jueves 24 de junio de 2021
OPINIóN Oportunidades
08-06-2021 18:11

Ética para indecisos

La libertad siempre es sinónimo de decidir, pero no siempre decidir es sinónimo de acertar.

08-06-2021 18:11

Tal vez un signo elocuentemente revelador de la importancia de la ética en el mundo griego antiguo sea que Aristóteles, quizás el más grande pensador de aquellos siglos, dedicó dos obras a su estudio y desarrollo, la Ética a Nicómaco y la Ética a Eudemo, mucho más breve, y una sola a la metafísica, y otro tanto hizo con respecto a la política, la retórica, la física, la lógica o el alma, por citar solo algunos de sus textos más conocidos. La premisa de la ética clásica es que las acciones pueden valorarse como virtuosas o carentes de virtud, mejores o peores solo en tanto que son libres, libertad que es también un fundamento de la imputabilidad penal, al menos en occidente, hijo en esto del derecho romano. 

Así, y si solo el obrar libre es acreedor del juicio ético, del mismo modo puede afirmarse que accionar con libertad es siempre sinónimo de decidir. De manera más que reveladora el verbo “decidir” procede del latino “decidere”, que significa “cortar”. En efecto, cada vez que decidimos estamos “cortando” líneas de tiempo y espacio que no deseamos recorrer. Sin embargo, decidir no es sinónimo de “acertar” sino que, precisamente por el momento y el mundo de la libertad, significa más bien convertir una incertidumbre en un riesgo, es decir, la vida misma, que la perfección tal vez no sea de este mundo.

 Decidir no es sinónimo de “acertar” sino que, precisamente por el momento y el mundo de la libertad, significa más bien convertir una incertidumbre en un riesgo

Arriesgar-se, en concreto, más que arriesgar, en abstracto, es exponerse voluntariamente a la intemperie del mundo, a su indomable e irreductible inseguridad. Y muy al respecto puede decirse que la búsqueda compulsiva de atesorar bienes egoístamente esconde el verdadero pecado del avaricioso, que no es su sed de riqueza sino su deseo irrefrenable de seguridad, como bien lo puso de relieve Moliére.

En uno de sus mejores y más conocidos versos exige Goethe detente, instante, no seas tan fugaz”. No decidir es (sobre)vivir en un perpetuo pasado o en un interminable presente, ser incapaz de pro-yectos, es decir, que nos resulte impensable, y por eso mismo imposible, pasar del estado heideggeriano de “arrojado a la existencia”, de “yecto”, para ir hacia el futuro, para conquistar el porvenir.

No decidir es (sobre)vivir en un perpetuo pasado o en un interminable presente

Tener resolución, ser resuelto, es lo contrario de esa libertad absoluta-absuelta, “absolu”, en francés, que exigía y proclamaba Sartre, absuelta de la necesidad de dar cuenta y cuento de ella, de darle narración y relato, de responder y ser responsables, de explicar y ofrecer sentido pues la libertad siempre está arraigada en el mundo y de manera muy especial en el mundo que con-tenemos, que tenemos-con los demás. La vida no es una “pasión inútil”, un padecer y no un hacer, y los otros no son “el infierno”, la alteridad como límite y no cual destino de nuestro ser libres.

La ética de la indecisión es una contradicción en los términos, un oxímoron, tanto como el agua seca o el caliente hielo y la felicidad no tiene tanto que ver con decidir como con decidir-se. Se ha dicho de la ética griega que es una ética “eudaimonista” (Ética a Nicómaco, 1995a 15-22), del “eu damión”, del “buen duende, hado o espíritu”, una ética de (y para la felicidad), una ética de quienes se aventuran al porvenir para alcanzar un buen puerto, o al menos para alcanzar los faros que lo presagian, una ética de los felices, un “ethos” de los bien-aventurados.

*Profesor de Ética de la comunicación, Escuela de posgrados en comunicación, Universidad Austral.

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