¿Cuántas veces te pasó que alguien “no era” hasta que, de golpe, empezaste a verle todo lo bueno? ¿O que un candidato entró simpático a la entrevista y salió, sin que nadie lo dijera en voz alta, ya elegido? No es intuición. Es que el cerebro, tanto en el amor como en una sala de Recursos Humanos, usa los mismos atajos para decidir rápido y esos atajos, casi siempre, se disfrazan de criterio.

El primero es el sesgo de confirmación. Apenas decidimos que alguien “nos gusta” o que un candidato “tiene potencial”, empezamos a buscar sin darnos cuenta la evidencia que sostenga esa primera impresión, y a mirar para otro lado con lo que la contradice. ¿La segunda cita incómoda? Fue “un mal día”. ¿La referencia laboral tibia? “Seguramente el jefe anterior no lo supo aprovechar.” Una vez que elegimos una historia, el resto de los datos entra a jugar a favor.
El segundo es el efecto halo, quizás el más antiguo de todos: si algo nos resulta atractivo en un aspecto: la apariencia, la simpatía, un currículum prolijo y asumimos, sin evidencia real, que esa persona también será confiable, honesta o competente en todo lo demás. ¿Por qué una entrevista bien vestida pesa más de lo que debería? ¿Por qué idealizamos tan rápido a alguien que recién conocemos? El halo de una sola virtud ilumina y esconde todo lo que todavía no vimos.
Después aparece el peso de lo reciente: elegimos según lo último que vivimos, no según el patrón real y sostenido. Un aluvión de mensajes cariñosos esta semana, un cierre de venta espectacular en la entrevista, pesan injustamente más que meses de comportamiento constante. ¿Estamos evaluando a la persona, o al mejor momento que nos mostró?
Y el más silencioso de todos: el sesgo de similitud. Esa preferencia casi automática, tanto en pareja como en un equipo de trabajo, por quien se parece a nosotros en valores, estilo o forma de pensar. Lo llamamos “buena onda”, “sintonía”, “encaje cultural” y ahí, sin querer, confundimos afinidad con idoneidad. Elegimos un espejo y le decimos elección.
Ninguno de estos mecanismos es una falla de carácter. Es, simplemente, la forma en que la mente ahorra energía frente a decisiones complejas: no podemos analizar cada variable de cada persona, todo el tiempo. El problema no es tenerlos, los tenemos todos sino no saber que están operando mientras decidimos.
Reconocerlos no garantiza elegir bien. Pero abre algo valioso: la posibilidad de una pausa antes de decidir, de preguntarnos qué evidencia estamos ignorando y qué nos está seduciendo antes de tiempo.
Tal vez elegir bien en el amor, en un equipo, en la vida no empiece por confiar más en el otro, sino por desconfiar un poco de la propia certeza.
Lic. María del Rosario Patti | MN 38.733 | www.giroempresarial.com | @lic.rosariopatti