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ESPECTACULOS / Crítica cine
sábado 8 junio, 2019

Dolor y gloria: Almodóvar y una autoficción sobre su pasado

La última película del director manchego es un repaso autobiográfico en clave ficticia.

Juan Carlos Fontana

Antonio Banderas, reconocido en Cannes. Foto: UIP

Calificación: Buena.

A sus 69 años, Pedro Almodóvar hace como un “acto de contrición”, de arrepentimiento, sobre su vida, en la que el hijo pródigo del cine español pareciera querer disculparse sobre lo hecho ante el personaje de su madre –una exquisita interpretación de Julieta Serrano– y sus amigos. Sin escatimar en su autoficción una estética tan refinada, como kitsch, exponente del universo almodovariano, que como Elton John en su Rocketman construyó este inventario existencial a la medida de sus ganas.  
Como si fuera un collar de perlas atractivamente desparejas, Almodóvar reelabora escenas de su infancia, de su niñez y de su adultez, utilizando como su álter ego a Antonio Banderas, en la piel de un director de cine y teatro Salvador Mallo, ya retirado debido a sus varios problemas de salud. Esta Dolor y gloria es pariente de La ley del deseo y La mala educación, porque en ellas se filtraban desde su educación en un colegio religioso hasta su atractivo por aquellos de su mismo sexo.
Acá el cineasta concreta un film íntimo, un homenaje al cine y sus contradicciones, con escenas demasiado extensas algunas para el valor intrínseco que encierran, aunque otras se vuelven exquisitas en climas, afectos y sensaciones, como la mencionada con su madre previo a su muerte, o la del reencuentro con su amante argentino, bien jugada emotivamente por Banderas y Leonardo Sbaraglia. Sin obviar la fascinación que ejerce Penélope Cruz –que hace de su madre en la niñez–, una mujer de pueblo tan bella y de amplia sonrisa que recuerda a una muy joven Sophia Loren. 
Capítulo aparte merece ese reencuentro con un actor con el que se había peleado hace treinta años, interpretado muy bien por Asier Etxeandia (el de la serie Velvet, de Netflix), que en su monólogo en la sala El Mirador sigue contándonos instancias del cineasta, sin escatimar lágrimas ni egocentrismos.
Pues de eso se trata este film de segmentos escénicos bien encastrados en los que el director que por sus dolores en la columna no filma hace un repaso de su vida y se permite hasta probar por primera vez “caballo” (heroína), en secuencias que se repiten una y tantas veces que cansan y habría que preguntarle: Pedro, ¿era necesario machacar tanto?, ¿o es que acaso faltó texto? 


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