domingo 19 de septiembre de 2021
OPINIóN Elecciones en Estados Unidos
11-11-2020 17:07

El escandaloso sistema electoral norteamericano que escamotea soberanía popular

Los estados más desarrollados y modernos, que más aportan al PBI, tienen baja representación. Y los más atrasados y despoblados, conservadores, pueden bloquear cualquier iniciativa en el Congreso.

11-11-2020 17:07

La madrugada en que el mapa norteamericano se tiño de rojo antes que Pensilvania insinuara azules, la respuesta a una pregunta casi crónica, ¿por cuántos votos populares más que su rival perdía Joe Biden enlas elecciones de los Estados Unidos?, que en otro país hubiera sido un oxímoron dejaba entreverse en los portales de los principales medios. En 1878 Samuel Tilden pierde con R.Hayes con 250 mil votos nacionales más que el último. Tal diferencia para el demográfico de época es mayor a los 2,8 millones de votos que no le bastaron a Hillary Clinton para ganar en 2016, y mucho mayor que los 600 mil por los que a Al Gore superó a George Bush junior en el 2000 sin hacerse de la presidencia. 

Hace dos siglos, Norteamérica era una inmensidad de páramos desconectados, sin movilidad ni mercado interno, condiciones de una conciencia de pertenencia a una totalidad mayor, clave en la conformación de un Estado-Nación. De la desconfianza en un poder central más allá de la “gleba” estadual asociado a la tiranía colonial surgió un sistema, hoy anacrónico, en la geografía distinta de una nación afianzada, experta en pertenencias.

En el colegio electoral formado por un número de electores igual a la suma de diputados y senadores de cada Estado que eligen al presidente, el ganador del Estado absorbe los electores de la oposición. Si en un Estado con numerosos electores la victoria es por pocos votos, se diluye el poder electivo a presidente de millones de votos detrás de cada elector opositor, lo que no ocurre si se gana en un Estado con pocos electores.

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La elección nacional es la suma de múltiples elecciones en una nación que es mucho más que la suma de sus partes. El colegio es solo lo visible de la anatomía de un sistema que escamotea soberanía popular: la cantidad de votos para elegir a un diputado varía enormemente según Estado. En el caso de senadores, hasta el absurdo: California con 68 veces más población que Wyoming posee su mismo número de votos en un Senado que será un cementerio de iniciativas de Biden, mientras que en el Colegio necesita para elegir a cada uno de sus 55 electores, siete veces más votos por elector. 

El resultado es unos pocos estados metropolitanos muy poblados que generan la “parte del león” del PBN con una sociedad civil desarrollada en manos demócratas, subrepresentados, y un collar de pequeños estados del interior republicanos y conservadores, sobrerepresentados en sus intereses locales y en su capacidad de fuego contra avances, que necesitan 2/3 de ambas cámaras, de inconcebible ausencia en una nación tan rica.

La expectativa de vida más baja del mundo desarrollado y el saldo luctuoso y selectivo del COVID-19 remiten a un sistema de salud cuyo piso, el Obamacare, es inferior que el de los países más pobres de Europa. La fuerza movilizadora del Never Again MSD, la ONG de los sobrevivientes de una de las matanzas escolares, o el aval a la COP21, son rehenes de lobbies republicanos, con la NRA o con petroleros y automotrices a la cabeza.

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Las manipulaciones políticas del territorio pueden implicar la capitalización por parte de un partido de un sistema electoral “filtro” de poder ciudadano, o diseñarse. No son una exclusividad yanqui aunque parecen haber allanado el camino. En 1812, Elbridge Gerry, gobernador de Massachusetts, urdió un método fraudulento que, por una mezcla entre su nombre y la forma caprichosa (de salamandra) que bajo el mismo adquirían los distritos electorales, se popularizó como “Gerrymander”.

En el ‘51 y ‘54 el peronismo promovió una versión endémica. Dividiendo circunscripciones del norte porteño favorables a la oposición, uniéndolas a los del centro y sur con mayoría peronista, diluyeron el voto radical. La retorcida reorganización distrital en base a parroquias y escuelas lucía más como un mapa de recorridos de colectivos que como zonas electorales. Una iba de Soldati a Palermo pasando por Once, otra unía a Saavedra con Balvanera. No les fue mal, ganaron en todos los distritos.

Ninguna fuerza política resiste archivo, más si el tiro sale por la culata. En 1986 el intendente del partido bonaerense de Pellegrini, con apoyo provincial y las dos cámaras, aprobó la división en dos de su territorio perdiendo en ambos al año siguiente, lo que le granjeó el apodo de “Mago”, porque de una comuna radical hizo dos peronistas.

*Profesor y Licenciado en Geografía UBA. Mg Urban Affairs UNY

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