Algunos sectores de la economía argentina empiezan a mostrar señales, aunque todavía incipientes, que invitan a pensar un escenario de mayor dinamismo para la actividad económica. La proyección de una campaña agrícola robusta y la consolidación de Vaca Muerta, en materia energética, representan factores alentadores. La pregunta, no obstante, ya no aborda la existencia de oportunidades, sino que la clave está en determinar si el entramado productivo está en condiciones de aprovecharlas.
El agro, históricamente uno de los motores del país, vuelve a registrar volúmenes significativos. La producción de maíz, por ejemplo, se encamina a niveles cercanos a las 62 millones de toneladas, mientras la soja se ubicaría en torno a las 48 millones. Este nivel de actividad, además de impactar en la generación de divisas con exportaciones que podrían superar los USD 30.000 millones, activa un extenso conjunto de actividades relacionadas, desde transporte y almacenamiento hasta insumos, maquinaria y logística.
Caputo aseguró que el agro está en “boom absoluto”
Algo similar sucede en el sector energético. Vaca Muerta es un proceso en marcha y demanda escala, continuidad e integración. Más allá de los indicadores de producción, el sistema se moviliza y cada pozo implica miles de toneladas de insumos industriales (en arena solamente, pueden requerirse más de 11.000 toneladas), grandes volúmenes de agua y una variedad de servicios que no se sostiene sin una red de proveedores que acompañe cada etapa.
El lugar de las pymes en un contexto de mayor actividad eonómica
En ese punto las PyMEs adquieren un rol estratégico. No sólo participan como prestadoras sino que en muchos casos son el eslabón que permite que toda la cadena de valor funcione. Sin embargo, también son las que enfrentan mayores dificultades para adaptarse a las exigencias de la coyuntura.

El financiamiento, entonces, deja de ser una variable secundaria para convertirse en una condición estructural. Sin acceso al crédito, las pequeñas y medianas empresas difícilmente puedan estar a la par de procesos que requieren inversión constante, incorporación tecnológica y capacidad operativa acorde. En otras palabras, el problema no es la falta de demanda; es la falta de capacidad para responder a ella.
En los últimos meses puede observarse cierta reactivación en el crédito al sector privado, con un alza real próxima al 2% mensual y una expansión interanual que ronda el 25%.
A esto se suma el regreso de algunas líneas, como los créditos hipotecarios, que puede leerse como un indicador de mayor liquidez en el sistema. Por lo cual, acceder al crédito, construir historial y operar dentro del sistema financiero no solo habilita el acceso a fondos, también mejora la visibilidad de las organizaciones y amplía sus posibilidades de seguir creciendo.
Reforma laboral suspendida: incertidumbre y retroceso para pymes y trabajadores
Esto no ocurre sin tensiones, que por cierto no deben ignorarse, como el aumento de la morosidad especialmente en los segmentos más vulnerables, y refleja las dificultades que
todavía persisten en los circuitos de pago.
De todas maneras, el ecosistema financiero está atravesando una transformación que amplía las alternativas disponibles. Las entidades no bancarias y las plataformas tecnológicas continúan sumando protagonismo, lo que facilita el acceso a productos más flexibles y adaptados a las necesidades de los jugadores más pequeños. Este proceso no reemplaza al sistema tradicional, pero sí lo complementa y abre nuevas posibilidades de inclusión financiera.
Por consiguiente, el desafío de fondo consiste en impulsar un dinamismo que impacte de manera transversal a toda la cadena de valor, en vez de quedar en compartimentos estancos.
Para eso, es necesario que el financiamiento acompañe en tiempo y forma a las PyMEs, y se evite así dejarlas al margen de procesos que hoy están redefiniendo la estructura productiva
del país.
(*) Directora de Planeamiento Estratégico de LUC