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ESPECTACULOS / Crítica cine
sábado 18 mayo, 2019

El cuento de las comadrejas: Gran homenaje al cine clásico argentino

El film de Campanella es más que una simple remake de "Los muchachos de antes no usaban arsénico".

Juan Carlos Fontana

Lujo. Campanella se luce de la mano de sus intérpretes. Foto: BF Distribution

Calificación: Muy buena.

 

El ganador del Oscar (El secreto de sus ojos), se “apoderó” del film Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976), de su maestro José Martínez Suárez, una de las mejores comedias de humor negro del cine argentino, y construyó una parodia potente sobre una anciana estrella que vive recluida, a la manera de la protagonista de El ocaso de una vida, de Billy Wilder.
Esta muy interesante realización de Campanella es un producto que, se percibe, ha sido un regocijo, al menos en apariencia, concretarlo. A pesar de que hace muchísimos años que Campanella tenía en carpeta esta película, cada intérprete y la parte técnica se convierten en un derroche de coherencia, de imaginación (la ambientación es admirable) y de giros en el guión, que escapan al original.
Si bien se considera una remake de la producción de Martínez Suárez, Campanella le sumó ingredientes, dada la época, más precisos y diferentes. Acá no es tanto el humor negro como la intención de sátira, con asesinos de guante blanco, que terminan convirtiéndose en posibles víctimas y elaborando un bien estudiado plan para aniquilar a sus verdugos de la manera más tonta. De igual modo que el cinismo asoma de la forma más descarada en la piel de un efectivo Nicolás Francella, que heredó la amplia sonrisa de su padre.
Los personajes, como bien los describe su protagonista Mara Ordaz, “son retorcidos, bizarros, perversos, pero en nuestro ambiente eso es normal” y sobre esa base los guionistas construyeron una historia efectiva, inmersa en metáforas bien imaginadas y en diálogos que esconden múltiples intenciones que van saliendo a la luz a su debido tiempo. Hay escenas como la del juego de billar o los diálogos entre Oscar Martínez y Clara Lago que resultan notables.
Campanella se permite jugar con sus excelentes intérpretes, a las artes de la representación, de la “mentira” ficcional y lo hace con recursos que se van degustando de a poco, a través de una refinada y exquisita composición de Graciela Borges, cuyo humor se traduce en una sutil danza de gestos. A su lado, Brandoni, Martínez y Mundstock brillan con luz propia. El film tal vez algo lento para la vóragine actual es un premeditado rescate del mejor cine de los 40 y 50. 


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