Frente a un nuevo aniversario de la Guerra de Malvinas, queremos dedicar esta columna a una paradoja: el presidente Javier Milei ha manifestado en reiteradas ocasiones su admiración por Margaret Thatcher, la misma líder que condujo la ofensiva militar contra Argentina en aquel conflicto, obviamente en temas económicos y no bélicos.
Tanto Thatcher como Milei emergen en momentos de crisis, construyen su identidad política desde una confrontación directa con el Estado y encuentran en el ideario mal llamado liberal —con distintos matices— una hoja de ruta para redefinir el orden económico y social. Thatcher se formó en Think Tanks libertarios, que fueron los que, primero desde los márgenes, impulsaron y difundieron las ideas del anarco-capitalismo en todo el mundo. Ambos, además, se apoyan en una narrativa de ruptura: la promesa de dejar atrás un sistema agotado para dar paso a una transformación profunda, aun a costa de tensiones internas y resistencias sociales.
Analizar la figura de Thatcher puede servir para comprender la de Milei. Si estamos ante una repetición, una adaptación o una nueva versión de viejas recetas que siguen orbitando en el centro de la política argentina.
Antes de llegar al poder, Margaret Thatcher tuvo una formación poco convencional para una líder política: estudió química en la Universidad de Oxford, donde ya participaba activamente en política, y trabajó como investigadora desarrollando productos alimenticios como aditivos para helados. Luego se volcó al Derecho, especializándose en derecho fiscal, y en paralelo inició su carrera política: fue elegida diputada en 1959, ocupó cargos dentro del Partido Conservador y llegó a ser secretaria de Educación en 1970. Tras asumir el liderazgo del partido en 1975, alcanzó el cargo de primera ministra en 1979, desde donde impulsó un programa económico radical basado en privatizaciones, desregulación, recortes fiscales y reformas estructurales del Estado. Durante una entrevista en 1987, en la revista Woman's Own realizada por el periodista Douglas Keay, consultada por las consecuencias sociales, respondió “la sociedad no existe”.
“¿Quién es la sociedad?, no existe tal cosa”. La frase aparece como parte de un argumento más amplio, en el que sostiene que los problemas deben ser asumidos por individuos, y no por una entidad abstracta llamada “sociedad”.
La trayectoria de Margaret Thatcher fue peculiar. De alguna manera se puede decir que era una “outsider”. Provenía de una clase media sin títulos nobiliarios, a diferencia de muchos de los referentes de su espectro político, y construyó su carrera a partir del esfuerzo personal. Su pensamiento estuvo fuertemente influido por economistas libertarios como Friedrich Hayek, cuyo libro “The Road to Serfdom" marcó su visión crítica hacia el intervencionismo estatal.
A comienzos de este año, entrevistamos en este mismo programa a Soledad Vallejos, quien en su reciente libro, “Los dueños de la libertad”, reconstruye el origen y la expansión del pensamiento libertario que hoy tiene expresión en Javier Milei. El libro rastrea cómo, desde mediados del siglo XX, economistas como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, junto a empresarios y financistas, impulsaron una red internacional de think tanks —como Atlas Network— destinada a difundir las ideas del libre mercado y combatir el avance del estatismo.
La Escuela Austríaca de Economía se presenta como una crítica neoliberal, o sea conservadora, tanto al marxismo como al liberalismo keynesiano, defendiendo la primacía absoluta del libre mercado, la desregulación y un fuerte rechazo al uso de herramientas matemáticas en la economía. En Argentina, su llegada se vincula a la figura de Alberto Benegas Lynch, quien impulsó la visita de Ludwig von Mises en 1959 a la UBA, marcando la introducción local de una corriente que, aunque marginal, logró cierta difusión a través de redes intelectuales y políticas.
Estos entramados de relaciones se construyeron durante décadas y conectan directamente la formación de Margaret Thatcher con Milei. En un momento de la entrevista Vallejos menciona al argentino Alejandro Chafuen, que terminó siendo CEO de Atlas Network, central en la expansión de las ideas libertarias, estuvo vinculado al británico Anthony Fisher —fundador del primer think tank que modeló a Thatcher— que luego expandió ese esquema hacia Estados Unidos, donde se vinculó con Chafuen. Esa continuidad organizativa permite trazar una línea directa entre ambos procesos: la formación ideológica, la construcción de redes y, finalmente, la llegada al poder. Por eso, cabe la pregunta de si Thatcher podría considerarse un antecedente del libertarismo actual.
Veamos un poco el contexto del ascenso de Margaret Thatcher. Tras la posguerra, el Reino Unido había consolidado un Estado de bienestar bajo el gobierno de Clement Attlee, con amplio consenso político, incluso entre los conservadores. Sin embargo, el país atravesó un desempeño económico inferior al de sus vecinos durante la “edad de oro” (1945-1975), agravado por la crisis del petróleo de 1973 y el rescate del FMI en 1976.
A esto se sumó el impacto de la descolonización y la pérdida del Imperio británico. O sea bastante comparable con la decadencia argentina de medio siglo desde 1970 que dio origen a Milei, frustración de un país que era notablemente mejor y empeoró cuando todos sus vecinos mejoraban.
Ese clima de declive también encontró su expresión en la cultura. A mediados de los años 70, el surgimiento del punk británico —con bandas como Sex Pistols o The Clash— canalizó el desencanto de una generación golpeada por el desempleo, la inflación y la falta de perspectivas. El famoso “No Future” que cantaban los Sex Pistols era una síntesis brutal del malestar social de la época. A esta consigna del punk se le contrapone una consigna de Thatcher: “No alternative”. Ese “No alternative” —resumido en la idea de que “no hay alternativa” al libre mercado— funcionó como la contracara política del “No Future” punk: donde una generación expresaba desesperanza y ruptura, el thatcherismo respondía con una afirmación tajante de inevitabilidad. No se trataba solo de un programa económico, sino de una narrativa de época que clausuraba el debate, presentando sus reformas como el único camino posible frente al fracaso.
Hundimiento del ARA General Belgrano: cómo fue el ataque del submarino HMS Conqueror
El filósofo inglés Mark Fisher desarrolla la idea de que el neoliberalismo de fines de los 70 supo interpretar una demanda de libertad individual que estaba presente en la contracultura, como la hippie, el punk o el rock, que la izquierda, con su estructura autoritaria y centralizada, no supo canalizar, a pesar de que los movimientos contraculturales estaban, a priori, más cerca de las ideologías de izquierda.
Las culturas juveniles se rebelaron contra la monotonía de la vida urbana, contra la monotonía de la fábrica y la oficina, y contra todo autoritarismo. El neoliberalismo prometía dar mayor libertad individual y flexibilidad, mientras la izquierda proponía defender las posiciones fabriles en la línea de producción, algo poco atractivo para esas expresiones que empezaban a conquistar a la juventud. Recordemos que además de los levantamientos como el mayo del 68, también hubo una Primavera de Praga, y luego habría un levantamiento en la de plaza de Tiananmén en 1989.
Algo similar puede observarse hoy en torno al fenómeno de Javier Milei y su llegada a sectores juveniles atravesados por nuevas formas de trabajo y de vida. En un contexto marcado por la precarización laboral, la expansión de la economía de plataformas y la pérdida de horizontes de estabilidad, discursos como el del “emprendedor de sí mismo” o el “soy mi propio jefe” logran captar una sensibilidad que ya no se identifica con las formas tradicionales del trabajo asalariado ni con las estructuras sindicales clásicas. Trabajadores de apps encarnan esa ambivalencia: por un lado, padecen condiciones inestables, sin derechos laborales consolidados. Pero, por otro, valoran la flexibilidad, la autonomía relativa y la posibilidad de organizar su propio tiempo, en contraste con la rigidez de la fábrica o la oficina.
En ese terreno, el mileísmo aparece como una narrativa que legitima esa experiencia, resignificando la precariedad como libertad y proponiendo un horizonte donde el individuo, más que el colectivo, es el protagonista. Al igual que en los años 70, no se trata solo de un programa económico, sino de una forma de leer y canalizar deseos sociales: allí donde ciertas tradiciones políticas siguen hablando en términos de estructuras, protección y organización colectiva, este nuevo discurso interpela desde la autonomía, la desregulación y la promesa —real o ilusoria— de independencia personal.
Hoy se ha teorizado sobre que “la rebeldía se volvió de derecha”, porque gran parte de la juventud apoya a Milei ante el agotamiento del progresismo y los “socialismos del siglo XXI”. También se lo considera expresión de una respuesta ante la ola feminista. En ese marco, también se vuelve relevante el modo en que ciertos sectores juveniles —especialmente varones— experimentan una sensación de desplazamiento o pérdida de lugar en los cambios culturales recientes.
El avance de las agendas feministas, que cuestionaron privilegios históricos y pusieron en discusión roles tradicionales, fue leído por algunos no como un proceso de ampliación de derechos sino como una forma de exclusión o ataque. Sin reducir el fenómeno a eso, parte del atractivo de discursos como el de Milei radica en ofrecer una respuesta a ese malestar: reivindicar la meritocracia, la autosuficiencia y una masculinidad asociada al éxito individual y la competencia.
De este modo, la rebeldía ya no se expresa necesariamente contra el orden establecido desde posiciones progresistas, sino también contra lo que se percibe como un nuevo consenso cultural dominante, generando una inversión donde la provocación, la incorrección política y el rechazo a ciertas agendas se convierten en formas de identidad y pertenencia.
Seguramente parte de la sociedad haya visto en Margaret Thatcher y su voluntad de hierro, orden frente a los desvíos de la juventud inglesa, que se identificaban con el punk, que insultaba a la Reina y criticaba los valores tradicionales.
Thatcher asumió el liderazgo conservador en 1975 y llegó al poder en 1979. Su gobierno impulsó un giro profundo hacia el libre mercado, reduciendo el rol del Estado y desmantelando el Estado de Bienestar de la posguerra. Implementó privatizaciones masivas, incentivó la compra de acciones por parte de los ciudadanos, con el objetivo de crear una sociedad de propietarios e inversores.
El legado de Margaret Thatcher se define por la implementación de un programa neoliberal profundo de privatizaciones masivas, desregulación económica y debilitamiento del poder sindical. Estas transformaciones no solo reconfiguraron la economía y la estructura social del Reino Unido, sino que también funcionaron como modelo internacional, influyendo en procesos como las reformas aplicadas en Argentina durante el gobierno de Carlos Menem.
La Guerra de Malvinas fue un punto de inflexión clave para consolidar su liderazgo, ya que la victoria británica fortaleció su posición interna y le permitió avanzar con mayor legitimidad en su agenda.
Resulta, como mínimo, inquietante que el presidente Javier Milei elija reivindicar a Margaret Thatcher con el antecedente de la Guerra de Malvinas. Fue la líder que ordenó una ofensiva militar que costó la vida de 700 argentinos y dejó una herida abierta en la memoria colectiva del país.
En una de sus declaraciones más escandalosas, Milei compara la guerra de Malvinas con un partido de fútbol. Reducir ese episodio a una lógica fría de “ganadores y perdedores” implica despojarlo de su dimensión histórica y política. No es solo una cuestión de pragmatismo ideológico, sino de sensibilidad nacional: ¿qué significa para una sociedad que su propio presidente admire a quien encabezó la fuerza militar que la derrotó en una guerra por la defensa de su territorio?
Pero además, la actuación de Thatcher en la guerra de Malvinas recibió cuestionamientos incluso dentro de la propia Inglaterra. La guerra, que duró 72 días, se desarrolló en múltiples frentes y evidenció la superioridad militar británica. El envío de una poderosa flota y episodios como el hundimiento del crucero General Belgrano marcaron el rumbo del conflicto. Finalmente, las tropas argentinas, mal preparadas y en desventaja estratégica, quedaron acorraladas en Puerto Stanley y se rindieron el 14 de junio. El saldo fue de 649 argentinos muertos, 255 británicos y tres civiles isleños.
Archivos desclasificados en el Reino Unido revelaron que durante la Guerra de Malvinas el gobierno de Margaret Thatcher desplegó al menos 31 armas nucleares en buques enviados al Atlántico Sur. La información, difundida por el periodista Richard Norton Taylor, indica que estas armas estaban distribuidas principalmente en los portaaviones HMS Hermes y HMS Invincible, además de un buque auxiliar. Si bien Londres había reconocido en 2003 la presencia de armamento nuclear en la flota, nunca se había detallado una cifra tan precisa.
Incluso recientemente se reveló la hipótesis de un posible bombardeo nuclear en Córdoba, que surge de un testimonio indirecto del psicoanalista Ali Magoudi, quien afirmó que Margaret Thatcher habría considerado usar armamento nuclear táctico contra instalaciones estratégicas argentinas, como la fábrica de aviones en esa provincia.
Pero sin dudas el punto más polémico fue el hundimiento del ARA General Belgrano, originalmente el USS Phoenix sobreviviente de Pearl Harbor, adquirido por Argentina en 1951 y durante décadas funcionó como buque insignia y símbolo de la Armada. El 2 de mayo, mientras navegaba fuera de la zona de exclusión establecida por el Reino Unido, fue localizado y seguido por el submarino nuclear HMS Conqueror, que recibió la orden política de atacarlo.
El submarino disparó tres torpedos, dos de los cuales impactaron de forma devastadora, provocando el hundimiento del crucero en menos de una hora. Murieron 323 tripulantes y más de 700 lograron sobrevivir en condiciones extremas hasta ser rescatados en una operación que se extendió por casi dos días. El hundimiento del Belgrano se convirtió en uno de los episodios más trágicos y polémicos del conflicto, no solo por la magnitud de las pérdidas humanas, sino también por el debate sobre la legitimidad del ataque fuera de la zona de exclusión.
Las consecuencias políticas fueron profundas y opuestas en ambos países. En Argentina, la derrota precipitó la caída de la dictadura: Galtieri renunció y el régimen militar inició una transición que culminó con la elección de Raúl Alfonsín en 1983. Sin embargo, el reclamo por la soberanía de las islas se mantuvo como una política de Estado, incluso incorporada a la Constitución de 1994. En contraste, en el Reino Unido la guerra fortaleció enormemente a Thatcher, cuya decisión de enviar tropas elevó su popularidad y consolidó su liderazgo, facilitando su reelección en 1983.
Tras derrotar al ejército argentino enfrentó una enorme huelga minera. En otro de los puntos que emparenta a Thatcher con Milei. La huelga de los mineros británicos de 1984-1985 fue uno de los conflictos más importantes del siglo XX. Durante casi un año, cerca de 150.000 trabajadores enfrentaron a Thatcher en rechazo al cierre de minas y la pérdida masiva de empleos. Aunque la huelga tuvo un carácter masivo y contó con un amplio apoyo social, terminó en derrota.
Thatcher, decidida a avanzar contra el poder sindical, preparó estratégicamente la confrontación, desplegando una fuerte represión policial, respaldo mediático y medidas legales para debilitar la huelga. El fracaso de la huelga permitió consolidar el avance del neoliberalismo en el Reino Unido y a nivel global. La victoria de Thatcher abrió paso a una ofensiva sostenida contra los derechos laborales y reforzó la narrativa del declive de la clase trabajadora como sujeto político, inaugurando un nuevo ciclo histórico caracterizado por la hegemonía del mercado y la retracción de la conflictividad social.
El vínculo entre Javier Milei y Margaret Thatcher se vuelve especialmente visible en su confrontación con el socialismo y el poder sindical, a los que ambos consideran obstáculos estructurales para el desarrollo de una economía de mercado. Milei, en un contexto distinto, retoma ese eje discursivo al presentar al sindicalismo como una corporación que distorsiona el funcionamiento del mercado laboral y al socialismo como una ideología que limita la libertad individual.
El proyecto de Margaret Thatcher implicó una reorganización estructural del Reino Unido basada en la desregulación, las privatizaciones y la reducción del poder sindical, con el mercado como eje ordenador de la vida económica. Este giro no solo transformó la matriz productiva —desplazando el peso desde la industria hacia los servicios—, sino que redefinió el rol del Estado, que pasó a intervenir menos y a delegar más en las dinámicas del mercado.
Como consecuencia, los ciudadanos quedaron más expuestos a las fluctuaciones económicas, en un esquema donde la protección pública se redujo y la estabilidad social dejó de ser un objetivo central.
Ese modelo, con matices, se mantuvo en las décadas siguientes y condicionó la capacidad del Estado para responder a crisis. Si bien generó beneficios para sectores financieros y grandes corporaciones, también produjo efectos acumulativos como el estancamiento salarial, el encarecimiento de la vivienda y una sensación extendida de precariedad.
Expresiones políticas contradictorias —desde el Brexit hasta liderazgos disruptivos de distinto signo— canalizan el malestar social, ya sea desde discursos nacionalistas, libertarios o de izquierda, evidenciando una insatisfacción estructural que no encuentra resolución dentro del esquema heredado del thatcherismo.
Esa tensión también explica el final anticipado del ciclo thatcherista. Porque, aunque no se habla tanto del tema, Margaret Thatcher debió salir anticipadamente del poder.
La implementación del “poll tax” (Community Charge), un impuesto plano que igualaba la carga entre ricos y pobres, desató una reacción social masiva con protestas, boicots y disturbios entre 1989 y 1990. La crisis escaló hasta provocar una rebelión interna en el Partido Conservador, que le retiró el apoyo y forzó su salida del poder. Así, lejos de cerrar un ciclo de estabilidad duradera, el legado de Thatcher dejó una estructura económica y social que, para muchos británicos, marcó el quiebre de un bienestar social que nunca volvió a consolidarse.
La salida anticipada de Margaret Thatcher fue el resultado de las tensiones acumuladas por un modelo que, al mismo tiempo que transformaba la economía, erosionaba consensos políticos y sociales fundamentales. Esa experiencia abre un interrogante inevitable sobre el presente argentino y el rumbo de Javier Milei: hasta qué punto un programa de reformas profundas, sostenido en una lógica de confrontación y en la idea de que no hay alternativa, puede sostenerse en el tiempo sin generar una reacción lo suficientemente fuerte para derrotarlo.
La historia reciente muestra que incluso liderazgos fuertes pueden encontrar un límite cuando el costo social se vuelve políticamente insostenible. En ese sentido, la trayectoria de Thatcher no sólo funciona como antecedente, sino también como advertencia: los procesos que se construyen desde la ruptura pueden, del mismo modo, encontrar en esa misma tensión las condiciones de su final anticipado.
Y una reflexión final, el neoliberalismo y el libertarismo son formas de distinto grado de conservadurismo, en muchos campos opuestos al verdadero liberalismo, son formas retrógradas, reaccionarias al keynesianismo, al espíritu siempre literalmente progresista del verdadero liberalismo. Thatcher integraba el partido conservador cuyo nombre no requiere más discusiones respecto del espíritu que la anida. Y Milei el revalorizar la Argentina previa a 1910 también anhela el orden conservador predemocrático cuando el voto no era para todos. De liberales, tienen poco.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
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