La socióloga Yanina Tuñón desarticula la supuesta baja de la pobreza infantil al revelar que la mejora en los ingresos, impulsada por transferencias estatales, convive con una dependencia alimentaria y un estancamiento educativo que las estadísticas monetarias no logran capturar. Según su análisis multidimensional en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), la experta advierte que el bienestar de la niñez permanece condicionado por desigualdades estructurales que trascienden el dato económico.
La socióloga argentina, Ianina Tuñón, es investigadora del Observatorio de la Deuda Social Argentina, dependiente de la Universidad Católica Argentina, donde analiza indicadores sociales vinculados a las condiciones de vida de niños, niñas y adolescentes. A lo largo de su carrera se enfocó en estudiar cómo impactan las crisis económicas en los sectores más vulnerables, especialmente en la infancia.
La encuesta de la deuda social argentina muestra que la pobreza infantil, por un lado, bajó de 60,5% a 53,6%. Sin embargo, registra el nivel más alto de asistencia alimentaria: el 65% recibe ayuda. ¿Cómo se explica entonces que baje la pobreza y, al mismo tiempo, haya la mayor cantidad de niños en comedores?
La pobreza, según nuestros registros, en la infancia bajó seis puntos, pero en realidad se explica fundamentalmente por una merma de siete puntos en lo que es la pobreza indigente. Es decir, que lo que más ha bajado es la indigencia en este último año y tiene que ver con varias cuestiones. Una, por supuesto, es la baja de la inflación.
La indigencia es un grado de pobreza aún mayor. Si deja de ser indigente, pasa a ser pobre, pero sigue siendo parte de la pobreza. ¿O lo entiendo mal?
En parte, en parte sí sigue siendo parte de la pobreza. Pero en parte también salen de la pobreza algunos.
Hay una parte que sale de la pobreza y, fundamentalmente, se explica ese pasaje de la indigencia a la pobreza por la fuerte transferencia de ingresos y por ese 60% o 65% que está recibiendo algún tipo de asistencia. Dentro de esa asistencia se incluyen la tarjeta Alimentar, la mayor concurrencia de niños a comedores escolares y el retiro de alimentos en comedores comunitarios. Es una práctica que, a partir de la pandemia, se extendió a más hogares, incluidos los de clases medias bajas, que en la pospandemia también se incorporaron, en parte, alrededor del 60% de pobreza que tuvimos en estos años. Estos hogares incorporan la asistencia a comedores como parte de su estrategia doméstica de supervivencia, en un contexto de cambios en la estructura de gastos, donde hoy tienen más peso los servicios y el transporte. Una de las variables de ajuste fue la alimentación, y lo que muestra este informe es que estamos en el punto más alto, en un momento en el que los niños dependen en gran medida de la ingesta escolar, de la tarjeta Alimentar y del retiro de viandas en comedores comunitarios.
¿Cómo puede ser que se consuma cada vez menos leche y menos alimentos y, al mismo tiempo, baje la pobreza? Entiendo que, desde el punto de vista de la mayor cantidad de personas que reciben asistencia del Estado, eso pueda reflejarse en las estadísticas, pero ¿qué pasa entonces cuando se observa el consumo?
También hubo un incremento, también hubo un incremento de los salarios de los sectores informales de la economía. Hay mucho más trabajo en la informalidad, pero también hubo una recomposición de los salarios de los sectores informales que, en parte, junto a estas transferencias que se valorizaron en un contexto de menor inflación, tienen un poco más de impacto del que tenían cuando teníamos niveles de inflación más elevados.
Recuerdo a Alberto Fernández planteando cómo podía aumentar la pobreza cuando también crecía el consumo de alimentos, y señalando que el salario no registrado estaba submedido. Como sabemos, ese tipo de ingreso es empírico, no surge de un registro directo, sino de lo que declaran las personas. Entonces, aparece una fuerte desconfianza respecto de que ese supuesto aumento de los salarios informales sea compatible con la caída de los salarios registrados. Resulta difícil entender que a alguien cuyo ingreso crece por debajo de la inflación luego le pague más a un jardinero o a un plomero que lo que aumentó su propio salario. A mí me resulta contraintuitivo sostener que los ingresos informales crecieron. Entiendo que puede haber una mejora en la forma de registrarlos, pero en ese caso, ¿no estaríamos comparando datos que no son equivalentes? ¿O lo estoy interpretando mal?
En el caso de la encuesta permanente de hogares existe esto que usted está planteando en términos de las dificultades de la comparabilidad cuando se han mejorado o cambiado algunas preguntas vinculadas al registro del trabajo, sobre todo los ingresos no contributivos. Pero en el caso de nuestra encuesta, de la encuesta de la deuda social argentina, nosotros no hemos cambiado la forma de medir, con lo cual también registramos una merma. Yo le estoy hablando de una merma de seis puntos en la pobreza infantil, cuando a nivel de la EPH es de diez puntos. Es decir, estamos estimando diferentes niveles, pero con una tendencia similar.
¿Ustedes tienen una medición del ingreso del salario no registrado propia?
Nosotros tenemos un registro de todos los ingresos de la población, de los formales y los informales.
De los formales, el registro que ustedes tienen sale del INDEC, no necesitan ir a hacer ninguna encuesta.
En nuestro caso hacemos una encuesta en la cual registramos los ingresos de todo el mundo, porque le preguntamos a todas las personas, independientemente de su tipo de empleo.
¿Y les da un resultado distinto al del INDEC?
Nos da el mismo sentido, pero con una diferencia en la magnitud de la merma de la pobreza.
El gobierno mide los salarios formales y dice que bajaron 5%, el INDEC dice 5% en privados, 19% en públicos, y al mismo tiempo sostiene que los salarios no registrados aumentaron 30% respecto de hace dos años y medio. ¿Usted me podría decir los datos que ustedes tienen respecto de los salarios formales comparados con noviembre de 2023 —estatales y privados— y luego los no registrados?
No, porque no me dedico a ese tema. La verdad es que vengo a hablar de un informe amplísimo que publicamos ayer sobre la pobreza infantil y no me está preguntando sobre eso.
Sí, le estoy preguntando algo que surge de su dato de que baja la pobreza infantil. Entonces yo digo: se vende menos leche, usted dice que baja la pobreza infantil. La única forma de justificarlo es con estadísticas sobre los ingresos.
También le puedo contar cómo bajaron otros indicadores asociados a la tasa de natalidad, o qué pasa en educación, o en el acceso a la tecnología, a los aprendizajes que son valiosos en la infancia. Es un informe de cientos de indicadores multidimensionales, no solo económico. Quiero entender que usted sabe que las condiciones de vida de la infancia no dependen únicamente de los ingresos, sino también de las estructuras de oportunidades en salud y educación, donde tenemos demoras y calidades muy regresivas para los más pobres.
Usted me dice que mejoraron esas condiciones, no las económicas.
Inicialmente, ¿qué pasa con la pobreza económica? Hay muchísimos problemas metodológicos, que se los habrá explicado Salvia y otros colegas. Usted me convoca para hablar de las dimensiones del desarrollo infantil. No le puedo dar en este momento cifras sobre cómo, en la encuesta de la deuda social argentina, mejoraron o no los salarios informales y formales. Para eso debería consultar a mis colegas.
Consultaremos esos temas metodológicos con sus colegas. Me interesa preguntarle por las otras variables no económicas que permiten concluir que bajó la pobreza. ¿Cuáles serían?
Es que en otras dimensiones del desarrollo infantil haya habido progresos. De hecho, hoy, si pensamos que tenemos tres de cada diez niños con inseguridad alimentaria, significa que sus hogares tienen dificultades para acceder a los alimentos y por eso concurren a comedores o dependen de transferencias.
También tenemos una merma significativa en la escolarización. Más chicos están yendo al colegio en el nivel inicial y secundario, pero eso no implica que tengan conocimientos sólidos. Hay un 40% de niños cuyos padres consideran que no están aprendiendo, y estas cifras aumentan en secundaria y en los sectores más pobres.
Además, estamos teniendo una evolución regresiva en la enseñanza de nuevas tecnologías: más del 50% no accede a esos contenidos ni tiene computadora en su casa. Más del 50% no realiza actividades deportivas; esto sube al 80% en los sectores más vulnerables. Estos indicadores se mantienen estables hace 15 años y muestran una infancia con menos posibilidades de socialización. Cuatro de cada diez niños tienen dificultades para hacer amigos o vincularse cara a cara, y esto es más fuerte en niveles socioeconómicos bajos.
La socialización que antes ocurría en el barrio o en la calle hoy está muy limitada. Esto se vincula con fenómenos recientes de violencia adolescente y falta de pertenencia escolar.
¿No hay ningún valor extraeconómico en el que haya mejorado la pobreza infantil?
No hay dimensiones de las estructuras de oportunidades o de los recursos de los hogares en las que hayamos avanzado.
Eso me permite entonces avanzar con sus colegas, porque si no hay dimensiones no monetarias que mejoren, la reducción de la pobreza es exclusivamente monetaria, y tengo que dirigirme a ellos para ver cómo se calculó ese ingreso.
MV