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OPINIóN / LA CRISIS DEL POPULISMO
jueves 24 enero, 2019

Devotos de izquierda

La situación económica, política y social, la grave crisis que atraviesa Venezuela, debería abrir los ojos de esa "izquierda" americana y europea que adhiere al populismo como una religión sustituta, algo así como un "más acá" en lugar de un "más allá" en el que confiar, abandonando toda razón y análisis crítico.

Por Carlos Gabetta

Venezuela Foto: AFP
jueves 24 enero, 2019

La situación económica, política y social; la grave crisis que atraviesa Venezuela, debería abrir los ojos de esa “izquierda” americana y europea que adhiere al populismo como una religión sustituta, algo así como un “más acá” en lugar de un “más allá” en el que confiar, abandonando toda razón y análisis crítico.

Por supuesto que los males de la tierra, su imparable aumento y supuesta inevitabilidad, siguen siendo “las razones” de cualquier devoto. En América Latina, el imparable retorno de gobiernos y políticas liberales; o que en el gendarme de siempre, Estados Unidos, gobierne un fascista de nuevo tipo como Donald Trump, entre otras tantísimas calamidades.

¿Pero acaso el retorno liberal en América Latina no es consecuencia del fracaso populista? Los casos de Argentina y ahora Venezuela, dos países desbordantes de posibilidades que el populismo llevó a la ruina económica, política, social y moral, son emblemáticos en la región. Que ahora en Argentina y quizá mañana en Venezuela gobierne nuevamente el liberalismo, es resultado de promesas y sueños populistas “de izquierda” no rotos, sino destrozados. Que en Estados Unidos y Europa a los gobiernos conservadores, liberales y socialdemócratas les vayan sucediendo gobiernos de ultraderecha, es a su vez consecuencia de los fracasos conservadores y liberales ante la crisis económica mundial y la conversión de la izquierda socialdemócrata al social-liberalismo, cuando no a la corrupción y maneras populistas.

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Así, el desconcierto conservador y liberal ante la crisis económica y la conversión socialdemócrata acabaron creando un vacío político en las democracias occidentales. Cada uno a su modo y desde la situación en que se encuentra, pero hoy todos los países comparten el fenómeno del aumento de las desigualdades, de la corrupción política, institucional y social; de la delincuencia organizada y la violencia callejera.

Ese es el hueco que va ocupando el populismo; de derechas o de “izquierdas”, poco importa. El populismo se acomoda a cualquier situación; puede ser o aparecer como una cosa o la otra. El ominoso Donald Trump en Estados Unidos; un ultra nacional-derechista, racista y misógino con el dedo sobre el botón nuclear... En Europa, la extrema derecha, mayoritariamente votada,  gobernando en Austria, Italia, Hungría y Polonia y creciendo en todos los países, incluso en los ejemplares escandinavos.

América Latina pasa por los estertores de una nueva intentona de los populismos “de izquierda”, con los mismos mínimos progresos y desastrosos resultados de las anteriores. Uruguay, casi como siempre, destaca en ese entorno. Hasta ahora, el retorno liberal generalizado transcurre en aparente calma democrática. No obstante, la crisis mundial, regional, nacional golpea duro; América Latina comparte con Estados Unidos y Europa el aumento de las desigualdades, de la corrupción política, institucional y social; de la delincuencia organizada y la violencia callejera. Solo que desde una condición inicial mucho peor y por lo tanto, con resultados aún peores.

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En otros tiempos, a situaciones así les sucedían dictaduras cívico-militares, con los resultados conocidos y el descrédito consiguiente. Ahora, un modelo nuevo despunta en la región, y nada menos que en Brasil: Jair Bolsonaro, un personaje y un proyecto que no hace falta describir; Donald Trump fue el primer presidente en felicitarlo. Aunque Bolsonaro parece más sobrio, son política e ideológicamente gemelos.

Respecto a la muy prometedora experiencia socialdemócrata Lula-Rousseff y a la forma en que acabó se pueden decir muchas cosas.  Suponer, por ejemplo, que quizá el PT fracasó, además de sus propios errores y limitaciones, porque el proyecto de una extrema derecha militaro-republicana estaba en marcha. ¿Acaso el implacable fiscal del “Lava Jato”, Sergio Moro, no fue inmediatamente nombrado ministro de Justicia y Seguridad por Bolsonaro?

De ningún modo estoy sugiriendo una conspiración, sino señalando el costado lógico de una coincidencia ideológica que responde a una necesidad social. La consigna de la República del Brasil, inscripta en su bandera, es “Orden y Progreso”; el uno como necesidad y respaldo del otro. Si los liberales y luego la izquierda no supieron, o no pudieron, o les impidieron, frenar la crisis económica y el desorden social consiguiente; si ya no existe la posibilidad de que los militares “pongan orden” -como importantes sectores sociales reclamaban décadas atrás- parece lógico que una mayoría social acabe apoyando a quien subraya la necesidad de restablecer el orden, con la promesa de restablecer el progreso.

El populismo de derechas de Bolsonaro: para “la gente”, el orden de la familia y la calle; más la caridad y devoción cristianas. Para el mundo de las finanzas y negocios, “Brasil potencia”, igualito de sentido al “America great again” de Donald Trump. También en América Latina despunta una nueva, inquietante era.

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Mil disculpas por las mil simplificaciones de este texto: las “razones de espacio” siguen siendo una excusa imbatible. Pero la conclusión es que sus propias fuentes teóricas –no sólo Marx, por supuesto- deberían suministrar a la izquierda internacional, en sus variados matices, las razones de su actual crisis, que esencialmente consiste en que la extrema derecha está ganando el apoyo de lo que siempre han sido tanto las bases como el objetivo de la izquierda: las clases trabajadoras y medias; la pequeña y mediana industria, funcionarios, profesionales, intelectuales, artistas. Salvando todas las proporciones y distancias, este proceso mundial se asemeja al anterior y consecutivo a la crisis mundial de 1929. Inquietante, porque si hoy termina como aquél, en una guerra, esta vez será nuclear, química, espacial. Ante esa perspectiva, no habrá otro remedio que encomendarse a algún Dios.

En la última década del siglo pasado implosionó el “socialismo real”. Sus exponentes, con muchas variantes y matices, devinieron muy competitivas dictaduras capitalistas de nuevo tipo. En las democracias capitalistas desarrolladas, una parte de la izquierda, esencialmente la socialdemocracia, ha prácticamente desaparecido de escena. El último, estrepitoso fracaso, fue el de François Hollande, en Francia.

Esto es lo que explica la actual devoción populista de numerosos sectores y personalidades de izquierda, procedentes o aún miembros del comunismo, el socialismo, otras corrientes del marxismo, etc… También del liberalismo: es el caso aquí de numerosos radicales progresistas. La personalidad del líder y las promesas populistas para el “más acá”, reemplazan al Dios anterior y al “más allá”. Aquellos comunistas que miraban para otro lado ante los métodos de Stalin son los mismos devotos que creen en Cristina Kirchner o en Nicolás Maduro. No hablo de aquellos que obtienen puestos, prebendas o beneficios del populismo, porque de esos hay en todas partes y acaban en lo mismo en cualquier sistema, sino de los numerosos, intachables devotos del populismo provenientes del liberalismo o la izquierda.

En fin, que el tema da para muy largo, pero la síntesis es que la izquierda debe recuperar el espíritu y la razón crítica para formular el proyecto que la situación requiere. Para terminar, una anécdota que viene a cuento.  A sus 26 años, Karl Marx escribió La cuestión judía, un ensayo muy crítico respecto a la religión, donde básicamente sostiene que los judíos, como los adeptos de cualquier otra religión, solo serán realmente libres cuando se liberen de esos mitos. Marx, un judío, nieto de un rabino prestigioso, diciendo esas cosas en Alemania a mediados del siglo XIX… Un escándalo; la comunidad judía no sabía qué hacer con él. Sus autoridades salieron del paso diciendo que “el joven Marx se había dejado llevar por su temperamento apasionado”. Y el joven Marx les contestó: “La crítica no es una pasión de la mente, sino la mente de la pasión”. Dialéctica marxista en estado puro. Guiado por esa mente apasionada, el joven Marx hizo después todo lo que hizo. Entre otras cosas, predecir con fundamento científico la crisis actual del capitalismo.

Si se es apasionado por una causa, cualquiera que sea, la mejor manera de defenderla es aceptar la realidad, hacer la crítica donde y cuando es necesario, aún corriendo el riesgo de equivocarse. La crítica es una cuestión de honestidad y coraje intelectual; su resultado. El filósofo y juerguista estadounidense Wison Mizner lo formuló así a mediados de siglo pasado: “ya respeto la fe, pero es la duda la que nos educa”.

 

(*) El autor es periodista y escritor


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