lunes 04 de julio de 2022
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La sombra de Perón y la Triple A en el crimen del cura Mugica

Un libro de reciente publicación aborda el vínculo entre Perón y el grupo parapolicial y reconstruye una época sangrienta del país. Aquí, cómo fue el asesinato del cura villero.

02-08-2015 07:50

El sacerdote Carlos Mugica, fundador de la parroquia Cristo Obrero en la Villa 31 de Retiro, fue asesinado el 11 de mayo de 1974 en la zona de Villa Luro. Cayó alcanzado por las balas de un desconocido que huyó en un automóvil donde lo aguardaban sus cómplices.

Jamás se descubrió la identidad de los autores, aunque todo indica que fueron miembros de la derecha peronista que, desde el 20 de junio del año anterior, cuando se produjo el tiroteo en Ezeiza, actuaba desembozadamente con el evidente apoyo del gobierno. El episodio despertó el repudio generalizado y elevó voces de protesta contra los asesinos.

Mugica era miembro del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y colaboraba con los humildes vecinos de la villa. Si bien durante un lapso mantuvo relaciones cercanas con la organización Montoneros, había tomado distancia en desacuerdo con las posturas políticas críticas al entonces presidente Perón y al militarismo de la organización. Sin embargo, ese distanciamiento no le valió el reconocimiento del gobierno, que continuó considerándolo un enemigo peligroso.
Es curiosa la historia de este sacerdote villero, admirado y querido por amplios sectores populares, despreciado por la aristocracia porteña en cuya cuna había nacido y, a la vez, vilipendiado por el gobierno nacional y por quienes se adjudicaban la representación del verdadero peronismo.   

Basta recorrer los diarios y publicaciones de la época para encontrar el despliegue periodístico que produjo el crimen. Todas las primeras planas de los diarios fueron dedicadas al episodio, todas las radios y canales de televisión se ocuparon de difundirlo. Sin embargo, el gobierno calló. Con una indiferencia que no cabía en un Presidente de la Nación, ignorando la muerte de un miembro de la Iglesia Católica, Perón prefirió callar.

Según Gustavo Caraballo, entonces secretario técnico del presidente, cuando le llevó el parte de prensa y le comunicó el asesinato “no le mereció atención alguna” […] Y mi intuición me decía que Perón sabía o presumió que López Rega estaba detrás de la muerte de Mugica…”(ver Debate, año 4/Nº 202).

Esa indiferencia se manifestó públicamente cuando el mismo día y a la misma hora en que velaban el cuerpo de Mugica, y una multitud acompañaba el féretro, Perón recibió a los miembros de la comisión organizadora de los actos del 1º de Mayo. Lo hizo junto con su esposa, Isabel Martínez, y con su secretario privado y ministro, José López Rega.

El presidente besó y felicitó a la Reina del Trabajo y sus dos princesas, acompañadas por los dirigentes gremiales que no eran ajenos a la ola de sangre desatada.
Como si nada hubiera ocurrido, Perón prefirió dar una clase magistral sobre el feudalismo en el Medievo, el surgimiento de la burguesía en la historia europea y la aparición de la filosofía marxista, a la que definió como un sistema de capitalismo de Estado. Defendió el proyecto justicialista y repitió su alerta sobre los enemigos de “adentro”, los “microbios metidos dentro de la organización” mucho más peligrosos que los de “afuera”, naturalmente refiriéndose a Montoneros. Ni una palabra sobre el crimen del sacerdote.

El gobierno no le perdonaba a Mugica que hubiera tenido simpatías hacia el montonerismo, más allá de que esas simpatías ya se habían enfriado públicamente. Lo notable es que tampoco la izquierda peronista le perdonaba su alejamiento. Mugica había quedado acompañado, solamente, por los habitantes de las villas humildes.

Prueba de ello es que la revista Militancia, dirigida por Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, lo había condenado a una “Cárcel del Pueblo” virtual. Era esta una sección fija dedicada a denunciar a los “enemigos del proyecto de liberación”. La ilustración mostraba a un gorila entre rejas y, junto a él, a un “enemigo”.
Un ejemplo del carácter de la “cárcel del pueblo” que se reiteraba en todos los números de la revista, es la del 6 de diciembre de 1973, dedicada a uno de los personajes más odiados: José López Rega.

Otro es el ejemplar del 24 de enero de 1974, donde se encarcela a la dirigencia gremial: “Conjunto pedante de burócratas sindicales, asesores de Otero [ministro de Trabajo de Perón] pistoleros, coimeros, patoteros, macartistas, pretende levantar las banderas de un movimiento como el peronista, caracterizado por su lucha, sus muertos, su resistencia permanente a la opresión”.

Hasta allí, todo se enmarcaba en el contexto de la lucha dentro de las fronteras del peronismo. Pero en el número 38, publicado el 28 de marzo del mismo año, la sección del “gorila” en la “Cárcel del Pueblo” fue dedicada a Carlos Mugica. “Dos mil años de política terrena ha enseñado mucho a la Iglesia Católica […] Están los curas humildes y silenciosos, y están las estrellas publicitadas. A esta última especie pertenece Carlos Mugica, superstar” [...] “Carlitos, (como lo llaman los vecinos de Copérnico y Gelly Obes, corazón del Barrio Norte). Trata de ser al mismo tiempo un conservador progresista, un oligarca popular, un cura humilde y bien publicitado, un revolucionario y defensor del sistema. Y así le van con el resultado”.

 Y prosigue: “Su hábitat en el Barrio Norte y sus amistades le permiten no romper los lazos creados en su carácter de Mugica Echagüe [segundo apellido del cura. N. de R.] su condición de colaborador de Bernardo Neustadt en la revista Extra le abre las puertas de la contrarrevolución avalado por su círculo de relaciones (aunque ha perdido algunos amigos como Hermes Quijada).” [La referencia es al almirante Quijada, muerto en un atentado por el ERP 22].
“Como si fuera un corcho, siempre flotando aunque cambie la corriente. Montonereando en el pasado reciente, lopezregueando sin empacho, después del 20 de junio, Carlitos Mugica, cruzado del oportunismo, ha devenido en ¡depurador ideológico!”.

“Por todo lo expuesto, quede Carlos Mugica preso en la Cárcel del Pueblo, aunque se quede sin asistir al casamiento de la hija de Llambí con Sergio Patrón Uriburu”.Algunos han intentado utilizar esos epítetos a Mugica para cargar las culpas de su crimen a la izquierda peronista. No hay constancia de ello. Y todo hace presumir que fue Rodolfo Almirón, miembro de la Triple A y funcionario del gobierno, quien lo mató.

Sin embargo, el maltrato que destilan las palabras dirigidas a Mugica ilustran las dificultades que tenían quienes pretendían mantener cierta distancia de la violencia instalada. Porque, ¿qué tenía en común Mugica con López Rega, Otero y la burocracia sindical como para ser incluido en la misma “cárcel”?.

Paradójico y amargo destino de un hombre sensible y comprometido, que quedó encerrado entre varios fuegos: el peronismo de derecha, el peronismo de izquierda, y el desprecio de Perón.

Tiempos en que la disidencia no se toleraba.

*Autores de Perón y la Triple A, las 20 advertencias a Montoneros.

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