miércoles 30 de noviembre de 2022
OPINIóN Grietas

Antes de acordar el rumbo

12-11-2022 06:12

¿Qué diferencia una confrontación política de una cualquiera? Que se está disputando el poder para conducir una comunidad que nos pertenece a todos y todas. La política tiene dos caras. La agonal, la lucha por el poder, y la arquitectónica, el ejercicio del poder. La disputa está implícita, no se alcanza la posibilidad de conducir la comunidad sin poder. Y alcanzarlo, en democracia, supone una pelea por el voto, que debería ser legítima.

El problema que tenemos los ciudadanos y ciudadanas, quizás, no sea la disputa en sí. Puede ser la manera en que lo hacen nuestros políticos y políticas, o las descalificaciones personales en las que incurren, que nos hacen preguntar por dónde va la pelea.

Pero, sobre todo, estamos afectados y afectadas porque sentimos que el barco en el que navegamos, en un mundo muy incierto, en un océano bravío, alejado y demasiado al sur, y con muy poca acumulación de potencia, está hundiéndose. Por eso, aunque entendemos que tengan que pelear la conducción de la nave, estamos esperando que los dirigentes de cada uno de los sectores que integramos ese barco, acuerden al menos una, dos o tres acciones concretas que permitan resolver esa disputa, con el barco navegando.

En todas las reuniones y debates frente a públicos académicos parecen coincidir que es necesario. Que, urgentemente, hay que acordar algo. Sin embargo, la televisión, las redes y la radio amplifican peleas y disputas que nos hablan casi siempre de mezquindades. Como si asegurar alguna silla de poder fuera más importante que el bien del conjunto, al que aspiran a conducir.

En el medio de esos gritos y peleas que poco hablan de futuro, hay otros, otras, que están sacando el agua que entra, y que, de todas las maneras posibles, intentan que el barco no se hunda y, en la Argentina de “lo atamos con alambre”, es heroico lo que se ve en diversos sectores de los mundos social, económico y político. Hay una Argentina que empuja, paga impuestos, produce igual, intenta exportar, estudia modelos de desarrollo, trata de crear nuevas herramientas.

Está mil veces escrito y dicho que la grieta es un negocio de pocos. Aunque hay quienes creen seriamente que es imposible acordar un rumbo porque el debate es entre dos modelos de país. Y que, si ganan los de acá, será un país y si ganan los de allá, será otro país.

Argentina necesita dejar de hundirse antes de definir el país que quieren los de acá o el que propugnan los de allá. Y eso requiere que la dirigencia, deje un rato de lado esa diferencia que siente sustancial, solo y al menos hasta que podamos reparar en lo indispensable nuestra nave y ponerla en marcha para que deje de caerse gente al agua. Y aunque sientan que no se puede, intentarlo de cualquier manera, con disposición primero a creer que el otro es parte de su propia comunidad, de su mismo barco, y segundo a entregar algo de lo que piensa en beneficio del todo.

Es un mundo complejo, incierto y con muchos retos. Podemos enojarnos con la dirigencia, cuyos nombres no han variado hace décadas, y su conducción nos ha dejado en este lugar tan difícil. Y quizás reclamarle que en lugar de seguir echándose culpas y peleando mezquindades, se pongan juntos y juntas a arreglar el barco.

Pero, creo que como ciudadanos y ciudadanas tenemos alguna responsabilidad donde nos toque. Al elegir, con nuestro voto, lo hacemos cada dos años. Pero sobre todo tenemos un enorme rol en contribuir a construir confianza mutua y en el país. En empujar y hacer protagonizar a quienes quedan escondidos por los gritos y las peleas, que son los que están trabajando por arreglar el barco. En sentirnos parte. En poner de nuestra parte para ese arreglo que necesitamos. Porque nos importa. Porque es nuestro barco.

En el mundo de la ciudadanía global, ser argentino o argentina parece cada vez menos estimulante. La noticia es que sólo podrán sacar pasaporte de ciudadano global o binacional un porcentaje muy chico de nuestra gente. Animarse a seguir queriendo ser Argentina requiere el coraje de quienes gozan de más privilegios, capacidades o recursos, ya que son quienes más tendrán que resignar o poner. Necesita también la confianza de quienes quieran conducir, ya que, en lugar de perseguir, expulsar u obligar, van a tener que entusiasmar, y hacernos sentir parte. Y supone, además, la voluntad de encontrar ideas y proyectos comunes entre los de acá y los de allá, anclados en el amor a la tierra en la que nacimos, en lugar de criticar y sentarnos a comentar.

Ahora que, seguramente con la Selección de fútbol todos revalorizaremos el celeste y blanco de nuestra bandera, es hora de que todos y todas nos prendamos en una batalla esencial para lograr que quienes quieren conducirnos, se sienten a acordar. O que sus gritos se apaguen frente a la fuerza que ponemos para dar lugar a otros y otras que vienen hace tiempo trabajando desde sus lugares por este cambio. Ese cambio que ya es tiempo de que empiecen a protagonizar, poniendo en valor la política, la buena política de la que dirigentes y dirigidos somos capaces.  

*Directora de la Escuela de Política y Gobierno, UCA, y presidenta de la Fundación Universitaria del Río de la Plata.

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