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ELOBSERVADOR / nocturnidad
sábado 15 febrero, 2020

Ni un solo Fernando Báez Sosa más

Se debe implementar una legislación que ponga en manos de las autoridades las herramientas para preservar la seguridad y la salud de adolescentes y jóvenes. Que nuestros representantes reaccionen de inmediato.

Villa gesell. Un asesinato que provocó en la sociedad una indignación que, a medida que pasan los días, lejos de apaciguarse se incrementa. Debemos reaccionar. Foto: cedoc
sábado 15 febrero, 2020

El asesinato brutal de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell ha provocado en la sociedad una indignación que, a medida que pasan los días, lejos de apaciguarse se acrecienta. Esa indignación tiene su origen no solamente en el hecho en sí, cruel y aberrante, sino también en que nos pone frente a una realidad que se repite temporada tras temporada, sin que nadie tome cartas en el asunto.

Estamos frente a dos problemáticas que es necesario abordar y resolver en forma inmediata. Por un lado, la violencia que se evidencia cotidianamente en la sociedad y que se refleja en los homicidios, femicidios, golpizas y abusos de todo tipo, así como en un evidente estado colectivo de intolerancia. Es una problemática cultural y educativa que debe abordarse desde toda su complejidad.

El otro aspecto que el caso de Fernando nos revela es la total ausencia del Estado en la prevención y el control de las causas que están en el origen de estos crímenes, y la inexistencia de una legislación específica. A esto y a la necesidad de que las autoridades reaccionen de inmediato quiero referirme en este artículo.

 

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Reflexión y controles. En medio de la tristeza y la impotencia que estos hechos producen, creo que, por la gravedad de esta situación, se abre una oportunidad cierta para que la sociedad en su conjunto reflexione y exija medidas que permitan un control estricto de la nocturnidad y la prevención y eliminación de la actividad delictiva que hoy en muchos casos la acompaña. Y, al mismo tiempo, para que legisladores y autoridades nacionales, provinciales y municipales reaccionen positivamente.

En mis libros "Hacia un mundo sin drogas", de 1974 y "Familia, sociedad, política y drogas", de 1997 conté en detalle cómo enfrentamos el problema, que tomó rápido auge por aquellos años, en la provincia de Buenos Aires. Sintéticamente, digamos que cuando asumí como gobernador, en 1991, nos encontramos con un panorama desolador. Entendí que debíamos respetar un nuevo modelo social de lo que conocíamos como “fiesta”, pero también alertar y ayudar a los padres a prevenir los excesos y abusos de aquéllos que lucraban con el negocio.

Sorprendentemente, las medidas que pusimos en marcha encontraron no solamente la oposición, esperable, por otra parte, de los “empresarios de la noche”, que veían afectados sus intereses, y la de los jóvenes, que simplemente querían “divertirse”, sino también la de la clase política que –muchas veces por ignorancia y otras por oportunismo– hablaba de “limitación de las libertades” y pedía en nombre de la libertad de comercio (a coro con los empresarios) “no poner límites a la actividad”. En paralelo, una buena parte del periodismo apoyó esas opiniones, caracterizándolas como “expresiones de heroica resistencia al autoritarismo y la arbitrariedad”.

 

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El resultado fue que las medidas que se implementaron (entre otras, la limitación de horarios de apertura y cierre, la prohibición de venta de alcohol a menores, la imposibilidad de vender alcohol en quioscos y estaciones de servicio, los controles de alcoholemia que modificaron la Ley de Tránsito Provincial) fueron aplicadas “a desgano” o simplemente fueron ignoradas, esterilizando una gran parte del esfuerzo realizado y revirtiendo con el paso del tiempo los alentadores resultados iniciales.

Muchas veces, la sociedad necesita un hecho conmovedor que la obligue a salir de la inercia del “no se puede hacer nada”.

 

Muchas veces, la sociedad necesita un hecho conmovedor que la obligue a salir de la inercia del “no se puede hacer nada”.

 

Carrasco. La muerte del conscripto Omar Carrasco, en 1994, por ejemplo, llevó a la desaparición del ya muy desprestigiado Servicio Militar Obligatorio. Otro hecho ejemplar fue el secuestro y asesinato de Axel Blumberg, en 2004, cuyas repercusiones obligaron a las autoridades a cambiar la legislación penal para ese tipo de delitos.

Hoy nos conmueve la muerte de Fernando Báez Sosa, no porque sea un hecho de características desconocidas, todo lo contrario, el fenómeno que mezcla vacaciones, alcohol, excesos, jóvenes y violencia no es nuevo ni tampoco es local. Estas características de la nocturnidad de una parte de la juventud comenzaron a aparecer en Europa en la década del 70 y llegaron a la Argentina sobre el final de los 80. Episodios trágicos, como el caso Kheyvis, ocurrido en 1993, nos decían que el fenómeno ya estaba instalado en nuestro país. Sin embargo, “la opinión pública” de entonces se opuso al intento de regular la nocturnidad para que la diversión de la adolescencia y juventud no se contaminara con el consumo de alcohol y drogas y se preservara de la violencia y todo tipo de excesos.

Mientras tanto, en los países de Europa se regulaba la nocturnidad, atendiendo a parámetros sanitarios y de salud comunitaria. Solo por enumerar algunos ejemplos, digamos que en los Estados Unidos el límite de cierre de los locales nocturnos es entre la una a las tres de la mañana. En Gran Bretaña, si la diversión nocturna es con espectáculos culmina a la una de la madrugada; de lo contrario a las once de la noche. En Francia, entre la una y las tres de la mañana, aunque allí hasta los 16 años no se puede ingresar a estos lugares si los menores no están acompañados por los padres, con prisión de 2 a 3 años o multa de 15 a 25 mil dólares para quien incitara al consumo de alcohol a menores. En Suecia, los horarios son similares, y además, los padres pueden controlar legalmente las discotecas.

Futuro. Pero evitemos anclarnos en el pasado y vayamos hacia una actitud positiva: aprendamos de los errores y preparémonos para un futuro mejor. Mi propuesta es que honremos la memoria de Fernando Báez Sosa, y en él a todos los chicos y chicas, muertos, heridos y dañados por la ausencia y/o falta de normas y medidas que regulen la actividad y protejan a nuestros jóvenes instalando en la sociedad un debate serio, responsable y efectivo, que conduzca a establecer reglas de juego que los protejan de la insaciable codicia de algunos mal llamados “empresarios de la noche” y de sus nefastos resultados.

 

Mi propuesta es que honremos la memoria de Fernando Báez Sosa instalando en la sociedad un debate serio, responsable y efectivo,

A todos los niveles institucionales deberán coordinarse horarios de apertura y cierre de “los boliches” y de las llamadas “fiestas” en otras locaciones. En esos sitios y en los alrededores de los mismos deberá prohibirse la venta de alcohol a menores de edad y el acceso de estos a dichos locales. Las distintas modalidades que hoy pervierten la nocturnidad y la diversión deberán ser atacadas con reglas estrictas y precisas. Y la violación a las normas deberá ser penada con fuertes multas y el cierre de los locales.

En fin, es necesario implementar una legislación que ponga en manos de las autoridades las herramientas para preservar la seguridad, y la salud de adolescentes y jóvenes. Movilicemos a las familias y exijamos a nuestros representantes que reaccionen de inmediato, para que no haya un solo Fernando Báez Sosa más.

 

*Ex presidente de la Nación.


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