martes 28 de junio de 2022
OPINIóN Análisis

Los pensadores cautivos de sí mismos

Los pensadores que apoyan fuerzas o ideas políticas autoritarias se engañan a sí mismos. Tienen la ilusión de que serán libres de expresar lo que piensan dentro de un régimen enemigo de la libre expresión.

05-11-2021 09:00

                                                                                           “El pensamiento cautivo”, Czesław Miłosz

Los pensadores que apoyan fuerzas o ideas políticas autoritarias se engañan a sí mismos. Tienen la ilusión de que serán libres de expresar lo que piensan dentro de un régimen enemigo de la libre expresión. Por otro lado, si se adaptan a ese régimen, pierden su sentido crítico, dejando de ser verdaderos pensadores.

Ejemplos sobran. Marx no podría haber escrito lo que escribió en un país comunista y solo pudo hacerlo en Inglaterra, el país más liberal de su época. Y cuando dijo que “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, renunció a ser filósofo, que es alguien que busca la verdad.

Maquiavelo y Platón quisieron vivir sus ideas políticas y acabaron mal. Hobbes quiso resolver su traumática época creando una filosofía política que justifique la tiranía a nivel metafísico. Es conocido el caso de Heidegger que negaba los males del nazismo a fin de poder seguir enseñando en su Universidad y no sé qué fantasmas vio Foucault al ilusionarse con Khomeini.

Pensadores veloces

Del otro lado, por ejemplo, estuvieron Moisés cuando se enfrentó a sus seguidores que querían regresar al cautiverio, Sócrates que enfrentó la política desde la dimensión de la búsqueda de la verdad, Spinoza que desató la lucha por la libertad de expresión y Erich Fromm que en su “Miedo a la Libertad”, desafía a los regímenes totalitarios desde la psicología.

En Argentina esto ocurrió de muchas maneras, por ejemplo, tanto los pensadores nacionalistas -al estilo de Jauretche- como la izquierda intelectual peronista de las décadas del 60 y 70, aunque a distinto nivel fueron ninguneados por Perón. En una situación distinta, los montoneros condenaron a muerte a Juan Gelman por decisiones surgidas del pensar por su cuenta. La tragedia de los 70s volvió como farsa durante el kirchnerismo, que también se decidió a atacar el pensamiento divergente, especialmente en los medios, en la justicia y en los ámbitos educativos y científicos. 

Este tipo de intelectuales suelen tener personalidades atacadas por la melancolía, que sueñan paraísos perdidos sin sentido de realidad. Algunos creen en el hombre bueno original o en el hombre nuevo perfecto, en la naturaleza redentora, en la religión ancestral, en filósofos que el viento ya se llevó o en el país que supuestamente alguna vez fue.

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Esa melancolía suele tomar estéticas de abandono, dejándose una barba pensadora, un vestir descuidado por vivir en el reino de las ideas, una mirada admonitoria y lo que alguna vez fue una pipa “interesante”. Su maldición: volverse un triste o, en caso de fusionarse con una ideología autoritaria, vaciarse.

Para evitar esta ilusión, un pensador debe saber diferenciar la lucha por la justicia social e individual de las utopías autoritarias, que terminan ejerciendo similares injusticias hacia el bando contrario y destruyendo el ideal del libre pensamiento que lo movilizó a expresarse en un principio. Hay una manera muy sencilla de hacer esta diferenciación: si uno quiere hacer un cambio total para hacer justicia, uno va a ser un totalitario.

La vida no es una novela o película con un inicio injusto y un final utópico, es un continuo complejo y, en última instancia, un absoluto. Toda lucha utópica, a fin de enfocarse, hace crecer anteojeras que llevan a dividir el mundo entre buenos y malos o iluminados y engañados, y esto hace que no se pueda percibir ni pensar la complejidad de lo real.

La legitimidad de una lucha política por la justicia está dada, entonces, por aquello que realmente lo moviliza a uno “en el cuerpo”, como por ejemplo la de Eduardo Galeano, la de Graciela Fernández Meijide y la de los que claman por la AMIA.

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Es entendible el mecanismo que lleva de haber sufrido un ataque violento por parte de un bando a querer ejercer violencia en su contra desde el otro. Pero solo se supera un trauma psicológico comprendiéndolo en profundidad y reconociendo el mecanismo mental que lo hace persistir. No se lo supera sublimándolo en otras luchas, que ilusoriamente impedirían la aparición permanente de traumas. Estos seguirán, aunque se triunfe y revivirán en cada momento, acentuándose constantemente hasta llegar incluso a conductas de tipo paranoico. 

Las luchas en Argentina desde 1930 hasta 1983, entre nacionalismos populistas y/o conservadores, dictaduras de derecha y subversión de izquierda (etc.) ocurrieron por falta de Democracia. Es decir, por no tener una forma de vida que legitime la diferencia y por lo tanto la libertad de expresión que hace posible la fertilidad de los pensadores.

La clase media argentina, por ejemplo, de bastante envergadura e importancia comparada con otros países de la región, muchas veces se ha alienado en los distintos bandos autoritarios dejando sin defender el bastión de la Democracia. Siendo esta la clase socio-económica que más fácilmente puede desarrollar un interés legítimo en ella, también debe ser la responsable de defenderla cuando esté en peligro como ahora.

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La democracia puede ser necesaria para comer, curar y educar a las grandes mayorías, pero no es suficiente. Entre otras cosas, hay que enseñarla desde la escuela, con prácticas que consistan, por ejemplo, en aprender el entendimiento de la complejidad de lo real, a expresar lo que se piensa, a acordar reglas de juego, a realizar debates, a resolver problemas por vía de la razón, a resolver votando cuando no hay una manera más razonada, etc.

Estas enseñanzas prácticas, desde la niñez, son imprescindibles para la formación de una ciudadanía democrática de pensamiento libre, que no se desvíe fácilmente ante los traumas. Recién entonces podremos identificarnos como un “pueblo”, al reconocer una cultura común entre personas diferentes.

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