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ESPECTACULOS / teatro
sábado 27 julio, 2019

Identidad y pertenencia

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Pompeyo Audivert

Momentos. Audivert en los ensayos de la obra Esperando a Godot. Sus trabajos en Topos y Trastorno. Un artista que se manejó casi siempre al margen de las propuestas comerciales. Foto: cedoc

El tema central del teatro es la identidad. La identidad sagrada,  individual y colectiva. En el fondo uno va al teatro a presenciar en un acto ritual colectivo un fenómeno sobrenatural que nos inquieta y al que sentimos pertenecer: la otredad, seres que cambian su identidad y actúan con una pasión superior a la de sus propias vidas históricas a ese otro que dicen ser. El teatro alude a la reencarnación, a ése (¿esos?) que somos a la vez del que decimos y creemos ser, a esa capacidad de ser otros de la que nos hemos olvidado.

El tema del ser es también un tema central del poder. El poder debe copar también ese nivel, pues es a partir de producir una interferencia y una desvirtuación en la conciencia del ser colectivo, que su ope-ración de poder se constituye y adquiere perspectiva. Es así que las clases dominantes establecen el ser nacional como forma de cooptar y domesticar una potencia sagrada y ponerla a su servicio. El ser nacional es una entelequia, una convención que trata de enfocar en un punto de encaje simbólico y ficcional, una serie de niveles identitarios que no tienen nada que ver entre sí (en muchos casos antagónicos) que son forzados a constituir una suerte de cuerpo común: el ser argentino. Ser argentinos significa algo imprecisable, y a la vez unívoco, que puede ser referido de múltiples maneras, todas superficiales, todas fantasiosas y míticas, cargadas de un potencial sagrado y omnipotente: una ensalada atemporal de pertenencias culturales, deportivas, telúricas, geográficas y gastronómicas, almibaradas por una moralina tautológica seudo-religiosa que les da esa consistencia fanática del nacionalismo.

El ser nacional es una construcción artificial del poder, que hace pie en esa necesidad de pertenecer compulsiva que late en lo colectivo, en lo social alienado, en todas las clases por igual. En la pasión del fútbol, en el amor a la camiseta hay algo de esa necesidad de afirmación y de pertenencia a un ser colectivo bajo condiciones fetichísticas disfrazadas de sentimiento, lo que le otorga a la compulsión una cierta dignidad poética. Pero ese comportamiento i-rracional, ese simulacro de infancia desahuciada, adquiere en lo histórico, un tono patético, pues el ser nacional se trata de la afirmación de una desidentificación (bajo la fachada de una identidad) en un plano que es la realidad social y política, no un partido de fútbol. Se trata sin dudas del intento de invisibilizarse de una clase dominante a través de una o-peración política paradójica: la construcción artificial de una identidad común allí donde solo hay una identidad de clase. Es así que el ser nacional le cabe a cualquiera, es fácil pertenecerle, eso le otorga una pátina democrática transversal que lo despolitiza volviéndolo natural e inofensivo. En otros contextos nacionales, a los que por suerte no hemos llegado, se manda a morir a los jóvenes en nombre de dicho ser nacional, en guerras que en realidad, son solo un reajuste de las cuentas de un capitalismo en crisis que debe disfrazarse de épica patriótica colectiva para saldarlas (ningún trabajador empuñaría un arma contra otro por los intereses de una minoría de oligarcas y banqueros transnacionales). Desde su origen nuestro país ha discutido consigo mismo su identidad y su pertenencia y se ha derramado sangre en esa discusión que nunca se ha saldado más que parcialmente. Por momentos (históricos) el campo popular ha logrado imponer su sesgo y cierta delimitación social al concepto, y en otros ha vuelto a ser como hoy (y ayer), el poder económico dominante quien ha impuesto su sino descere-brado al nos-otros. Es la nuestra, una identidad trastornada e inestable, convulsa, que fluctúa imprecisa y bipolar entre la conciencia y lo inconsciente a lo largo del tiempo y que tiene en el pasado su estaca fundacional terrateniente y su contracara popular desfigurada.

En este sentido del ser o no ser del ser, el teatro es una o-peración poético política que va más allá de lo histórico al señalarlo como fachada ficcional, como lápida destinada a clausurar nuestra identidad sagrada. El teatro nos recuerda que estamos hechos de otredad, que la verdadera identidad, la identidad sagrada, de estructura, está bloqueada por una costra de realidad demasiado densa, demasiado ficcional, y que para desocultarla debemos ser otros. La obra Trastorno (basada en El Pasado de Florencio Sánchez) que acabamos de estrenar en el Centro Cultural de la Coo-peración, habla de estas cuestiones: de la imposibilidad de sostener la ficción de la identidad histórica en este momento trágico que estamos viviendo. La obra de Sánchez funciona como un caballo de Troya para el desembarco de una revelación devastadora que excede la escala familiar: estamos siendo infiltrados por una identidad sonámbula y parásita gestada por el poder para sus fines, a la sombra de nuestros propios prejuicios sociales.

Hacer esta obra es también volver a reasumir nuestra identidad teatral argentina, volver a ese registro desmesurado y grotesco al que pertenecemos.

Sucede que también hemos perdido el rastro del pasado de nuestros lenguajes teatrales, nos hemos dejado llevar por una tendencia cultural dominante y vemos aparecer una perspectiva teatral anglosajona en donde los personajes se llaman Paul, Mery, Antony, Lauren, y sus circunstancias corresponden a otro paisaje, a otra cultura. Volver a nuestro pasado histórico, a su intensidad extraordinaria, a su potencia poética, a nuestros lenguajes, no es nostalgia, es sed de presencia, de presente, de ser.

*Autor, co-director e integrante del elenco de Trastorno. Funciones viernes y sábados a las 20 en la Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación.


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