se ha enterado de que hace tiempo el mundo dejó de estar abrigado por las mieles de la Sociedad del Conocimiento. Que las mismas maravillas del nuevo orden digital que pueden reducir el alquiler de un depto en Nueva York amenazan en tándem con destruir la poca o mucha calidad educativa que se ha conseguido, y convertir la democracia moderna en un peligroso régimen político de robo de datos para la manipulación del votante. En tiempos de WikiLeaks, Rusiagate y Cambridge Analytica, no podemos seguir alegremente ponderando las bondades del big data en la sociedad y en la educación. Deberíamos pensar las plataformas y la inteligencia artificial como tratamos a las centrales nucleares y al plutonio.

Antes de experimentar en el laboratorio del terror educativo, deberíamos aplicar tecnologías probadas para mejorar lo que tenemos. Por ejemplo, los sistemas antiplagio. Sistemas que pocas universidades utilizan en Argentina. Fueron los mismos e inocentes algoritmos los que descubrieron, en 2013, que la ministra de Educación alemana había plagiado su tesis doctoral en 1979. Tuvo que renunciar, aun cuando era amiga de la canciller Merkel.

Treinta años después de la “predicción” de Asimov, sabemos que la inmediatez de obtener la información que buscamos no da más ganas de aprender. Ya que el esfuerzo de aprender no desaparece cuando facilitamos el consumo y acumulación de datos. Solo lo hace cuando los vínculos emocionales entre el docente y sus alumnos, y de los alumnos con la sociedad, encienden el deseo por saber más. El aprendizaje no mejora por la reducción de costos de obtener información sino por la inquietud de invertir nuevos esfuerzos para avanzar sobre lo desconocido y aportar a un bien superior. Ansia que una fría pantalla LED no puede brindar.

Falso remedio. Llegando tarde donde nunca pasa nada, traen noticias de ayer para reparar las partes del sistema educativo que no están rotas. Cuando se aplican tecnologías copiando acríticamente modelos, corremos el riesgo de rediseñar una educación que en vez de solucionar la pobreza la multiplica, la de los pobres y la del país, y corremos el riesgo de uberizar una educación que ya está bastante precarizada y privatizada. En resumen, el remedio es peor que la enfermedad.

Nuestras universidades necesitan tecnología, sí, plataformas de enseñanza y otras tecnologías del aprendizaje probadas, pero lo que realmente necesitan son profesores probos que hayan alcanzado el máximo nivel posible, a tal punto que sea ridículo reemplazarlos por algoritmos.

Los 29 profesorados no necesitan una UniCABA porque tiene las/los profesoras/es, solo necesita un Estado que los modernice con inversiones genuinas para que las instituciones que dieron vida a nuestro sistema educativo desde los tiempos de Sarmiento vuelvan a tener el brillo que supieron conseguir. Nuestro GBA necesita universidades con más profesores-investigadores que formen nuevos profesionales salidos de la pobreza, como ya sucedió con los hijos de inmigrantes, y transfieran sus conocimientos a las pymes. #NiUnaUniversidadMenos.

Las plataformas de enseñanza nunca van a reemplazar a las escuelas, a #NuestrosProfesorados y a las universidades, aunque sí van a tener un rol fundamental en la redefinición de la educación. Los gobiernos pro mercado encuentran en la encrucijada de la educación con la tecnología un terreno virgen. Amenazados por la “sociedad de la ignorancia”, como afirmó Van Dijck, hay que recordarles que la educación, en su cruce con el mercado tecnológico, sigue siendo un bien público que debe ser protegido por el Estado para toda la sociedad.

*Sociólogo, director de I+D CIF Universidad de San Andrés.


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