El escritor, director y docente Fabián Soberón reflexionó sobre el vínculo que se establece entre quien escribe y la persona que finalmente recibe una obra, aun cuando ese lector sea desconocido o pertenezca a otra lengua. Durante su participación en Ronda de Escritores, también habló de Mamá, una crónica atravesada por elementos autobiográficos, y de Las historias de las gallinas de Eichmann, una novela nacida de una historia escuchada durante sus años como estudiante de Filosofía.
“Uno dialoga con un lector imaginario, con alguien que se imagina como lector”, explicó Soberón en +Perfil. Para el autor, esa presencia existe independientemente de que se esté escribiendo poesía, una novela o una crónica: “Siempre hay un diálogo, y en ese sentido la escritura no es un oficio solitario”.
Escribir para alguien que todavía no conocemos
La pregunta por el destinatario adquiere otra dimensión cuando la obra circula fuera de la lengua de origen. “¿Cómo es tener un lector en otra lengua? Esa sería la pregunta”, planteó Soberón al recordar una experiencia de escritura vinculada con el francés y el castellano.
Ese diálogo también atraviesa Mamá, un libro que definió como una crónica sobre su madre pero que contiene inevitablemente una dimensión autobiográfica. “Siempre hay un diálogo”, insistió el escritor, al pensar la literatura como una actividad en la que incluso la experiencia más personal termina dirigida hacia otro.
Una historia insólita detrás de Eichmann
El origen de Las historias de las gallinas de Eichmann se remonta a sus años universitarios. “A mí eso me pareció una cosa extraordinaria, insólita, delirante”, recordó sobre la historia que le contó un compañero: un supuesto nazi habría instalado un observatorio astronómico en La Cocha, al sur de Tucumán.
Soberón decidió investigar y descubrió que aquel observatorio no había existido. Sin embargo, “una cosa extraordinaria, insólita, delirante” ya había quedado instalada en su imaginación y terminó funcionando como detonante de la ficción.
La pregunta por Eichmann en Tucumán
Su propia biografía agregó otra capa al relato, porque Soberón nació en Alberdi, cerca de La Cocha. “¿Qué hubiera pasado si yo hubiera nacido en la década del 50? Me hubiera cruzado con Eichmann, digamos”, planteó al imaginar ese encuentro imposible dentro de su historia personal.
La pregunta se amplió luego hacia la comunidad y la forma en que podría haber convivido con una presencia semejante. “¿Qué significa que en La Cocha haya estado un nazi y que haya pasado como si nada frente a los pobladores?”, se preguntó Soberón.
Para construir la novela, el escritor creó a Antonio Soldati, un personaje ficticio que funciona como secretario de Adolf Eichmann. “¿Qué significa que en La Cocha haya estado un nazi?”, volvió a plantear como una de las preguntas que permiten cruzar investigación, imaginación y memoria.
Una frase que quedó resonando
Años después, mientras preparaba una nota para la revista Acción, Soberón volvió a encontrarse con aquella historia. “Si Eichmann se hubiera quedado en La Cocha, La Cocha estaría mejor”, recordó como una frase atribuida a la hija del hombre alemán que habría recibido al jerarca nazi.
La expresión reforzó su interés por las zonas ambiguas de la memoria colectiva y por aquello que la ficción puede explorar cuando los documentos no alcanzan. “A mí eso me pareció una cosa extraordinaria, insólita, delirante”, recordó Soberón sobre una historia que comenzó como un relato escuchado en la facultad y terminó encontrando su forma dentro de una novela.