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ELOBSERVADOR / cambios en la sociedad
sábado 14 abril, 2018

Futuribles

Hay una manera de saber lo que va pasar en el mañana: la prospectiva demuestra que lo que llega siempre guarda una relación directa con el presente. El ex presidente señala cuáles son las ramas del saber en las que el cambio ya se produce.

por Eduardo Duhalde

Tokio. La forma de vida en las megaciudades, tal como se da hoy en día, es inviable. Se trata de cambiar también las relaciones. Foto: CEDOC
sábado 14 abril, 2018

Quiero completar esta serie de artículos que he venido publicando semana a semana con una reflexión sobre el futuro de la Argentina y el mundo.

Para ello, prescindiré de los dudosos recursos de las artes adivinatorias, la astrología o la quiromancia y me valdré de las herramientas que un conjunto de disciplinas llamado Prospectiva nos provee.

Conocí la Prospectiva en los años 70, a través de una serie de conferencias que se dictaron en la Universidad de El Salvador y ya no pude dejar de estudiarla.

La idea central de esta forma de planeamiento estratégico es que el futuro no existe, sino que es una construcción colectiva y, por lo tanto, el fruto de decisiones anteriores. Hoy, por ejemplo, estamos viviendo en un futuro basado en nuestras decisiones del pasado.

Si adoptamos ese punto de vista, es sencillo darse cuenta de que, a partir de lo que ya sabemos que está ocurriendo y va a ocurrir en el futuro cercano, podemos imaginar distintos tipos de futuro posibles que serán el resultado de nuestras acciones. Estos futuros posibles se llaman futuribles y sobre ellos se está trabajando en las grandes empresas y en muchísimos gobiernos del mundo.

La razón de la adopción de la Prospectiva es que en el pasado los grandes cambios se producían lentamente, de modo que las sociedades podían ir adaptándose a ellos a medida que las novedades se incorporaban; por ello, alcanzaba con el planeamiento. Pensemos en el automóvil, por ejemplo. Cuando apareció, a finales del siglo XIX, el mundo estaba pensado para caballos y carruajes. Lentamente, a medida que el automóvil demostraba su superioridad y las sociedades lo iban adoptando, el mundo fue cambiando. Se idearon formas de que el combustible fuera suficiente y estuviera al alcance de los usuarios, se modificaron las rutas y caminos, se instruyó a personas para que fueran capaces de fabricarlos, repararlos y conducirlos. Hoy, nos parece natural que haya semáforos y carreras de Fórmula 1, pero no siempre fue así. Eso fue en el pasado.

Para comprender cómo ocurren las cosas hoy, pensemos en ese complejísimo instrumento que nos acompaña a todas partes y del que algunos tienen dos, tres o cuatro ejemplares: el celular.

La primera red de telefonía móvil nació en Japón en 1979. Es decir, hace 38 años. En ese lapso, las transformaciones han sido tantas que ya es obvio que lo seguimos llamando teléfono por comodidad, pero que sus funciones exceden por mucho las de un teléfono hasta abarcar, en algunos casos, prácticamente el total de nuestras actividades.

La pregunta sería: ¿era posible imaginar, hace 38 años y frente a ese enorme mamotreto que eran los primeros aparatos portátiles, esta realidad de hoy? Seguramente la respuesta es no, pero también seguramente ya había expertos que se daban cuenta de que estábamos frente a una novedad que generaría cambios importantes en toda la sociedad, no solamente en las comunicaciones. No se podía saber a ciencia cierta cuáles serían esos cambios, pero se podía estar preparado para cambiar.

Pues bien, la propuesta es hacer lo mismo a nivel de países, de regiones, del mundo.

Por supuesto, no es en un artículo periodístico donde esa tarea se puede exponer y desarrollar en su totalidad. Pondré simplemente algunos ejemplos para que se comprenda mejor mi propuesta.

Agua. Es por eso que las regiones privilegiadas como Latinoamérica, en la que se encuentra el 31% del agua potable del planeta, deben pensar cómo preservarla y cómo aminorar los efectos perniciosos de los cambios climáticos que azotan la región. Es decir, si elegimos un futurible donde el agua será un bien preciado, debemos ya empezar a protegerla.

Ciudades. La población del mundo se calcula hoy en 7.300 millones de personas y crecerá a 9.700 millones hacia 2050. De ellas, y por primera vez en la historia de la humanidad, más de la mitad vive hoy en ciudades. Las megaurbes, del estilo de Tokio, México DF, San Pablo o Buenos Aires, son cada vez más inviables a partir de los problemas de contaminación, energía y hacinamiento que producen. Países como la Argentina, con abundante superficie y solamente 14 habitantes por km2, están en una posición privilegiada para elegir un futurible en el que los habitantes vivamos en ciudades más pequeñas, distribuidas en todo el territorio nacional. Para eso, tanto el Estado nacional como los Estados provinciales y sobre todo las municipalidades deben realizar un esfuerzo consciente, coordinado y sostenido, generando las condiciones para que las personas encuentren trabajo, salud, servicios y calidad de vida en sus lugares de residencia y no tengan que trasladarse a vivir en las periferias de una megaurbe para encontrarlos.

Trabajo. La automatización y la robotización del trabajo conllevan numerosos beneficios para las empresas y los usuarios, y mejoran el crecimiento económico general de los países. La contracara de estos avances será el desempleo. Según los estudios realizados, siete de cada diez empleos actualmente existentes no existirán en los próximos veinte años. Y se crearán cinco. Pero ninguno de los siete desocupados podrá optar por uno de los cinco nuevos lugares por falta de capacitación. Una vez más, han de ser los Estados los que elijan un futurible en el que la gente esté preparada para los cambios esperados, adquiriendo nuevas habilidades con alta demanda y en sectores que no pueden ser dispersados ​​por el impacto de la automatización. Esto compromete fuertemente a la educación y a los sistemas de redistribución de ingresos; por eso, en muchos países como EE.UU., Finlandia, Canadá y Suecia se están implementando planes piloto de Renta Básica Universal, que consisten en la entrega a las familias de una cantidad fija de efectivo que cubra las necesidades más elementales sin ningún tipo de contraprestación.

Educación. Como es obvio, todos los cambios que hemos enumerado y los que el espacio no nos permite nombrar generarán cambios enormes en los conocimientos necesarios para desenvolverse en las sociedades futuras. El modelo educativo tradicional en boga durante más de un siglo entró, a partir de esos cambios, en crisis. En el futuro, los sistemas educativos deberán ser flexibles para adaptar la enseñanza y el aprendizaje a la situación de los estudiantes, tendrán que incorporar competencias cognitivas, de carácter, sociales y de liderazgo, a las habilidades instrumentales básicas que hoy se imparten e introducir una transformación profunda de las habilidades que hoy se consideran necesarias en los docentes, entre las que la formación continua será la principal.

Presente. Como se ve en estos pocos ejemplos, el futuro se nos presenta como un desafío apasionante.

Solo falta que todos, empezando por los que tienen responsabilidades de conducción y liderazgo, estemos a la altura de las exigencias.

Para ello, vengo proponiendo desde hace tiempo la creación de “comisiones de futuro” a nivel de municipalidades, provincias y nación, integradas por un grupo de expertos que analicen los futuribles que se ofrecen, seleccionen los mejores y tracen las estrategias que permitirán alcanzarlos.

No es ninguna locura. Comisiones similares ya existen en todos los países de Europa, con Finlandia, la pionera, a la cabeza, y en muchos países de América Latina. Lamentablemente, la Argentina corre en ese rubro con retraso. Pero a no bajar los brazos. Si abandonamos las guerritas estériles en las que nos enredamos a cada rato y ponemos la mira en los grandes objetivos, estamos a tiempo todavía de construir futuribles que les garanticen a nuestros hijos y nietos un país mejor.

*Ex presidente de la nación.


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