ESPECTACULOS
ALEJO PÉREZ

“El director debe ser un transmisor”

La reposición de Otello marca el gran desafío del nuevo titular de la Orquesta Estable del Teatro Colón, que habla de Verdi, Shakespeare y el oficio de conducir.

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Escena. La penúltima ópera de Giuseppe Verdi vuelve al Teatro Colón trece años después, en una nueva producción junto al Auditorio de Tenerife. | GZA. JUANJO BRUZZA

Cuando Alejo Pérez era chico llegaba al Teatro Colón con el dinero justo para sacar una entrada de paraíso y descubrir un repertorio que, dice, le cambió la vida. Décadas después es el director titular de la Orquesta Estable, un cargo que el teatro no se ocupaba de manera permanente desde hacía casi veinte años. Su gran desafío al frente del organismo coincide con el regreso de Otello, la penúltima ópera de Giuseppe Verdi, que vuelve al escenario del Colón trece años después de su última producción. Para Pérez, el doble acontecimiento une dos historias: la personal, marcada por el teatro donde se formó como espectador, y la artística, al frente de una obra que considera una de las cumbres de la madurez verdiana. “El verdadero genio es el que escribió la obra”.

—Después de muchos años de trabajar con la Orquesta Estable desde distintos lugares, hoy te toca dirigirla como titular. ¿Qué representa este momento?

—Siempre tuve una química muy agradable con la Estable, de mucho entendimiento, respeto y afecto. Siempre trabajé muy a gusto con ellos y me pareció una orquesta con una mística, con un fuego sagrado muy noble. Me conmueve porque es una orquesta de ópera, acostumbrada a tocar en el foso, a acompañar historias, sostener grandes voces y la acción sobre el escenario sin estar necesariamente en el primer plano. Ese espíritu de servicio es algo que siempre admiré. Además soy porteño y nunca perdí el vínculo con mi actividad en el país. Naturalmente, asumir esta responsabilidad es un motivo de orgullo, pero también una enorme responsabilidad. Mientras me toque estar acá quiero aportar todo lo que pueda para que la orquesta siga creciendo, tenga todavía más efectividad en el escenario y también una mayor presencia sinfónica. Creo que una orquesta de foso necesita desarrollar ambas facetas y que ese equilibrio la fortalece.

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—¿Qué lugar ocupa el Teatro Colón en tu propia historia?

—Fue mi puerta de entrada a este mundo. Yo no vengo de una familia de músicos y, sin embargo, muy chico descubrí la música clásica. Venía al Colón con lo que tuviera en el bolsillo para comprar una entrada de paraíso de pie y escuchar todo lo que pudiera: ópera, conciertos sinfónicos, grandes pianistas. Para mí era un enorme baúl de tesoros. Todo lo que pasaba acá tenía el perfume del descubrimiento. Con el tiempo, después de estudiar y desarrollar mi carrera en distintos lugares, nunca dejé de sentir esa magia. Y no hablo solamente del edificio. Hablo de la mística del teatro, de su acústica, de los oficios, de la gente que trabaja acá y que tiene un amor inquebrantable por lo que hace. Ese deseo permanente de que todo salga un poco mejor es una de las grandes riquezas del Colón.

—Otello suele considerarse una de las grandes cumbres de Verdi. ¿Qué encontrás en esa obra cada vez que volvés a ella?

—Ahí confluyen tres maestros enormes: Shakespeare, Verdi y Arrigo Boito. Además, estamos frente a un Verdi en la plenitud de su madurez. Es una obra muy especial porque él prácticamente ya se consideraba retirado y tuvieron que convencerlo durante años para que volviera a escribir una ópera. Siempre tuvo una relación muy íntima con Shakespeare y Otello terminó siendo una elección natural. Lo extraordinario es el trabajo psicológico que logra. El personaje de Yago es profundamente maquiavélico; desde el comienzo manipula a Otello sin exponerse nunca demasiado. Toda esa tensión psicológica está traducida a la orquesta. Verdi ya era un maestro absoluto del color orquestal y consigue que cada matiz emocional aparezca también en la música. Hay una enorme riqueza de detalles, de pequeños giros, de cosas que parecen ocultas y que hacen que cada nueva interpretación revele algo distinto.

La complejidad de las personas

J.M.D.

—Más allá de la historia de los celos y la traición, ¿sentís que sigue siendo una obra contemporánea?

—Sí, porque trabaja sobre mecanismos humanos muy profundos. Shakespeare entendía como pocos la complejidad de las personas y Verdi consigue trasladar eso a la música. No hay personajes planos. Todos tienen contradicciones, zonas oscuras, fragilidades. Eso hace que Otello siga siendo una obra completamente vigente. Uno puede admirar la arquitectura musical, pero al mismo tiempo conmoverse por la dimensión humana de los personajes.

—Dirigir una ópera implica estar pendiente de la orquesta, de los cantantes y de todo lo que ocurre en escena. ¿Cómo vivís ese lugar durante una función?

—Para mí ese metro cuadrado del podio, en el foso del Colón, siempre fue el lugar más deseable del país. No solamente por la historia que tiene ese teatro o por la cantidad de artistas extraordinarios que pasaron por ahí, sino también por la responsabilidad de sostener esa tradición y transmitirla a las nuevas generaciones. Pero, al mismo tiempo, trato de evitar cualquier mirada narcisista sobre ese lugar. Nunca pienso que el foco está puesto sobre mí. Nosotros somos intérpretes. El verdadero genio es el compositor. El director, la orquesta y los cantantes tenemos la responsabilidad de ofrecer cada noche la mejor versión posible de esa obra maestra que recibimos como legado. Eso también hace que cada función sea distinta. Hay una hoja de ruta muy clara, por supuesto, pero la ópera tiene algo del teatro: cada noche aparece una energía diferente, un pequeño matiz nuevo, una respiración distinta. Esa posibilidad de que la obra siga viva es, probablemente, una de las cosas más fascinantes de este oficio.