OPINIóN
Estados Unidos

El mundo sin director: amenazas, retrocesos y negociaciones opacas

Entre amenazas que no se concretan, negociaciones opacas y alianzas que se reconfiguran, la política exterior de Donald Trump expone una potencia en tensión interna que deja al sistema internacional sin conducción clara.

Trump
Donald Trump, presidente de EE UU | AFP

Hay momentos en la historia donde los hechos parecen desconectados, caóticos, incluso contradictorios. Pero no lo están. Lo que estamos viendo hoy desde Irán hasta Taiwán no es una suma de episodios aislados, sino la expresión de un fenómeno mucho más profundo: el desorden del poder global. Y ese desorden empieza en un lugar muy concreto: Estados Unidos.

El episodio reciente protagonizado por Donald Trump es ilustrativo. Anuncia un ataque “inminente” contra Irán, lo presenta como una decisión firme, lo vincula a una negociación estratégica… y luego lo suspende, también en público, también con épica. Todo en cuestión de horas. Todo bajo una lógica que mezcla amenaza, espectáculo y negociación.

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¿Fue real ese ataque? Probablemente no en los términos en que fue presentado. ¿Importa? Sí, pero no por lo que ocurrió, sino por lo que revela: la política exterior norteamericana se ha convertido en una extensión de su política doméstica.

Estados Unidos ya no actúa únicamente como potencia global. Actúa, también y sobre todo como un sistema político en tensión permanente, donde cada gesto internacional tiene un destinatario interno.

En ese marco, el Golfo juega su propio partido. Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, actores centrales en la estabilidad energética global intervienen para contener una escalada que podría tener consecuencias devastadoras. El Estrecho de Ormuz no es un detalle: es uno de los nervios vitales de la economía mundial. Cualquier conflicto allí no sería regional, sería sistémico.

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Pero el problema no termina en Medio Oriente. Se extiende hacia Asia, donde la ambigüedad respecto de Taiwán introduce una variable aún más delicada. Taiwán no es solo una cuestión geopolítica: es el corazón tecnológico del planeta. Allí se producen los semiconductores más avanzados del mundo. En otras palabras, el sistema nervioso de la economía digital global.

Cuando Estados Unidos envía señales ambiguas sobre su compromiso con Taiwán, no está simplemente redefiniendo una alianza. Está alterando el equilibrio de poder con China. Y China no necesita una retirada norteamericana. Le alcanza con algo más simple: que Estados Unidos sea imprevisible.

En paralelo, Vladimir Putin profundiza su vínculo con Xi Jinping, en una relación que no es una alianza clásica, pero sí una convergencia estratégica. Ambos comparten un objetivo: erosionar el orden internacional liderado por Occidente. Y en ese proceso, cada duda de Washington es una oportunidad.

Europa, por su parte, observa con inquietud. No rompe con Estados Unidos, pero empieza a diversificar. Negocia con China, busca autonomía, recalcula. Lo mismo ocurre con otros actores globales. Nadie abandona Estados Unidos. Pero todos empiezan a tomar distancia.

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No estamos frente a una retirada norteamericana, ni frente a una victoria total de China. Estamos frente a algo más complejo: la transición de un orden que se desarma sin que haya otro listo para reemplazarlo.

Durante décadas, el mundo funcionó con un director claro. Con reglas, con previsibilidad, con una potencia que, con aciertos y errores, ordenaba el sistema. Hoy ese director duda, negocia en público, presiona a aliados y adversarios por igual, y convierte la política internacional en un escenario de alta exposición.

El resultado es un mundo más inestable. No porque haya más conflictos que los hay, sino porque hay menos certezas sobre cómo se gestionan.

Trump no está necesariamente “cediendo todo”, como a veces se plantea. Tampoco está construyendo un nuevo orden consolidado. Está operando en un terreno intermedio, donde la lógica transaccional reemplaza a la estratégica, y donde cada movimiento genera efectos colaterales difíciles de controlar.

CS/LT