viernes 27 de mayo de 2022
OPINIóN Tiempo libre
25-02-2022 09:05

El placer de leer, siempre (trigésima sexta entrega)

La compañía de un libro es enriquecedora, a nivel intelectual y emocional. Hoy hablaremos de Alejandro Rossi.

25-02-2022 09:05

Alejandro Rossi fue un distinguido profesor de filosofía. Nacido en Florencia, Italia, el 22 de septiembre de 1932, vivió en varios países, obtuvo la ciudadanía mexicana, estudió filosofía en Inglaterra, Alemania y México, autor de varios artículos en revistas especializadas y empeñado en escribir cuentos y textos literarios.

En el campo educativo, ejerció funciones directivas en El Colegio Nacional, El Colegio de México y de investigación en la Universidad Nacional de México (UNAM); en el campo literario, en el Fondo de Cultura Económica, en las revistas “Crítica”, “Plural” y “Vuelta”.

Autor de “Lenguaje y significado” (1968 “El cielo de Sotero” (1987) -que me dedicó “muy cordialmente-; “Sueños de Occam” (1982 “Un café con Gorondona” (1999); y de una trilogía: “Manual del distraído” (1978); “La fábula de las regiones” (1998) y Edén. Vida imaginada” (2006), esta última merecedora del Premio Xavier Villaurrutia.

 

Alejandro Rossi, escritor mexicano
Alejandro Rossi.

 

Obtuvo la Guggenheim Fellowship para escribir ficción (1985); merecedor del Águila Azteca (1988), máximo galardón que el gobierno mexicano otorga a extranjeros ilustres que han hecho suya la patria mexicana y que Alejandro aceptó con profunda gratitud, con plena conciencia de lo que vale; de la orden Andrés Bello (1996) concedida por el gobierno de Venezuela; Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1999); doctor Honoris Causa de la UNAM (2001); condecorado por los Reyes y el gobierno de España con la Orden de Isabel la Católica (2002), entre otras distinciones.

Alejandro Rossi vivía cerca de mi casa, casi pegadito a la librería El Juglar. Porque había leído parte de su obra hice todo lo posible para que se lo invitara al programa de televisión. “Es un gran escritor”, les dije. “Está muy enfermo”, “es renuente a las entrevistas y a la televisión”, “una persona difícil”, me contestaron. “¿Puedo, insistí?” Así fue como varias veces lo visité en su casa y siempre me atendió de la manera más amable, lo mismo Holbeth, su linda esposa.

Maneras de leer

Alejandro habla en tono de tertulia, larga frases felices, descree de la línea recta así como cree en el vuelo de las mariposas, se mueve en torno de la vulnerabilidad humana. Nada arrogante con las vidas ajenas -ninguno puede decir con lucidez y con seguridad cómo fue su vida, es un lío saber quiénes somos- se acerca sin prejuicios tanto a los temas polémicos como a temas que no se toman en cuenta:

“Si leo que dos personas beben “cerveza tibia” pienso en hombres cansados, en pensiones mediocres, en cuartos revueltos y en la valija sobre el ropero; presiento conversaciones complejas y elípticas acerca de temas nimios, me llega el pudor de esas amistades mezcladas de tedio y desesperanza. Sé que allí no hay mujeres, que no reciben cartas, que se conforman con trabajos fáciles, una rutina ejercida con perfección y desgano. Beben “cerveza tibia”, observan a la gente, padecen entusiasmos ficticios, están convencidos de que cualquier acción es una extravagancia o un proyecto turbio...”.

Conversador de espléndidos dones verbales, saca temas como de una galera. Cuando le dije que era argentino, me habló de la revista para niños “Billiken”, para luego hacer referencia a sus viajes a Venezuela, de sus viejos amores literarios, Chandler, Borges, el poeta italiano Montale, de hombres y mujeres que entre la vanidad y el desamparo se pasan la vida esperando el pequeño milagro diario.

El secreto mejor guardado de la literatura argentina

Cuando supo que yo había estudiado historia, “esa enemiga del misterio”, abundó sobre nuestras verdaderas patrias, estas regiones de pueblos enamorados de los gestos y de los rituales, con rigurosidades que se asientan sobre una profunda ignorancia, donde no hay paz sino tregua entre guerras que parecen necesarias, una América Latina donde las ilusiones son más potentes que las realidades.

Rossi defiende la experiencia directa, percibida a través de los sentidos corporales y se encuentra a disgusto en un mundo cada día más lleno de objetos sin historia que lo rodean de soledad, mientras otros consideran que los actuales sistemas de comunicaciones posibilitan cierta “cercanía” mediante un intercambio rápido de contenidos orales o escritos:

“...el teléfono me obliga a la cortesía: afirmo cuando más bien quisiera negar, apoyo un razonamiento que me parece deleznable, participo en la dramatización de un suceso minúsculo, emito ruidos solidarios, celebro, concedo, evito las discusiones. Soy hipócrita y elusivo. Quisiera intercambiar únicamente informaciones obtusas: el horario de los aviones, el estado del clima, la salud del Papa, el vencedor del premio Nobel, la fecha de una batalla. La conclusión es a la vez trivial y alarmante: prefiero hablar solo.”

El placer de leer, siempre

Sensibilizado ante las conductas esenciales y los valores de la puntuación, en pro del encuentro dialógico entre la filosofía y la literatura como lo hacían los griegos de la antigüedad, una filosofía que se entromete en todo y una literatura que reivindica lo imaginario ante esta realidad cotidiana irrepetible y misteriosa, Rossi regresa siempre al día a día, interesado más por las rendijas -gestos, actos, momentos- en que se va la vida sin que uno se dé cuenta:

“Tengo de pronto el cigarro en la boca, pero no sé cuando moví el brazo izquierdo para acercar la cajetilla, ni tampoco cuándo los dedos de la mano derecha lo sacaron y lo llevaron a los labios. Momentos ciegos, brevísimas interrupciones, parpadeos, de acuerdo, aunque tan frecuentes. Escucho con desesperación el aparatoso monólogo, lucho contra esa voz espesa, jalea verbal que pretende inmovilizarme, maldigo mi suerte y descubro que, sin darme cuenta, me he quitado un zapato, he aflojado el nudo de la corbata y me rasco, me rasco la rodilla como un mono obsesivo.”

Alejandro Rossi murió el 5 de junio del 2009, a los 76 años de edad. Fue homenajeado en el Pabellón de Bellas Artes, con la presencia del Presidente de la Nación, Felipe Calderón.

Escribir y leer en tiempos digitales

Poseía la sensibilidad de lo mínimo, detestaba las certidumbres rápidas, creía en la libertad como una manera de romper con los destinos heredados.