Donald Trump afirmó a las apuradas que Estados Unidos estaba ganando la guerra contra Irán por un amplio margen: “Hemos diezmado todo su imperio maligno” (7 de marzo de 2026). Por su parte, Benjamín Netanyahu repitió que Israel “es más fuerte que antes” y que el régimen iraní se encontraba "más débil que nunca" (3 de mayo de 2026). Aristóteles, afirmó que "la victoria es agradable no solo para quienes aman conquistar, sino para todos, pues produce una idea de superioridad".
A diferencia de las guerras convencionales, que suelen tener un punto claro de "misión cumplida", el enfrentamiento contra Irán corresponde a lo que se conoce como conflicto armado de final abierto (Open-Ended Warfare). En este tipo de confrontaciones no existen objetivos terminales bien definidos, ni plazos temporales ni un desenlace previsible.
Irán, por su parte, cuenta con una estructura militar dual y deliberadamente compleja: por un lado, el Ejército Regular (Artesh), orientado a la defensa territorial convencional; por el otro, la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC o Pasdaran), encargada de la seguridad interna y de operaciones asimétricas en el exterior. Esta descentralización responde a la doctrina conocida como defensa en mosaico (Mosaic Defense).
La combinación de un conflicto de final abierto con una estrategia de defensa en mosaico explica tanto los fundamentos del ataque del 28 de febrero, como la dificultad para alcanzar una victoria decisiva. El general George Patton afirmaba que no se debe proclamar la victoria hasta haber cruzado la línea de meta. Pero todo esto requiere de una mejor explicación.
En poco más de tres años, Israel se vio envuelto en un conflicto multifrontal que involucró a Gaza, Líbano, Siria, Irak, Yemen, Cisjordania e Irán. En lugar de buscar la conquista de territorios o derrotar a ejércitos enemigos convencionales, persiguió objetivos como "eliminar amenazas", "prevenir el terrorismo" y "mantener la seguridad". Más que un evento con un principio y un final claros, esta situación se ha convertido en una condición permanente.
David Ben-Gurión, fundador del Estado de Israel, desarrolló su doctrina de seguridad, basada en tres pilares: disuasión, alerta temprana y victoria decisiva (década de 1950). Este enfoque fue posteriormente ampliado por Moshe Dayan, militar y ministro de Defensa, quien con la "Doctrina Dayan" (1955) enfatizó las retaliaciones desmedidas como herramienta para imponer costos insoportables tanto a los actores hostiles como a las poblaciones circundantes.
A esto se sumó la "Doctrina Dahiya" (denominada así por el suburbio chiita del sur de Beirut, que fue arrasado en 2006). Fue articulada públicamente en 2008 por el general Gadi Eisenkot, entonces jefe del Comando Norte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). "Desde nuestro punto de vista —dijo—, esos no son pueblos civiles, son bases militares". La estrategia consiste en el uso de fuerza desproporcionada y en la destrucción a gran escala de infraestructura civil. "Esto no es una recomendación —advirtió Eisenkot—, es un plan. Y está aprobado".
La "Doctrina Dahiya" representa un giro hacia guerras urbanas prolongadas contra enemigos "híbridos", donde se prioriza la disuasión por destrucción masiva. Hay una visión de Netanyahu ("Súper Esparta"), de un Israel autosuficiente y militarizado, preparado para aislamiento internacional, que debe ser considerada. Este nuevo paradigma militar, según el periodista Stasa Salacanin (The Cradle), ha llevado al colapso de la doctrina tradicional de seguridad israelí.
El enfoque militar de Estados Unidos, por su parte, aplicó su doctrina aérea consolidada de "guerra paralela" (parallel warfare) y ataque a los centros de gravedad, combinada con el principio de "Paz mediante la Fuerza" de la administración Trump. Consistió en lanzar ataques simultáneos y en profundidad contra todo el sistema enemigo —incluyendo mando y control, instalaciones de producción de misiles, defensas aéreas, fuerzas navales, sitios nucleares e infraestructura crítica—.
El objetivo no era la destrucción total de Irán, sino paralizar su capacidad operativa y forzar un resultado político favorable. A diferencia de la "Doctrina Dahiya", la oficial estadounidense enfatiza la precisión, los efectos sistémicos y los objetivos militares y políticos. Se logró rápidamente la superioridad aérea y una "dominancia rápida".
Por otra parte, la descentralización militar iraní tiene como propósito principal garantizar que el sistema y el régimen sigan funcionando, incluso si la cúpula dirigente es eliminada. Si se neutraliza al Líder Supremo, a altos comandantes o el centro de mando en Teherán, las unidades regionales pueden continuar operando. Esto permite desplegar fuerzas con rapidez en cualquier provincia sin depender de órdenes centrales.
En caso de invasión, cada región actúa como un mosaico dentro de la doctrina, recurriendo a tácticas de desgaste, misiles, drones y milicias Basij. Entre 2005 y 2008, el IRGC reorganizó sus Fuerzas Terrestres en comandos provinciales —uno por cada una de las 31 provincias de Irán, con estructuras especiales en Teherán—, cada uno dotado de su propio cuartel general, inteligencia, almacenes de armas y autoridad. Esta fragmentación deliberada convierte a Irán en un objetivo muy resistente a ataques quirúrgicos contra su liderazgo.
Desde la Revolución Islámica de 1979, varios conceptos cardinales vertebran la identidad de la República Islámica de Irán. Uno de ellos es el de la migración permanente (hijra), entendido como el tránsito continuo desde la vida material hacia una existencia monoteísta y revolucionaria. Otro es la expresión "Allahu Akbar" ("Alá es el más grande"), proclamación central de la majestad divina. Se suma a estos la "Ummah Islámica", la comunidad global de creyentes musulmanes unida por la fe más allá de fronteras. Por último, la "Shahada", la declaración de fe islámica.
Estos principios constituyen las bases ideológicas sobre las que se erige el mensaje del Ayatolá Khamenei. Con ocasión del Aniversario de la primera sesión del Parlamento Islámico (28 de mayo de 1980), el líder supremo señaló que Estados Unidos e Israel, tras haber fracasado en su agresión militar directa contra Irán, ahora "están conspirando para sembrar la discordia en el país".
La fecha de inicio de la ofensiva fue elegida por Estados Unidos e Israel con el supuesto de que permitiría instalar rápidamente en el poder a “alguien desde dentro” del régimen iraní, siguiendo el modelo aplicado en Venezuela. La “osada” iniciativa de colocar al ex presidente Mahmud Ahmadineyad, formaba parte de un plan diseñado por Israel para derrocar al gobierno teocrático (The New York Times). Sin embargo, un fallido ataque aéreo hirió al ex alcalde de Teherán y frustró la operación. Trump y Netanyahu se lanzaron a la guerra asumiendo un alto riesgo, lo que varios asesores estadounidenses consideraron inviable. No existe información sobre la situación actual de Ahmadineyad, por lo que muchas preguntas permanecen sin respuesta.
Estados Unidos e Israel combaten al mismo tiempo, pero con lógicas diferentes. Sin un marco estratégico compartido, los discursos sobre la “salida” son dispersos. La ambigüedad entre una guerra concebida como campaña finita (EE. UU.) y otra entendida por Israel como gestión permanente de amenazas (Hizbulá, Hamás y milicias proiraníes), explica la ausencia de un debate claro sobre “salir” del conflicto. Irán, por ahora, es discreto en la denominación de estos enfrentamientos —Guerra del Ramadán o Guerra de Asia Occidental—, frente a los rimbombantes títulos de sus adversarios: Operación Furia Épica y Operación Rugido del León. Sabremos por quién doblan las campanas.