26 nov 2020
OPINIóN |Desde Madrid
viernes 30 octubre, 2020

Diario de la peste: el perímetro de Babia

El rostro del presidente Macron aparece ayer en la tapa de Liberation repetido infinitas veces en una composición caleidoscópica bajo el título "Un día sin fin".

Emmanuel Macron presidente francés Foto: Agencia Ap

La pesadilla continua: Francia cierra por un mes; Alemania, también cierra bares, restaurantes y teatros, mientras que Italia intenta evitar el confinamiento entre manifestaciones contra las medidas en Roma, Milán y Nápoles.

Hay resistencia, hay indiferencia, también resignación.

La epidemióloga Aurora Bueno de la Universidad de Granada, opina que hay que cambiar el modo de comunicar y establecer códigos distintos en la forma de relacionarnos con la pandemia. Bueno no ve prudente la carga de responsabilidad que se pide a la población con respecto a la que asumen los políticos y la poca capacidad de reacción de estos frente a la dinámica del virus. Hubo un momento en el que se señaló a los jóvenes, con lo cual, se restringió la actividad nocturna, pero, a día de hoy, está claro que el foco del contagio está latente tanto en la panadería a media mañana como en un pub a medianoche. ¿Qué hacer? Un grado de concienciación mayor es necesario pero un modo de comunicarlo de manera distinta, es clave: el número de contagiados y muertos es tan frío y distante ya como lo es la indiferencia con la que el lunes se escucha la cantidad de decesos causados por los accidentes de tráfico el fin de semana. Solo un mayor grado de responsabilidad civil puede ayudar a que esta nueva ola no tome proporciones de tsunami.

Emmanuel Macron 20201030
El rostro de Macron lo dice todo.

No es precisamente el camino que ha elegido la comunidad de Madrid para gestionar el rebrote. España acaba de decretar un Estado de alarma que se extenderá hasta el 9 de mayo. Esta declaración no implica confinamiento absoluto sino un marco legal, flexible, para que cada comunidad pueda tomar las medidas oportunas en cada instancia sin estar sujeta al límite que marcan sus pautas jurídicas. Hoy, el mapa español es muy heterogéneo y va de comunidades prácticamente cerradas como la catalana, sin bares, restaurantes ni espectáculos culturales a otras, como Galicia o Extremadura limitadas al toque de queda nocturno, o Canarias, prácticamente en una situación normal.

Madrid es diferente. Su presidenta, más allá de su posición ideológica, neoliberal extrema, enemiga de cualquier restricción, preocupa por su perfil frívolo en la búsqueda permanente del efecto mediático. Se reunió con otros dos presidentes comunitarios, el de Castilla La Mancha y Castilla León, de su propio partido, ya que las tres regiones son colindantes y todas con niveles altos de contagio. Se resolvió cerrar perimetralmente durante dos semanas todos los territorios. Cuando, en rueda de prensa, los tres mandatarios comunicaron posteriormente el acuerdo, Díaz Ayuso, para asombro de sus colegas, dijo que Madrid solo se cerraba en los próximos dos puentes, el de este fin de semana y el siguiente.

La orden del Estado de alarma establece que los cierres, para alcanzar su fin, deben ser de siete días como mínimo. En Madrid durarán cuatro días cada uno. Obviamente esto crea un estado de desconcierto y confusión muy alto entre la población, además de un debate político estéril y peligroso en la medida que posterga la búsquedad de soluciones al riesgo sanitario. Pero, por otro lado, el daño colateral mayor es la indiferencia que se apodera de la población y hace que en Madrid, en la calle, la emergencia no se viva como tal. La necesidad defensiva de negar el peligro se fortalece con la banalización oficial del problema. Díaz Ayuso como Trump convierte la pandemia en un reality show. En contra de lo que recomienda la epidemióloga Aurora Bueno, no es que Ayuso pase la responsabilidad a la población sobre las precauciones ante un posible contagio: ella niega que eso pueda suceder. Un paseo nocturno por las terrazas del barrio de Chueca, de Lavapiés o de la calle Ponzano hacen pensar que lleva razón: vivimos en Babia.

Hoy, en su columna de los viernes, el escritor Juan José Millás se refugia en la poesía y elabora una larga oración articulada en la búsqueda de sentido de un largo número de poetas [6]. Es en la voz de Louise Glück donde se encuentra una respuesta a esta sensación de estar en Babia, confinados y ciegos: “Recuerdo mi infancia como un largo deseo de estar en otra parte”.

 

 


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